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La brega del PAN

"Cuando fundamos el PAN -explicaba Manuel Gómez Morín al promediar los años sesenta- dijimos que no era tarea de un día sino brega de eternidad, y que se requería una labor que en latín se dice muy bonito: Instauratio ab ibis fundamentis, una instauración desde los cimientos mismos." El fundamento al que hacía referencia era la ciudadanía: "en la base del problema político de México está la falta de ciudadanía: no habíamos sido formados ciudadanos ... no tuvimos la oportunidad de organizar nuestra democracia ... Era indispensable reconocer la realidad y empezar el trabajo desde la raíz: la formación de una conciencia cívica, de una organización cívica ... lograr que aparezca el personaje sustancial que no es el gobernante sino el ciudadano".

En aquel tiempo, Gómez Morín parecía razonablemente satisfecho: "lo milagroso es que en veinticinco años de no ganar oficialmente una elección, haya podido vivir el partido y que cada día tenga mayor vigor". Tenía razón, era un milagro. El PAN renovaba sus cuadros y ensanchaba su militancia sin importarle demasiado las reales o supuestas derrotas electorales, la burla de quienes los llamaban "místicos del voto", los fraudes, abusos y persecuciones. Lo central era el lento pero seguro despertar de una conciencia cívica. Había que "insistir incansablemente -decía Gómez Morín-, insistir, porque en esa capacidad de insistencia estriba la lucha misma".

Insistir, bregar, perseverar, luchar, no llegar. Por varias generaciones, esa insistencia cívica fue la identidad del PAN. Ejercía la política como oposición permanente al poder, no como conquista del poder. Gómez Morín lo llegó a admitir con toda claridad: "no hemos tenido mucha ansiedad de llegar a los puestos de gobierno. Reconocemos inclusive que si mañana, por uno de esos trastornos políticos a fondo, Acción Nacional tuviera que hacerse cargo del gobierno, tendría que hacer un esfuerzo intenso para formar un equipo ... Tal vez (convocaría) a un gobierno de unidad nacional". Mientras llegaba ese remoto momento, su misión política se cumplía con sólo "señalar errores, indicar nuevos caminos, limpiar la administración, mejorar las instituciones, formar ciudadanos capaces de ocupar con rectitud y eficacia los puestos públicos". Veía al PAN como una especie de "shadow government", siempre crítico pero leal y casi vitalicio.

Admirable como sin duda fue, y muy útil para la construcción de la democracia y la creación de una conciencia cívica en México, aquella paciencia de Job, aquella "brega de eternidad" que inspiró al PAN, encontró sus límites en el año 2000. "Siempre llegan los momentos que se desean limpiamente y se gestionan con eficacia", había escrito también Manuel Gómez Morín. El limpio deseo de un cambio pacífico y ordenado, y la eficaz gestión electoral de Vicente Fox (aunados al "trastorno de fondo", el desgaste y desprestigio acumulado del "sistema", y a la presión internacional) "sacaron al PRI" de Los Pinos y -hecho increíble, impensable en tiempos del fundador- llevaron al PAN al poder. Varios analistas entrevieron años antes la posibilidad. Anticipándola yo mismo, en 1997 (centenario del natalicio de Gómez Morín, que murió en 1972), me preguntaba si el PAN, enfrentado a la súbita oportunidad, estaba preparado para el ejercicio que deliberada y, tal vez, prudentemente, había pospuesto desde su origen. Expresé mis dudas. El tránsito reclamaba de los panistas cualidades políticas de las que en general carecían: verdadera ambición, liderazgo, sentido de la realidad, oficio, malicia, capacidad ejecutiva, organizadora y negociadora, decisión de "arremangarse la camisa", de trabajar entre el lodo y con el lodo. Esos rasgos me parecían casi incompatibles con la antigua vocación panista de hacer política misionera, política testimonial, política de ángeles.

Me parecían incompatibles y, a cinco años del nuevo gobierno, me lo siguen pareciendo. ¿Quiere esto decir que el triunfo de 2000 fue prematuro? La respuesta no es sencilla. Como partido en el poder, como partido de poder, la gestión del gobierno panista ha sido ineficaz y, en varios momentos, francamente irresponsable. Ha fallado, entre otros muchos factores, por no atender los consejos de su fundador. Pero como gestor de la conciencia cívica, el gobierno del PAN ha sido, en general, coherente. No ha sabido cómo ejercer el poder (y de hecho lo ha confundido, mezclándolo con la esfera privada, religiosa, empresarial) pero ha alentado -aunque la mezquindad y el encono del momento no se lo reconozcan- la maduración democrática. Basta comparar la actual división de poderes con la hegemonía del Ejecutivo durante el Porfiriato y el siglo XX para apreciar la diferencia.

Si no quiere volver a bregar eternidades desde una posición marcadamente minoritaria y no exenta de desprestigio e impotencia, el PAN está obligado a complementar su vocación cívica con un ejercicio serio del poder, para lo cual requiere producir un candidato con auténtica vocación política. El PAN no necesita sólo un demócrata en la contienda: necesita también un gran político. ¿Lo encontrará? Inventarlo es su nueva brega, de aquí a la eternidad. 

Reforma

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