Personas e Ideas portal de Enrique Krauze

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Abuelos, padres e hijos

Las noticias que se leían durante los años 20 en El Universal o Excélsior sobre Europa eran cada vez más preocupantes. En Alemania los hombres llevaban en carretillas inmensas pilas de billetes para comprar una hogaza de pan. Un día de octubre de 1929, por el flamante aparato de radio que la familia escuchaba en la sala, los padres y abuelos del abuelo -que entonces tenía sólo 6 años de edad- se enteraron de la caída de la Bolsa neoyorquina. En 1933 el futuro abuelo (entonces de 10 años de edad) escuchó por primera vez los nombres de Stalin y Hitler. Un tío paterno -hombre rico por cierto- defendió a Stalin diciendo que en Rusia se estaba construyendo, desde el triunfo de la Revolución Bolchevique en 1917, un paraíso de igualdad y prosperidad. Un tío materno -de tez morena, por cierto- habló en favor del dictador alemán porque lograría la supremacía mundial de la raza aria. Por fin, en 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial. Ése era el mundo en el que comenzó a tener conciencia política el abuelo de nuestra fábula. 

En el horizonte de nuestro joven abuelo, lo único cierto era la incertidumbre. ¿Cuál sería el futuro del mundo si Hitler triunfaba? ¿Cuál sería su actitud frente a ese remoto país, México, que le había declarado la guerra en 1942 y estaba poblado por razas oscuras que los nazis despreciaban y consideraban inferiores? Como quiera, vivir en México era un consuelo. El país estaba en paz. La gente seguía hablando de los tiempos de la Revolución, pero aquel recuerdo ya no desgarraba a las familias.

En los años 30, mientras el mundo europeo velaba armas, México había sido escenario de batallas notables, no militares sino políticas: el match entre el peso pesado sonorense Plutarco Elías Calles (también llamado "Jefe Máximo") contra el joven gallo de Michoacán, el peso ligero Lázaro Cárdenas (también llamado "La esfinge de Jiquilpan"). Al triunfo de Cárdenas, siguió su impresionante programa de reformas: el reparto de 17 millones de hectáreas entre campesinos, las grandes movilizaciones obreras, la integración corporativa del PRM, y el momento cumbre del nacionalismo mexicano, la expropiación petrolera de marzo de 1938. Ahí estaban, vivos y orgullosos todavía, los generales de la Revolución Mexicana. Cárdenas parecía el mayor estadista del mundo, los muralistas dizque superaban a Picasso y pronto se oiría el grito "como México no hay dos".

En 1943, nuestro joven abuelo cumplía 20 años. Le preocupaba la reciente declaración de guerra de nuestro país contra el Eje Alemania-Italia-Japón. No obstante, sabía también que México se beneficiaba del conflicto: sin tener que participar en realidad en las acciones bélicas, proveía materias primas y productos elaborados a sus aliados. En los cielos de Europa, los aviones de guerra, las sirenas de alarmas, los humos de los campos de exterminio oscurecían los cielos. En México, después de décadas de guerra civil, los cielos eran limpios. "Detente viajero", escribía nuestro gran escritor Alfonso Reyes refiriéndose al Valle de México: "has llegado a la región más transparente del aire". 

Juventud mítica

Estamos en 1968. Nuestro segundo personaje, el padre imaginario de algún joven de hoy, ha cumplido 20 años. Su infancia había transcurrido en la década rosa, despreocupada y feliz de los 50. Aunque la televisión era el bebé de la familia, la presencia fundamental era la radio. Sólo por excepción se escuchaban canciones en inglés. Era la época de los grandes tríos y los boleros, de las canciones rancheras y el cha-cha-chá. Dos gobernantes veracruzanos -Miguel Alemán y Adolfo Ruiz Cortines- habían impulsado certeramente a la industria mexicana. Gobernado por el PRI, sin sombra casi de oposición, México vivía lo que algunos ya daban en llamar "El Milagro Mexicano", hecho de estabilidad política, paz social y crecimiento económico.

De pronto, a fines de esa década de tranquilidad, todo cambió. Noticias extraordinarias, increíbles, llegaron por los teletipos. El 1° de enero de 1959. Fidel Castro tomaba el poder en Cuba. Al poco tiempo se declaraba comunista. La Guerra Fría tomaba un sesgo amenazador. Había riesgo cierto de una confrontación nuclear en el Golfo de México. Cuba era un enclave soviético a un paso de la Florida, pero era también para muchos latinoamericanos, un principio de esperanza. El viejo resentimiento antiyanqui se combinó entonces con una esperanza casi mesiánica en la persona y el régimen de Castro: toda la América latina debía seguirlo. El Che Guevara se internaría en la sierra de Bolivia para plantar "uno, 2, 3,000 vietnamés" en el continente. 

Aquel joven, el padre de nuestra fábula, despertó a la conciencia política en esos días y con una palabra obsesiva en la mente: protesta. Ya no escuchaba la música melosa de los años 50, ni siquiera el rock más agresivo de EIvis Presley, sino las canciones filosóficas de los Beatles. Aunque no "le entraba" al LSD, ni siquiera a la mariguana, se dejó crecer el pelo y comenzó a devorar literatura marxista. El autor de moda era un filósofo marxista y freudiano llamado Herbert Marcuse quien predicaba la guerra total contra la sociedad de consumo desde el infernal paraíso donde vivía: La Jolla, California. Imaginemos a nuestro joven de clase media, ya universitario, leyendo Eros y civilización de Marcuse en una de esas crueles e inhóspitas playas de México -digamos, en Acapulco: "Es verdad", se decía, sorbiendo su agua de coco; "como dice Marx, no tenemos nada que perder más que nuestras cadenas... " 

La cruel verdad es que la mítica juventud de los 60 no fue una juventud obrera ni campesina. Fue una juventud universitaria, burguesa o pequeño burguesa, que creía trascender su posición de clase con un simple acto de fe: imaginarse obrera y campesina. Los 60 fueron una conjunción de muchas actitudes: un ensueño narcisista de grandeza, una ola creciente de fervor ideológico; una generosa, irresponsable, sensación de solidaridad; y un NO universal contra Ia autoridad paterna, un parricidio simbólico. 

Rojo amanecer

La ola rompió en un año de significación astral: 1968. Los estudiantes se sintieron la clase elegida por la Providencia Histórica para acaudillar la salvación de la humanidad. Más allá de sus momentos de generosidad, más allá de sus aspectos positivos, aquel movimiento masivo era un lujo que los hijos consentidos de la generación de la postguerra, podían darse. Si gritaban "¡Amor y Revolución!" en las calles de París, Los Ángeles o Alemania, era porque en las noches los esperaban las sábanas calientes en casa de papá.

El movimiento estudiantil de México fue un primer NO a un régimen político que lo merecía. No vivíamos un milagro sino una máscara de milagro: casi una ficción. Una casta supuestamente heredera de la revolución de 1910 se eternizaba en el poder impidiendo la libre expresión de la sociedad. Desde los remotos días del movimiento vasconcelista en 1929, el país había olvidado el sabor de la libertad pública ejercida, de la protesta legítima, el derecho elemental de disentir, debatir, votar. Ante esa irrupción de libertad en las calles de México, cuando en Radio Universidad se escuchaba una canción que decía "Que vivan los estudiantes porque son la levadura, del pan que saldrá del horno con toda su sabrosura", el presidente de la república, Gustavo Díaz Ordaz, y sus cercanos colaboradores, decidieron encarnar a sus antepasados prehispánicos y ordenaron el sacrificio de estudiantes en la Plaza de Tlatelolco.

Esa sangre manchó para siempre la legitimidad del sistema político mexicano y marcó la vida de aquel joven padre y de su generación. Muchos miembros de la generación de nuestro personaje se fueron a la sierra como el Che Guevara, y como el Che murieron. Otros se dedicaron a hacer la guerrilla en la Universidad, en las aulas, en los cafés; y otros más en los periódicos o revistas de oposición. Seguían viviendo en un sueño. Eran adolescentes fósiles. Se habían inmovilizado en el 68. Tuvieron que pasar muchos años, casi 20 y en algunos casos 25, para que, canosos y barrigones, los "sesentayocheros" comenzaran a admitir que, al margen de la generosidad de su movimiento, la historia había seguido por rutas muy distintas de las que preveían sus ideologías.

Fuga al pasado

A sus 20 años, en 1943, el abuelo de nuestra historia tenía demasiada incertidumbre y miedo sobre el futuro del mundo en guerra. A sus 20 años, en 1968, el padre de nuestro cuento tenía demasiada certidumbre y seguridad. Era natural, vivía en un mundo dominado por la ideología. El abuelo tenía un dogma: la Revolución Mexicana; el padre tenía el suyo: la Revolución Mundial. Ambos tenían una visión distorsionada de la realidad internacional e interna, que sólo una lectura adecuada de sus respectivos tiempos podía haber corregido. Por desgracia, los hombres somos malos lectores de nuestro tiempo.

En los años 70, cuando la generación del abuelo estaba en el poder (recordemos que Echeverría y López Portillo nacieron, como él, a principio de los 20), México vivió un resurgimiento de un ismo, menos letal que el comunismo o el nazismo, pero altamente nocivo para el desarrollo sano de la sociedad. Me refiero al típico populismo de la Revolución Mexicana. Faltos de sentido práctico, incapaces de leer el balance económico ya no digamos de un país sino de un estanquillo, aquellos dos presidentes-monarcas y un puñado de economistas, analfabetos en economía, se creyeron émulos del general Cárdenas, sin ver que la salida de México estaba en una apertura hacia el futuro, no en una reedición del pasado.

En lugar de abrir al país a la competencia económica externa, como hacían los pobres del Sudeste Asiático, y en lugar de abrir el sistema político a una democracia que comenzara por poner límites al poder absoluto del presidente en turno, los protagonistas de "la docena trágica" cerraron al país en su economía, hipotecándolo por una o 2 generaciones. ¿Qué hubiera podido hacer, frente a su generación, el abuelo de nuestra historia? Muchas cosas: informarse con objetividad sobre la marcha del mundo; tomar distancia con respecto a la versión oficial de la Revolución Mexicana; separarse críticamente de las recetas populistas en que se había formado.

El padre de nuestra historia también falló. Aunque poco a poco se desencantó del régimen cubano, siguió creyendo en la vía revolucionaria. Apoyó a los sandinistas y a los revolucionarios de El Salvador. Mantuvo un odio sin matices, tan inútil como paralizante, contra los gringos, cuya supuesta maldad provocaba y excusaba todas nuestras faltas. Cuando en 1982, en un acto demagógico, el presidente López Portillo nacionalizó la banca, el ya no tan joven "sesentayochero" exclamó: -¡Bravo, está viva la Revolución Mexicana!

Así llegó el padre de la fábula a la increíble década de los 80, con sus sorpresas cósmicas: ¿quién iba a prever la mayor de todas, el derrumbe del imperio soviético? Sólo entonces, el hombre del 68 comenzó a sospechar que se había equivocado. Las revoluciones del siglo XX, sobre todo la rusa y la china, no eran la historia de una utopía sino un inmenso fracaso. ¿Y la buena Revolución Mexicana? ¿Dónde encasillarla? ¿Está muerta como parece implicarlo, aunque no lo admita, la modernización salinista? ¿Sigue vigente, como propone el fundamentalismo cardenista?

La generación del 68 ha llegado al poder dividida de manera casi irreconciliable entre los partidarios del régimen y los de la oposición de izquierda. ¿Por quién decidirse en las elecciones de 1994? En el alma confusa de nuestro personaje se libra una guerra civil. El país espera que esa guerra civil no llegue a las calles.

¿Paz perpetua?

En 1993 el hijo de nuestra fábula cumple 20 años. Si reflexionamos sobre su biografía y la comparamos con la del abuelo y el padre, resalta de inmediato la ventajosa situación histórica en la que los jóvenes viven. El siglo XX les ha resuelto, por sí solo, muchos problemas. Con el derrumbe del imperio soviético se ha reducido notablemente la mayor amenaza contra la vida del planeta, la guerra nuclear. Aunque no ha dejado ni dejará de haber guerras prolongadas y salvajes como la que ahora mismo se libra en la antigua Yugoslavia, éstas serán probablemente locales.

En el siglo XVIII, el filósofo alemán Emmanuel Kant escribió un texto célebre sobre "la paz perpetua". Hoy parece que esa posibilidad se abre ante nosotros. Las Naciones Unidas tienen, por vez primera desde su fundación, la posibilidad de ejercer una suerte de gobierno moral del mundo. ¿Qué hubiera dado el abuelo por saber, en 1943, que 50 años más tarde no sólo el nazismo sino el comunismo estarían bajo tierra, desprestigiados en todo el planeta salvo en las mentes enfermas de unos cuantos fanáticos? ¿Qué hubiera dado por prever que el siglo XX se purgaría a sí mismo de esas plagas?

Otro de los mitos que el siglo XX ha derribado frente a nuestros ojos es el de La Revolución (así, con mayúsculas). Desde 1789 hasta 1989, por 200 años, esa palabra y las diversas experiencias históricas ligadas a ella gozaron de un prestigio inmenso. Los partidarios de la democracia y la reforma gradual eran supuestamente tibios, cuando no "reaccionarios". Los verdaderos, los únicos héroes eran esos imperiosos mesías de la era moderna, Robespierre, Marx, Lenin, Trotsky, Mao, Castro. De pronto, las realidades sociales creadas por esas revoluciones salieron a la superficie como una formidable revuelta histórica, una revuelta de la verdad. Con sus pancartas, con su pacífica protesta, los pueblos detrás de la Cortina de Hierro derribaron ese mito, ganaron su libertad e impartieron a la izquierda en Occidente una lección definitiva que muchos no admiten o comprenden aún. ¿Qué hubiera dado el padre de nuestra fábula si un adivino le hubiese adelantado en los años 60 la caída del Muro de Berlín?

Vacunados contra la enfermedad ideológica y revolucionaria de este siglo, puede decirse que los jóvenes de hoy, han nacido sanos. Y sin embargo, paradójicamente, el haber nacido en una época de grandes desenlaces históricos, les plantea a su vez problemas inmensos. Aunque engañosas, las ideologías suplantaban a las religiones como repertorios de creencias. Tenían una respuesta para todos los problemas. Ahora se vive a la intemperie. No hay verdades absolutas, ni recetas históricas, ni grandes filósofos-gurús o profetas que marquen el camino. En este sentido, los jóvenes están más solos que lo que estuvimos nosotros. 

No lo han hecho mal, hasta ahora. Veo sus actitudes frente al amor, por ejemplo, y pienso que son más directas, más sinceras que las nuestras o la de nuestros padres. Un joven en el 68, intoxicado de mesianismo político y social, contaminaba la libertad amorosa porque la vivía como una experiencia colectiva, como una supuesta "liberación". Los jóvenes me parece, han devuelto al amor su dimensión íntima. Aunque les haría falta, para mi gusto, un enriquecimiento de la dimensión poética, pero sospecho que está presente en la música. Aunque confieso que los decibeles me irritan porque en ellos la armonía casi siempre degenera en ruido, gracias a mis hijos respeto cada vez más ese culto musical contemporáneo. La música es el lenguaje de esta generación que explora al amor sin distorsiones románticas. 

La aventura de crear

Hasta allí las buenas nuevas. El primer problema de los jóvenes de hoy, que viven en el universo de la información, es su escasa información. No leen, punto. Hacen mal. Por más cambio que haya sufrido el género humano desde los griegos hasta nuestros días, no son tantos, como para que puedan hacer "borrón y cuenta nueva" con los siglos de sabiduría humana. Su situación vital no es inédita. Su desinformación es abismal quizá porque confían demasiado en los medios electrónicos. Consideren, por ejemplo, el campo de la vida internacional. ¿Cuáles son sus fuentes? Si tienen acceso a los canales norteamericanos seguramente padecen el síndrome CNN, es decir, el empacho indiscriminado de noticias.

Si el error de padres y abuelos fue su falta de brújula histórica, la mala lectura de sus respectivos tiempos, los jóvenes podrían superarlos mediante una voluntad de información sistemática que los ayude a pensar con claridad. Un consejo práctico: si por ósmosis musical casi todos entienden inglés, suscríbanse a buenas revistas internacionales. La mejor es una revista inglesa que este año cumplirá un siglo y medio de vida, The Economist

Por otro lado, es fundamental que lean en español. La pobreza verbal de los jóvenes es alarmante: al perder palabras han perdido contenidos. Leer no sólo es una práctica necesaria, civilizada y noble; es también un antídoto contra la tristeza. Hace muchos años en una película, escuché un consejo del Mago Merlín al futuro rey Arturo: "Cuando estés triste, lo mejor que puedes hacer es aprender algo". 

Viajar es fundamental, pero hay que hacerlo con los ojos abiertos. Mi generación pudo viajar poco. Los jóvenes que tienen la oportunidad, háganlo como un proceso de información y lectura. Viajar ayuda a ver las cosas en su justa proporción, a apreciar, a madurar. Confirmarán que México sigue siendo un lugar extraordinario para vivir, un mosaico de culturas que no luchan entre sí sino que conviven. El racismo y los odios religiosos pertenecen al catálogo de nuestros no-problemas. No obstante, el catálogo de los problemas está presente en nuestra vida cotidiana. La pobreza, la insalubridad, la ignorancia, la desnutrición, la injusticia, el autoritarismo, la contaminación, amenazan con despertar el "tigre" que, según Porfirio Díaz, anida en el fondo del alma mexicana. ¿Cuál es la responsabilidad de los jóvenes frente a esta situación? Ante todo: conocerla. No mirar los periódicos por encima para mover la cabeza y decir ¡qué mala onda! Vivir en México, en su posición social y económica, es un privilegio, una subvención de Dios; por eso mismo implica una profunda responsabilidad moral: contribuir á que el país sea menos pobre, menos injusto, menos desigual.

La primera clave para contribuir está en una palabra: exigencia. Deben los jóvenes exigirse como el que más, como se exigen los jóvenes en Alemania o en Japón. Si la única salida histórica de México es competir, no tienen los jóvenes otro camino que el de la exigencia. No importa que sus vocaciones no estén enteramente claras en este momento. Lo que cuenta es exigirse a cada paso, porque así, caminando, la vida inventa sus opciones. 

La segunda clave para contribuir está en otra palabra: participación. La vida pública de México es un asunto demasiado importante para dejarlo en manos de los políticos. Es necesario construir en años lo que a otros países occidentales les llevó siglos: un marco de convivencia política en el que los hombres puedan resolver de modo concertado y legal sus diferencias. Ese marco tiene un nombre: democracia. Es posible, no seguro, que mi generación la instaure, pero a los jóvenes les tocará la labor más difícil: practicarla, cuidarla, consolidarla. Participar significa también dar, no simbólica sino efectivamente.

A los 20 años de edad, la vida parece eterna. Esa maravillosa ilusión de óptica se cura, por desgracia, con los años. De pronto, uno cae en la cuenta de su brevedad. Y sin embargo, créanme, es tanto lo que se puede hacer. 

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