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Un llamado al presidente

No fue un lapsus, tampoco un acto fallido, ni siquiera una proyección. Fue la sencilla, cándida, transparente formulación de un deseo: «Mi esposa y yo —declaró el presidente Fox a la cadena Telemundo— estamos construyendo planes para irnos al rancho, a escribir, ojalá a montar a caballo si el médico me deja, y a estar cerca de los hijos y de la familia». Es la nostalgia del terruño, la voz de la querencia, el fastidio de una ciudad inhóspita e impersonal, la decepción de una tarea que ha resultado mucho más complicada e ingrata de lo que parecía en aquellas remotas jornadas del año 2000. Sólo así se explica lo inexplicable, lo inadmisible: que el propio presidente haya dado el banderazo a la carrera presidencial del 2006, cuando no ha completado siquiera la primera mitad de su mandato.

 

La de Fox —cada vez está más claro— no ha sido hasta ahora una biografía del poder sino del no-poder. Su actitud está hecha de muchos factores: confusión entre la lógica empresarial y la política, inexperiencia, ignorancia de la historia, ingenuidad, desaprensión, cierta irresponsabilidad y, sobre todo, incomprensión, una vasta incomprensión. Fox no sabe que no sabe y, lo que es peor, no quiere enterarse. Por eso no tiene preguntas sino respuestas prefabricadas que son como slogans publicitarios. Algún biógrafo futuro explicará tal vez —con seriedad y fundamentos, no mediante chismes e indiscreciones— el misterioso periplo: ¿cómo conciliar al formidable líder de oposición, el minucioso planificador de la campaña presidencial, el apasionado luchador de la democracia, el ingenioso y eficaz comunicador en los debates televisivos, con la figura errática y reticente que habita los Pinos? Pero al margen de cualquier teoría biográfica, el país necesita que el presidente se abstenga de ejercer su simbólica dimisión, y a cambio ejerza el legítimo poder que le fue conferido.

En este sentido, el 1° de septiembre representa una nueva oportunidad. Quizá no haya muchas más. En vez de empeñarse en un recuento de sus hazañas pasadas (la gesta histórica del 2000 que la nación sin duda agradece pero ya ha asimilado) o los logros recientes (el cuidadoso manejo de las finanzas públicas, ciertos proyectos de promoción social y educativa), el presidente Fox debería concentrar toda su energía y su capacidad persuasiva en explicar a los ciudadanos su visión de México. ¿Cómo sería el país si se aprueban las reformas estructurales que a todas luces se necesitan? ¿Qué ocurrirá a mediano y largo plazo si el Congreso las pospone o las bloquea? Un mensaje único y directo. El ciudadano está cansado de ver y oír a su presidente convertido en locutor, abaratando su investidura en spots publicitarios, declaraciones dispersas, comentarios triviales, incidentales y, a menudo, contradictorios, que sólo devalúan lo más preciado que un mandatario tiene: su palabra. El candidato Fox prometió un cambio, el cambio, pero la opinión pública ha esperado casi tres años para entender los términos de ese cambio y verlo traducido en medidas concretas. Si el 1° de septiembre presenta su visión de nuestras posibilidades y advierte con precisión los riesgos de la inmovilidad, el presidente estaría emplazando de manera abierta y respetuosa a los partidos de oposición a dejar atrás las querellas inútiles y contestar públicamente —y a corto plazo— en el mismo sentido: explicando sus divergencias y convergencias con respecto a la visión presidencial. De no responder a ese llamado al debate resolutivo, o esquivarlo con engaños y demagogia, estos partidos quedarían en evidencia como actores políticos de mala fe y el presidente estaría en todo su derecho de señalarlo.

Hay un axioma en la política: quien se rehúsa a ejercer el poder que le fue conferido, provoca un vacío que, al llenarse, se revierte contra quien dimite, y no sólo lo derrota: lo desprestigia, lo humilla y, a veces, lo destruye. El poder no es cosa de niños, el poder no necesita de encomiendas a Dios, el poder no se mide en puntos de rating sino en indicadores objetivos de responsabilidad y eficacia, y no le basta la honestidad personal ni la buena voluntad. Fox ha perdido un tiempo valiosísimo y un capital político irrecuperable, pero puede devolverle integridad, credibilidad y prestigio a su gestión si se olvida de «construir planes» bucólicos, pospone su vocación literaria, y se decide a ejercer su mandato con razones y con firmeza. Después de todo sigue siendo, aunque a veces quisiera olvidarlo, nuestro presidente, el presidente de México.

*Este texto apareció en el libro "Del desencanto al mesianismo, 1996-2006"

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