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Nuevo intelectual orgánico del PRI

Olvidando que en la política mexicana todo puede pasar, la familia priista siente que ha superado la pesadilla de 2000 y 2006: se retrata en alegres convivios alrededor de su visible precandidato, goza su predominio parlamentario y se dispone a renovar su dirigencia con una nueva generación. Pero algo falta en el cuadro, un elemento fundamental de legitimidad: un soporte ideológico. ¿Qué es el PRI? Ni ellos mismos saben. Beatriz Paredes confesó en una asamblea: “Nuestra indefinición nos coloca como un partido gelatina, porque nos amoldamos al poder en turno” (La Jornada, 2 de marzo de 2007).

En sus orígenes remotos, el PRI fue un partido “Nacional Revolucionario”, y esa ideología tuvo el consenso de varias generaciones. El consenso se rompió en 1968 y empezó a formarse otro contra el PRI y a favor de la democracia. Ser un intelectual del PRI se volvió embarazoso. Ahora el PRI se siente (se sabe) huérfano de intelectuales. Para llenar ese vacío, Carlos Salinas de Gortari se presenta con un kilo de ideas en un libro que confirma su conocido peso intelectual.

Quiere salir en la foto, y se comprende. Debe ser muy difícil ser rico e inteligente, seguir siendo relativamente joven y resignarse a la penumbra después de haber sido tan poderoso. Peor aún, resignarse al tenaz descrédito nacional. Sumándose a la cargada triunfalista de la posible vuelta al viejo régimen, ofreciéndose como ideólogo del PRI y presentándose como autor, piensa reivindicar su posición en la historia, vengarse de todos los que en su momento lo criticaron, revertir la condena pública y hacerla caer sobre su Némesis, Ernesto Zedillo. Tras haber publicado ya dos gruesos volúmenes que penosamente (quizá por la incomprensión de los lectores) no alcanzaron una segunda edición, este tercero recicla el “liberalismo social” con una portada tricolor y un título extraño: Democracia republicana. Ni Estado ni mercado: una alternativa ciudadana.

Salinas sabe que los intelectuales contribuyeron al derrumbe del viejo sistema autoritario que él representó. Por eso los ataca. (Insidiosamente, por ejemplo, se refiere a mí como “ingeniero” y “empresario”. Soy ambas cosas, a mucha honra. Desde 1977 he estado en la iniciativa privada haciendo una obra cultural.) Salinas se hace las ilusiones de ser el intelectual que contribuya al derrumbe de la transición. Hasta se ha puesto a leer a Gramsci, de quien toma la definición de los “intelectuales orgánicos”: “son aquellos cuya labor central consiste en abonar argumentos a favor de ciertas ideas y ciertos proyectos para convertirlos en dominantes...”. Esa cita define sus aspiraciones. Se apunta como aspirante a “intelectual orgánico” del PRI.

Por años, Salinas ha insistido en que su gobierno convirtió a México en una potencia económica, en que gracias a él nuestro país transitó a la democracia, en que su hermano era un hombre honesto. Millones de personas se han negado a creerle. ¿Puede presentarse como un “demócrata republicano” el hombre por quien “se cayó el sistema”, el que gestionó la quema de las boletas de la elección de 1988, el que “no veía ni oía” (pero sí reprimía) a la oposición de izquierda, el que presumía de haber hecho “la perestroika sin la glasnost”, el que sondeó seriamente la posibilidad de reelegirse, el que abandonó a Colosio? Con ese pasado a cuestas, está por verse si ahora le creen y lo leen. Y, lo más importante para él, está por verse si la familia del PRI, piadosa como es, se suicida convidándolo a la foto.

Proceso, núm. 178

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