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Cambiar para conservar

El PRI es el partido de Estado más antiguo del mundo. Su remoto antecedente aunque usted no lo crea fue el partido Whig, que dominó por sesenta años la vida política en la Inglaterra del Siglo XVIII.

Allí también existió un matrimonio por bienes (muy) mancomunados entre el partido y el Gobierno. Allí también el monarca distribuía con plena liberalidad prebendas, dinero y puestos en el Parlamento. Allí también la corrupción fue la segunda (o primera) naturaleza del sistema. Hogarth, el célebre pintor de la época, dibujó en uno de sus cuadros el día de las elecciones en alguno de los llamados "burgos podridos" de aquel tiempo: en él se ve claramente cómo aquellos caballeros empelucados ejercían su alquimia: para ganar "de todas, todas", acarreaban hasta a los muertos. 

El monopolio Whig terminó a fines del Siglo XVIII, cuando grandes reformadores como Edmund Burke introdujeron cambios radicales en la vida política del País. Orillado por la prensa (llamada desde entonces "cuarto poder"), en medio del duelo histórico ocasionado por la pérdida de las colonias americanas, ahogado por el dispendio, la deuda y la corrupción, aquel prePRI comprendió en 1780 que había llegado la hora de cambiar y que el cambio no podía tener otro sentido que el admitir resueltamente la alternancia en el poder. Esta se dio a través de una considerable ampliación de la base electoral. Los Whig no desaparecieron de la arena política: fuera del poder, aprendieron a competir por el poder, y eventualmente lo conquistaron de nuevo, en un contexto de auténtica salud política.

De haber retrasado la reforma por nueve años, es posible que el fuego de la Revolución Francesa se hubiese propagado a través del Canal de la Mancha. Así, mientras Europa y en particular Francia vivió varios sobresaltos revolucionarios en el Siglo XIX, Inglaterra los previno con la medicina probada: Anticiparse cada vez mediante una reforma política.

Durante el Siglo XIX, época en que se consolidaron las ideas e instituciones liberales de Occidente, los partidos con vocación hegemónica vivieron a la defensiva, ligados casi siempre a corrientes reaccionarias o monárquicas. No fue sino hasta el Siglo XX cuando el partido de Estado reapareció en escena, pero investido de una aura mesiánica y totalizadora desconocida hasta entonces.

Los bolcheviques no organizaban elecciones ni repartían paternalmente los favores públicos: Se presentaban como la vanguardia histórica de la clase obrera, la proa de la inminente utopía socialista. A los pocos años de surgido el partido bolchevique, nuevas formaciones totalizadoras se apoderaron de zonas claves en el mapa europeo: El partido fascista en Italia, los nazis en Alemania y, al cabo de la Segunda Guerra Mundial, los partidos comunistas de la región que Kundera ha llamado "la Europa secuestrada". 

El prestigio del que disfrutaron en su momento muchos de estos partidos hegemónicos, correspondió a una mutación profunda en el concepto de Estado. Lo que el Siglo XIX esperó del individuo, el Siglo XX lo esperó del Estado. La ilusión autoritaria tardó unas décadas en disiparse. Los partidos de Estado desaparecieron del mapa, pero el modo de desaparecer fue determinante en cada caso: Los nazis y los fascistas fueron derrotados en la Segunda Guerra y sellaron para siempre su destino: Su reaparición histórica estricta es imposible. Los comunistas, en cambio, terminaron por admitir tardíamente, a regañadientes, pero aceptar al fin los datos incontrovertibles de la realidad, y abrieron paso a una reforma política que como en el caso inglés condujo a una alternancia del poder. 

Afortunadamente, su reaparición estricta es tan imposible como la de sus gemelos enemigos (los nazis y los fascistas), pero ahora recuperan posiciones en un marco democrático que aleja por sí mismo la mera tentación de restaurar el viejo orden.

Los paralelos formales entre el PRI (en sus tres modalidades) y los partidos de Estado, han sido señalados por varios autores, pero tal vez la longevidad del PRI se explica por las diferencias con ellos. Sin sustraerse a la mentalidad estatista que recorrió al Siglo XX, lo decisivo en el caso mexicano fue más bien la antigua concepción paternal del Estado, proveniente de la tradición neoescolástica española y retomada por la Constitución de 1917. Este rasgo se transmitió de manera natural al edificio partidario inventado por Calles, integrado corporativamente por Cárdenas, y que Miguel Alemán convirtió hace cincuenta años en una dinámica maquinaria política. 

Aunque esa construcción partidaria es obsoleta por mil razones, el PRI conserva una cierta legitimidad. El problema es que no sabe qué hacer con ella. La "línea dura" la magnífica y piensa seguir "ganando" elecciones de aquí a la eternidad. Pero lo cierto es que esa legitimidad se traduce apenas en un margen de maniobra, un compás milagroso si se compara con los otros partidos hegemónicos del Siglo XX. El PRI (y el Gobierno, que es su nodriza) necesita disponerse resueltamente a competir con los otros partidos y actores políticos en estricta igualdad de condiciones y esto sólo puede ocurrir en el marco de una reforma que todavía no cuaja.

El remoto antecedente inglés y los casos recientes en Polonia y la URSS deberían mover a los priístas a la reflexión: "Hay que aceptar el cambio y ceder lo que es imposible seguir manteniendo", escribió Burke en 1780. Don Jesús Reyes Heroles, lector de Burke y gran reformador por derecho propio lo dijo para nuestra circunstancia: "Cambiar para conservar". El PRI es el partido de Estado que más tiempo ha tenido para cambiar, pero el tiempo con que cuenta no es infinito. Si la reforma política no se concreta en cuestión de semanas, el PRI habrá perdido la oportunidad de cambiar, y con ella aunque sus miembros no lo crean la posibilidad de persistir. 

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