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Miguel Alemán Valdés

El 17 de mayo de 1947 se estrenó en el teatro de Bellas Artes la pieza El gesticulador, del Dramaturgo Rodolfo Usigli. El público la acogió con gran interés, pero el gobierno reaccionó con violencia: hubo suspensión de funciones y ataques pagados en la prensa. Aunque Usigli la había escrito, premonitoriamente, en 1938, y publicado en la revista literaria El Hijo Pródigo en 1943, ningún director se atrevía a ponerla en escena. El miedo estaba justificado: reflejando por primera vez en la literatura mexicana el lenguaje real de la política, la obra no sólo denunciaba la muerte de la Revolución, sino su transfiguración en la mentira de su existencia perenne, institucional. En 1947, México había entrado en la zona incógnita de la mentira institucional. Justo Sierra había escrito a don Porfirio en 1899: “... vivimos en una monarquía con ropajes republicanos”. En el eje del poder y como en tiempos de don Porfirio, como en tiempo de los tlatoani o los virreyes, estaba el nuevo presidente. A su alrededor giraba la rueda, que es el pueblo. El eje se movía y movía al pueblo. Era “el mayor creador y el destructor más grande”. La rueda del poder se volvió una fiesta de disfraces; algunos se disfrazaban por cinismo, otros por inconsciencia o por albergar la sincera convicción de que su disfraz no era tal. La rueda creció hasta casi abarcar al país entero. La Revolución había muerto, pero en el Zócalo, frente al balcón presidencial, la multitud clamaba: “¡Viva la Revolución!”

 

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El universitario Alemán era tan socialista como Lombardo proyanqui. Tenía otros planes en mente. Aplicaría su convicción capitalista al país, no como un medio sino como un fin. Sus amigos, más amigos que nunca, pensaban en el capitalismo del país... y en el de sus personas. ¿No lo merecían? Con el epónimo de su generación, habían llegado a la cumbre tras muchos años de colaborar fielmente con los generales. Habían actuado por las buenas, no como los universitarios Vasconcelos y Gómez Morín, que quisieron formar una base electoral independiente del Partido de la Revolución Mexicana y por eso fracasaron. Por las buenas, no como Lombardo Toledano, que desde la izquierda ejercía una permanente presión ideológica sobre la Revolución mexicana. Por las buenas, no como el heterodoxo Cosío Villegas, solitario y resentido. Por las buenas, organizando mesas redondas para estudiar la solución de los problemas nacionales: en León la industria del zapato; en Acapulco el turismo; el azúcar en Cuernavaca; el petróleo en Ciudad Madero. Por las buenas, señores, por las buenas, como el amigo Fernando Casas Alemán recomendaba a los periodistas tras el triunfo de su candidato en las elecciones de julio de 1946: “El primero de diciembre quebraremos la piñata. A ver qué nos toca”. Les tocó la colación completa. El reclutamiento de sus amigos y maestros fue, en verdad, impresionante: al menos once de los viejos compañeros de banca de Alemán llegaron a tener altos puestos públicos. Otros amigos no obtuvieron puestos sino contratos oficiales y toda suerte de oportunidades, lícitas e ilícitas, para prosperar económicamente.

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Las historias populares en torno a la corrupción alemanista llenarían volúmenes. Muchos amigos de Alemán, fuera y dentro del gobierno, se acogieron con gusto a la oferta de “pan” presidencial y se hicieron ricos gracias a concesiones oficiales, no necesariamente ilegales, pero muchas veces inmorales. Se creó una mentalidad monopólica y concesionaria. Un vendedor de automóviles lograba que el gobierno le comprara sus unidades de manera unilateral y sin competencia. Los funcionarios que previamente poseían empresas lograban que el gobierno les comprase grandes partidas, y quienes no tenían empresas las fundaban para surtir o servir a sus ministerios en condiciones y precios fijados por ellos mismos. Un subdirector médico del Seguro Social estableció ad hoc un negocio de medicinas. Si el gobierno anunciaba un proyecto de construcción, los funcionarios organizaban, ellos mismos o por interpósitas personas (llamados “prestanombres”), la compra de terrenos aledaños a la zona del proyecto y posteriormente la desarrollaban a precios inflados. El contrabando tolerado, los préstamos de favor y el tráfico con los bienes incautados en la guerra a propietarios italianos o alemanes fueron otras variedades de esta peculiar forma de capitalización colectiva que, si bien tenía antecedentes coloniales, era obra de la ‘Revolución Institucional’. Con pocas excepciones, la crítica a la corrupción del régimen permaneció en los ámbitos privados. No podía ser de otra manera, porque el régimen era intolerante con la crítica pública. Lo que no podía decirse por escrito y en público, se hacía público a través de las cadenas del rumor, como estos versos contra Alemán y su grupo, compuestos luego de que dejó la presidencia:

Alí Baba con sus cuarenta ratas,

ha dejado a este pueblo en alpargatas.

Pero el sultán se siente muy feliz,

gastando sus millones en París.

Si un nuevo sol en las alturas brilla.

¡maldito sea el sultán y su pandilla!

 

*Extracto del libro "La Presidencia Imperial"

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