Casasola. Fototeca Nacional del INAH

Adolfo López Mateos

Con gran despliegue de violencia, a golpes de macana y bayoneta, en una operación relámpago que cubrió toda la República, la policía y el ejército y las corporaciones de agentes especiales apresaron a diez mil ferrocarrileros. Se les confinó en las cárceles y el campo militar número 1. Hubo algunos muertos y escenas de sadismo: en Monterrey fue torturado y asesinado el líder Román Guerra Montemayor. Su cadáver, colocado en la vía de un tren, tenía los labios y las uñas pintados de colorado para evidenciar su filiación política y simular un crimen de homosexuales. Los presos no cabían en las cárceles del país. “Habían arreado con todo”, recuerda Vargas Bravo. Meses más tarde, 35 líderes del movimiento ferrocarrilero, incluidos Demetrio Vallejo y el cerebro del movimiento, Valentín Campa, recibían condenas que fluctuaban entre 4 y 16 años de prisión. Se les acusaba, entre otras cosas, de violar el artículo 145 del Código Penal e incurrir en el delito de “disolución social”, delito que Ávila Camacho había instituido para combatir a los fascistas en tiempos de la segunda guerra mundial y que en la práctica facultaba al gobierno para encarcelar a quien discrecionalmente considerara un enemigo de México. Los acompañaba un nuevo preso ilustre, tan supuesto “‘traidor a la patria” como ellos: el muralista David Alfaro Siqueiros. Luego de recorrer varios países de América Latina llamando a López Mateos “impostor” y “entreguista”, Siqueiros fue aprehendido por el general Gómez Huerta, trasladado violentamente a la cárcel de Lecumberri y acusado del mismo delito de “disolución social”. Tras las rejas pasaría casi todo el sexenio de López Mateos, hasta que, en julio de 1964, un decreto presidencial lo liberó.

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El hombre que perfiló por vez primera la biografía del líder Rubén Jaramillo fue el escritor Carlos Fuentes. Visitó la región poco después del 23 de marzo de 1962, día en que, al parecer por órdenes del general Gómez Huerta, jefe de Estado Mayor presidencial, se cometió el crimen. Al poco tiempo, para sorpresa y disgusto de López Mateos, el dramático texto de Fuentes aparecía en la revista Siempre!, lo cual determinó el retiro de la publicidad oficial al órgano cada vez menos subordinado, cada vez más digno e independiente, de José Pagés Llergo: “Los bajan a empujones. Jaramillo no se contiene; es un león del campo, este hombre de rostro surcado, bigote gris, ojos brillantes y maliciosos, boca firme, sombrero de petate, chamarra de mezclilla; se arroja contra la partida de asesinos; defiende a su mujer y a sus hijos, sobre todo al hijo por nacer; a culatazos lo derrumban, le saltan un ojo. Disparan las subametralladoras Thompson. Epifanía se arroja sobre los asesinos; le desgarran el rebozo, el vestido; la tiran sobre las piedras. Filemón los injuria; vuelven a disparar y Filemón se dobla, cae junto a su madre encinta, sobre las piedras; aún vivo, le abren la boca, toman puños de tierra, le separan los dientes, y entre carcajadas, le llenan la boca de tierra. Ahora todo es rápido: caen Ricardo y Enrique acribillados; las subametralladoras escupen sobre los cinco cuerpos caídos. La partida espera el fin de los estertores. Se prolongan. Se acercan con las pistolas en la mano a las frentes de la mujer y de los cuatro hombres. Disparan el tiro de gracia. Los bajan a empujones”. Cinco mil campesinos habían acudido a su entierro protestante en Jojutla. En su reportaje, Fuentes rescató las expresiones de dolor, llenas de dignidad, de los campesinos de Morelos: “Nos han matado a los que eran las piernas y los brazos de los desamparados”.

*Extracto del libro "La Presidencia Imperial"

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