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El legado incierto del 68

La Historia de México ha dado un veredicto definitivo sobre el 2 de octubre de 1968, al menos en su terrible significación moral. Aunque nunca se sabrá el número exacto de muertos aquella tarde en Tlatelolco, no hay duda de que fue un crimen masivo, un sacrificio inútil e injustificable, un acto de terrorismo de Estado contra un movimiento estudiantil que, al margen de sus manifestaciones radicales, nunca empleó métodos violentos. En todas las regiones donde sopló -Europa occidental, Europa del Este, Asia, Norteamérica-, el viento rebelde de 1968 se desvaneció por sí mismo o fue encauzado a través de medios políticos. México fue la vergonzosa excepción. El sistema político mexicano, admirado a lo largo de los años sesenta como un mecanismo supuestamente “milagroso” que combinaba el crecimiento económico y una cierta vocación social con una variedad “muy ligera” de autoritarismo político hecho de corrupción y patronazgo, mostró su verdadero rostro. Con la matanza, el régimen del PRI selló su destino: un orden político que asesina su disidencia cívica era una dictadura, y en esa medida el sistema político mexicano tenía el tiempo contado.

[Fragmento]

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Letras Libres, núm. 117

*Este texto apareció previamente en la revista Dissent como "Symposium 1968", primavera de 2008

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