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Manuel Ávila Camacho

“Eran otros tiempos”, explicaba Miguel Alemán, muchos años después, a los animados asistentes a una comida, y procedió a narrar con lujo de detalles su contribución a la maniobra electoral de 1940. Era el jefe de la campaña de Ávila Camacho. Sabía que la ciudad de México era abrumadoramente almazanista. “Estas elecciones no se pueden perder”, le había dicho a su candidato. “Proceda usted”, habría contestado “el General Caballero”. Entonces Alemán puso en marcha un dispositivo militar de toma de casillas. Emplazó su cuartel general en un taller de alquiler de coches, donde concentró soldados, máuseres, pistolas y metralletas. Cuando llegaban noticias de que una casilla había sido tomada por almazanistas –la  de la calle de Cozumel, por ejemplo–, el licenciado Alemán enviaba brigadas con la consigna de robar las urnas sin miramientos, llegando a utilizar de modo preventivo o efectivo las metralletas. “Misión cumplida”, le habría dicho al jefe. “Así se ganaron las elecciones ... el premio fue la Secretaría de Gobernación ... eran otros tiempos. 

 

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En los círculos politizados de estas clases sociales, las sangrientas elecciones de 1940 habían dejado una estela de desencanto: la gente desconfiaba de Ávila Camacho (chiste: “¿En qué se parece Ávila Camacho al income tax?: En que es un pinche impuesto”).

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Meses antes del “destape”, Gonzalo N. Santos había recibido la encomienda de ablandar a Maximino Ávila Camacho y persuadirlo de que Miguel Alemán era “el bueno”. El “fiero” cacique tronó contra su hermano, reclamó sus derechos a ocupar la “Silla” amada por todos, juró matar al “facineroso de Alemán”, amenazó con armar un “sainete mundial’, pero en eso se atravesó la misteriosa comilona en Atlixco: Maximino descansó en paz, y con él muchos mexicanos. Otros miembros del gabinete aspiraron a “la grande”, pero “el Presidente Caballero” los disuadió por las buenas. Para el primer domingo de julio de 1946, día en que se llevaron a cabo las elecciones, el partido oficial había estrenado nombre: ya no se llamaba PRM sino PRI, Partido Revolucionario Institucional. Una vez más, hubo zafarranchos y muertos, pero no alcanzaron las proporciones de 1940. La propaganda oficial que pintaba al opositor Padilla como un aliado de los norteamericanos surtió efecto: su popularidad no podía compararse con la de Almazán. Sin embargo, el PRI no quiso correr riesgos, y para remachar el triunfo puso en marcha novedosas técnicas de fraude electoral que se volverían tradicionales.

*Extracto del libro "La Presidencia Imperial"

 

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