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La saña y el terror

Por Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze

A las cuatro y media del jueves diez de junio, el monumento a la Revolución —supuesto punto de llegada de las manifestación estudiantil— no parece una zona alterada: vemos sólo dos camiones de granaderos; los ocupantes, desbalagados, pasean en pequeños grupos sin expectativas sin tensión. Caminamos hasta Puente de Alvarado y subimos a un autobús que nos deja en la contraesquina del cine Cosmos; ahí lo desvían hacia el sur, por Melchor Ocampo. Testigos, simples observadores, manifestantes retrasados o indecisos, mirones, se aglomeran en las esquinas de la zona, el tráfico se ha interrumpido en la avenida Instituto Técnico, bloqueada por algunas patrullas; sobre el flanco derecho, en dirección al Casco, hay cinco camiones de granaderos repletos de escudos y máscaras azules; atrás tienen tres tanques antimotines, se oyen los walkies-talkies, las instrucciones: esperan por aquí la manifestación.

El bloqueo es flojo, indiferente; quienes lo deseen pueden caminar por la calzada rumbo al Casco y eso hacemos, sin orden, junto con muchos más. Nos adentramos dos cuadras observando, respirando esa atmósfera ominosa, cargada de preguntas. Un amigo con quien topamos por azar, pregunta “¿Crees que repriman?”. Cerca de las posiciones policiacas, del lado derecho del camellón, hay grupos de civiles con playeras; destilan una altanería nerviosa, se golpean las palmas con los puños: ellos sí esperan, esperan igual que los granaderos-gladiadores a bordo de los camiones. En la tercera o cuarta calle que cruza la avenida descubrimos otra hilera de camiones de granaderos alineados perpendiculares a ella. Titubeamos. En ese momento, apretada y lenta, la manifestación cruza por la Avenida de los Maestros, a dos calles de la esquina donde estamos parados. Estamos a punto de dejarnos llevar y caminar esas dos cuadras e incorporarnos, pero los camiones de granaderos estacionados al principio de la Avenida Instituto Técnico empiezan a moverse; es una operación apresurada rumbo a la Avenida de los Maestros.

Por la banqueta caminamos media cuadra de regreso, entonces cerca de nosotros avanzan las unidades alineadas perpendicularmente. Nos refugiamos en un zaguán que aún no han cerrado. Un magnavoz suplica a las personas ajenas a la manifestación que se recojan en sus domicilios. De las bocacalles que dan a la calzada brota súbitamente un grupo de muchachos; frente a nosotros surge otro, ambos traen garrotes y pancartas y empiezan a golpearse; el magnavoz interviene de nuevo y dice, textual: “No se peguen, son de los mismos”, lo cual detiene la refriega. Después, un tanque atimotín se estaciona cerca y suelta gases, son potentísimos, apenas nos ha llegado un vaho y ya son insoportables la oclusión en la garganta, el ardor en ojos y mejillas. Un profesor que vive en el vecindario nos ofrece su casa; adentro nos reponemos con lentitud y escuchamos los primeros disparos, aislados, como cuetes de feria; luego nutridos, ya no secos, sino reverberantes, de rifle, de algo peor que rifle. Descubrimos que es posible subir a la azotea y lo hacemos; arriba ya hay alguno vecinos; en las azotea circundantes hay más. Desde la nuestra dominamos todos los movimientos de la avenida Instituto Técnico ahí van y vienen automóviles Opel, como los que fueron oficialmente durante la Olimpíada. La  balacera no cesa en Avenida de los Maestros; en la calzada van y vienen las cruces  —la roja y la verde —, las “julias”; adentro de las primeras no hay camilleros de un punto a otro, recogidos y trasladados de nuevo; el movimiento de esos vehículos es febril, incesante; corren por Instituto Técnico de un extremo a otro, libremente; de la zona donde se oye la balacera, que nos queda a las espaldas, salen frecuentemente grupos armados con garrotes, traes mensajes o solicitan transporte “haciendo la parada” con sus armas al paso de una ambulancia, de una “julia”, de un automóvil Opel.

Todo esto sucede frente a los tanques antimotines que ahora sí han bloqueado Instituto Técnico. Esta es la actividad repetida de casi una hora, al cabo de la cual la balacera mengua; después empiezan a sucederse escenas como estas: dos “garroteros” traen sujetos por los brazos a una muchacha, detiene una “julia” alzando su arma, la “julia” se detiene, los “garroteros” descargan golpes sobre el detenido y, para subirlo, el policía que viene atrás lo remata de un cachazo en la cabeza.

Un “garrotero” aparece con una muchacha a la que abraza, los dos están golpeados, sus compañeros piden una ambulancia y los suben; minutos más tarde, un grupo de “garroteros” escolta a dos mujeres también vapuleadas; las nalguean y abrazan con evidente camaradería y ambas se pierden en una bocacalle donde esperan granaderos. Cuando la refriega a nuestras espaldas ha decaído notablemente  —al menos en los disparos—, una nueva oleada de “garroteros” se agrupa sobre la calzada, lejos, a la altura del Casco, y parte a un trote marcial, colectivo, rumbo  a San Cosme. Vocean: “Nuevo León”, “Arriba el Che Guevara” y corean sus voces; se detienen dos veces para reagruparse, pasan frente a nosotros; traen garrotes amarrillos idénticos en una mano y piedras en la otra, llegan frente a los tanques antimotines que han quedado estacionados al principio de la calzada durante toda la operación, y ahí reinician sus gritos “Che Guevara”, al tiempo que lanzan piedras contras los cristales de un comercio. Atrás se oyen disparos más espaciados; en varias ocasiones, ráfagas. El movimiento en Instituto Técnico disminuye a partir de estos incidentes. El tiempo se ha encogido, sabemos después que todo esto duró algo más de hora y media. Cuando la situación tiende a normalizarse y los habitantes asoman nuevamente en sus zaguanes, asomamos nosotros también. Todavía se oyen algunos disparos, pero más lejos. Preguntamos la hora, son las seis y media; empiezan a circular normalmente los coches pero al llegar al cine Cosmos son detenidos e inspeccionados brevemente por un grupo de “garroteros”; a un lado, los tanques antimotines. Un muchacho como de trece años llega diciendo que un doctor vecino acaba de llegar y está como loco: “Dice que hay como doscientos muertos, que unos de bayoneta”. Circula el rumor de que las casas de la zona van a ser cateadas; decidimos subir a un camión  —que ya pasan a esa hora, casi las siete— y ver si salimos. “Si los detienen digan que viven aquí”, apunta el profesor. Trepamos al primer camión. Todavía no hablamos. Vemos. Caras abotagadas, aterrados, ojos atónitos que no llegan al pánico, ropas pringadas de sangre, el gesto seguro del “garrotero”que golpea el autobús dándole el “siga”. En el camión la gente ve para adelante, algunos se agachan. Estamos fuera: bajamos en Teléfonos.

La gente discute en la calle Antonio Caso, recordamos el estruendo de los disparos a nuestras espaldas, el ir y venir de las ambulancias y patrullas, los Opel, las escenas de saña y terror; muchos otros quedan encerrados en el cerco, indefensos.

Texto publicado el 30 de junio de 1971 en el suplemento “La Cultura en México”, de la Revista Siempre!, Número 490.

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