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El mundo de los abuelos

El grupo "Gente Nueva'' me invitó a dar una conferencia con el tema "Visión del mundo actual''. Acepté por dos razones: primero, porque tendría lugar en Monterrey; segundo, porque podría trasmitir a miles de jóvenes las diferencias que percibo entre su mundo mental, el mío y el de mis padres.

En tres artículos sucesivos de Memorial, me propongo explorar el horizonte vital de estas tres generaciones mexicanas: la de ayer, la de hoy y la de mañana. Un epígrafe con las misteriosas siglas L.K. presidió la charla:

"Decidió volar. No buscaba la perfección, prefería lo falible que se puede perfeccionar''. El autor era un joven como ellos: León Krauze.

Para referirme al mundo que le ha tocado vivir a una o un joven como ustedes, de aproximadamente 20 años, los invito a un breve viaje en la máquina del tiempo. Imaginemos el mundo que le tocó vivir a su abuelo y a su padre.

Supongamos que aquel es un hombre de 70 años, nacido en 1923. Este tiene 45 años y nació en 1947. Ambos son mexicanos y capitalinos. Para emprender el viaje no hay necesidad de que se abrochen sus cinturones de seguridad. Pueden fumar en el despegue. Lo único que necesitan ajustar es su imaginación.

El abuelo cumplió 20 años en 1943. Su infancia había sido pacífica en la superficie pero intranquila en el fondo. En la sobremesa de su casa, entre tazas de chocolate y ritmos de Charleston, se hablaba de la Gran Guerra que había terminado hacía apenas unos años. Las noticias que se leían durante los años 20s en El Universal o Excélsior sobre Europa eran cada vez más preocupantes. En Alemania los hombres llevaban en carretillas inmensas pilas de billetes para comprar una hogaza de pan. La inflación había destruido la confianza de esos hombres en su país y en sí mismos.

Los países triunfadores de la Guerra Mundial (Inglaterra, Francia) presentían que su victoria había sido apenas un paréntesis.

Además de su posición acreedora con respecto a los Estados Unidos, sabían que el equilibrio político logrado en 1918 era inestable y que el futuro deparaba un nuevo conflicto militar.

Un día de octubre de 1929, por el flamante aparato de radio que la familia escuchaba en la sala, los padres y abuelos de nuestro abuelo que entonces tenía sólo seis años se enteraron de la caída de la Bolsa neoyorkina.

Durante los años siguientes, las colas para mendigar comida y abrigo en la meca misma del mundo capitalista parecían anunciar el cercano fin de ese sistema económico. En 1933 el niño escuchó por primera vez los nombres de Stalin y Hitler. Un tío paterno hombre rico, por cierto defendió a Stalin diciendo que en Rusia se estaba construyendo, desde el triunfo de la Revolución Bolchevique en 1917, un paraíso de igualdad y prosperidad nunca antes visto.

Un tío materno de tez morena, por cierto habló en favor del dictador alemán porque lograría la supremacía mundial de la raza aria. A partir de entonces, el mundo mental del joven adolescente estaría poblado de imágenes bélicas. Alemania se rearmaba a pasos agigantados y engullía territorios y países. En Italia, otro dictador, Mussolini, invadía Etiopía y proclamaba la vuelta del esplendor Romano. Por fin, en 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial.

A partir de ese instante, en los noticieros de los cines, en el radio y los periódicos, la realidad de la Guerra fue casi toda la realidad. La caída de Polonia, Hungría, Checoeslovaquia, París, en manos de los nazis. La apertura del frente ruso. Pearl Harbor y la entrada de los Estados Unidos a la Guerra. El desempeño extraordinario de la Fuerza Aérea inglesa. La heroica defensa del pueblo ruso, amenazado por Hitler y enviado a la hoguera por Stalin. Los combativos discursos de Churchill. Escenas de desolación, destrucción y muerte nunca antes vistas. La tecnología aplicada a la muerte masiva. No cientos de miles, sino decenas de millones de muertos. Ese era el mundo en el que comenzó a tener conciencia política el abuelo de nuestra fábula.

En el horizonte de nuestro joven lo único cierto era la incertidumbre. ¿Cuál sería el futuro del mundo si Hitler triunfaba? ¿Cuál sería su actitud frente a ese remoto país, México, que le había declarado la guerra en 1942 y estaba poblado por razas oscuras que los nazis despreciaban y consideraban inferiores?

El imperio de los mil años que Hitler había prometido a sus ciegas huestes, ¿convertiría a estos países en zonas de esclavitud? Y si Hitler y su máquina de muerte salían derrotados, ¿cuál sería el papel mundial de ese otro imperio basado en una ideología contraria a la libertad, el comunismo? Para su fortuna, aquel joven se había separado muy pronto de las ideas fascistas y comunistas de sus tíos. Pero justamente por eso, en las noches sentía miedo. Es verdad que México estaba muy lejos del escenario de la Guerra, pero si ésta no terminaba pronto y con el triunfo de los aliados, el incendio podía llegar a nuestras costas.

Como quiera, vivir en México era un consuelo. El País estaba en paz. La gente seguía hablando de los tiempos de la Revolución, pero aquel recuerdo ya no desgarraba a las familias. Por el contrario: la gente se había enamorado de la Revolución. Era como una leyenda viva, la más extraordinaria leyenda mexicana, que los jóvenes podían ver y revivir en las películas del cine Alameda o el Arcadia, o leyendo las novelas de Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela y José Vasconcelos.

En los años 30s, mientras el mundo europeo velaba armas para la Guerra Mundial, México había sido escenario de batallas notables, no militares sino políticas: el "match'' entre el peso pesado sonorense Plutarco Elías Calles (también llamado "Jefe Máximo'') contra el joven gallo de Michoacán, el peso ligero Lázaro Cárdenas (también llamado "La esfinge'' de Jiquilpan).

Al triunfo de Cárdenas, siguió su impresionante programa de reformas: el reparto de 17 millones de hectáreas entre campesinos, las grandes movilizaciones obreras, la integración corporativa del PRM, y el momento cumbre del nacionalismo mexicano, la expropiación petrolera de marzo de 1938.

Ahí estaban, vivos y orgullosos todavía, los generales de la Revolución mexicana. Cárdenas parecía el mayor estadista del mundo, los muralistas dizque superaban a Picasso y pronto se oiría el grito "como México no hay dos''.

Cierto, no todos los mexicanos habían estado de acuerdo con Cárdenas. De hecho, las malas lenguas sostenían que la Oposición había ganado en las elecciones de 1940. Pero a pesar de aquel ruidoso fraude electoral (ni el primero ni el último del PRI), el País vivía pacíficamente inmerso en sí mismo.

En 1943, nuestro joven personaje cumplía 20 años. Le preocupaba la reciente declaración de guerra de nuestro país contra el Eje Alemania-ItaliaJapón. No obstante, sabía también que México se beneficiaba del conflicto: sin tener que participar en realidad en las acciones bélicas, proveía materias primas y productos elaborados a sus aliados.

En los cielos de Europa, los aviones de guerra, las sirenas de alarmas, los humos de los campos de exterminio oscurecían los cielos. En México, después de largas décadas de guerra civil, los cielos eran limpios. "Detente viajero'', escribía nuestro gran escritor Alfonso Reyes refiriéndose al Valle de México: "has llegado a la región más transparente del aire''.

En las mañanas soleadas, aquel joven respiraba la paz, la libertad y la transparencia de su país. Era una bendición vivir en él. Pero por las noches, parecía escuchar de lejos el sonido de la guerra. La causa de la libertad era frágil. El Nazismo y el Comunismo estaban vivos. ¿Llegarían a México? En México, pensaba él, no necesitamos otra revolución: tenemos la nuestra, la Revolución mexicana.

Reforma

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