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Mi generación y el cambio

En una entrevista que me hizo la revista Proceso a principio de este sexenio aventuré la opinión de que mi generación, la llamada generación del '68 iba a transformar radicalmente a este país. Mi conjetura tenía un sustento práctico y uno teórico. El práctico partía de observar el desempeño de varios funcionarios públicos jóvenes en el gabinete de Miguel de la Madrid. El teórico partía de mis viejas lecturas de José Ortega y Gasset.

De la Madrid tuvo una actitud que resultó decisiva frente a las generaciones políticas. Respetó a la de sus mayores pero sin encomendarle puestos de gran responsabilidad. (El caso de Reyes Heroles fue una excepción que confirma la regla, y aun él ocupó sólo el cargo de Secretario de Educación). Desconfió, en buena medida, de su propia generación, al grado de separar de Hacienda a Silva Herzog. (La precandidatura presidencial de Bartlett es, de nuevo, la excepción que confirma la regla, y aun él fue sólo precandidato). La generación que mereció su confianza plena fue la de Carlos Salinas de Gortari y Manuel Camacho. El caso de Emilio Gamboa fue representativo: siendo el más joven del grupo, como Secretario del Presidente tuvo un poder sólo comparable al que muchos sexenios atrás había tenido Humberto Romero. El arribo de Pedro Aspe a la Secretaría de Hacienda y su vertiginoso desempeño tuvo también un sentido similar: su designio era, y ha sido, el cambio, no la retórica del cambio.

Estos cuatro jóvenes personajes de la vida pública en los '80, y muchos otros más o menos coetáneos que desde niveles secundarios influían en la marcha del país, se caracterizaban desde entonces por una clara actitud reformista. En su temple radical palabra que viene de "raíz'' la generación del '68 desplazó al temple dubitativo de la generación anterior. La teoría de Ortega y Gasset concordaba con estos hechos. En varios lugares de su obra, (en El tema de nuestro tiempo, ante todos) el filósofo español propuso la idea de que la historia humana se mueve en una ronda de generaciones que se renueva cada 60 años. Dentro de cada uno de esos ciclos, separadas por 15 años de edad, se dan cuatro generaciones. La primera, la fundadora, es una generación que establece el nuevo orden. La segunda, conservadora, es la que consolida ese orden. La tercera, crítica, es la que pone en duda el orden. La cuarta, reformadora, es la que lo cambia. 

Al margen de cualquier juicio o balance histórico sobre la Revolución Mexicana, cabe decir que como orden o ciclo comenzó con la llamada "Generación de 1915'': la de los nacidos entre 1890 y 1905. No participaron, o participaron muy jóvenes, sin demasiado brillo, en la Revolución. Su misión fue construir sus instituciones. Ejemplos: Lázaro Cárdenas, Vicente Lombardo Toledano, Manuel Gómez Morín, Fidel Velázquez. La segunda generación, nacida entre 1906 y 1920, consolidó esas instituciones: Miguel Alemán, Antonio Carrillo Flores. La tercera generación 1921-1935, tuvo ante la revolución una actitud crítica, levemente crítica si se quiere. Piénsese, por ejemplo, en todos los economistas coetáneos que Luis Echeverría y López Portillo llevaron al poder: criticaron al orden de la Revolución Mexicana desde la izquierda, actuaron en consecuencia, y nos llevaron al abismo. Por último, llega la Generación de los nacidos entre 1936 y 1950 que De la Madrid llevó al poder durante y después de su mandato: aunque siguen declarando de mil maneras que la Revolución Mexicana, sus instituciones y sus sacrosantos preceptos el ejido, el PRI, el desconocimiento de la Iglesia etc... gozan de buena salud, están modificando profundamente, en los hechos, al orden nacido en los años '20. 

En el ámbito de la economía el cambio ha sido total. Aunque estamos lejos aún de que nuestra economía se modernice cabalmente, con inteligencia, resolución y eficacia el régimen nos ha colocado en esa dirección. El recuento de sus éxitos es de todos conocido y por casi todos aceptado. La tradicional política exterior reactiva, defensiva, ideológica, moralista (no necesariamente moral) ha sido substituida por un desempeño activo, positivo, pragmático, aunque no siempre exento de su puntito de ideología. (Frente a Cuba, por ejemplo, Venezuela ha actuado con mayor coherencia democrática y valentía). La política social de este gobierno ha sido sobresaliente. La oposición señala el uso político que se hace de Pronasol y en muchos casos tiene razón, sobre todo en tiempos electorales. Pero de allí a negar la bondad, la necesidad urgente y la eficacia del programa, hay un trecho insalvable.

Después de varios decenios de padecer programas altisonantes y archimillonarios que sólo servían para enriquecer a los burócratas que los administraban, el régimen de Salinas de Gortari ha dado con una fórmula de ayuda participativa que ha despertado la confianza y algo más importante: la esperanza de muchos mexicanos pobres. Negar estos aspectos positivos, altamente positivos, en el desempeño del gobierno no sólo sería una mezquindad sino algo peor: una tontería y una mentira. La crítica no pierde consistencia moral cuando reconoce los actos buenos del gobierno. Al contrario: reconocerlos si los hay es lo que le da credibilidad para señalar los malos. Los malos, en este caso, han correspondido a la política. En ese ámbito, mi generación no ha sido fiel a su temple y destino. El TLC, la privatización, la salud financiera, la desregulación, el nuevo crédito internacional, Solidaridad y todos los proyectos exitosos y loables del gobierno no justifican el relegar el progreso político del país. Se estaba poniendo de moda la tesis sofística de que nuestra Perestroika debe anteceder a nuestra Glasnost.

Refutar esa tesis con la lógica misma de la situación soviética era fácil. Lo es más ahora que la lógica de la realidad mexicana la ha refutado. La paradoja habla por sí misma: ganando en las urnas por la buena y por la mala con una votación amplia y sorprendente, el PRI perdió en las conciencias. A juzgar por la actitud correctiva del régimen del Presidente, en particular ante los problemas postelectorales de Guanajuato y San Luis Potosí, el temple del cambio característico de mi generación comienza a prevalecer también en esa área vital de la vida mexicana: la política. 

A los ojos de un planificador, sería bonito que un país fuese una maquinaria en la que los cambios se pudieran modular a voluntad. Por fortuna, la vida personal, familiar, nacional, no es así. La libertad es un valor irreductible. Es imposible planear matemáticamente todos los cambios: hay, más bien, que desatarlos, que propiciarlos, que dar el salto. En este caso, la vieja guardia del PRI incluido ideológicamente su siamés: el PRD es el obstáculo principal para el cambio político. Aunque poderosa, esta vieja guardia lo es mucho menos, mutatis mutandis, que la soviética.

El régimen de Salinas, reacreditado plenamente y dueño de una fuerza relativa que ya quisiera su homólogo soviético, puede enfrentarlo y vencerlo. Puede quizá hasta convencerlo. Es la única vía a la modernidad plena. El camino está abierto: en la política no es un programa, es un salto. El Presidente lo dio en Guanajuato y San Luis Potosí, siguiendo el ejemplo y el reclamo de la sociedad civil. La fuerza interna y la confianza en sí mismos que han adquirido con ello los hombres y mujeres de Guanajuato y San Luis nos alentará a todos. Cuatro generaciones componen nuestro ciclo contemporáneo. Para ser coherente con su destino histórico, la actual tendrá que llevar a sus últimas consecuencias la reforma del país: no sólo en la economía sino en la política. Va en camino a hacerlo. Si Ortega tenía razón, como hasta ahora la ha tenido, la siguiente generacón construirá un orden nuevo, un orden democrático. 

El Norte

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