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Una huella que germina

No se ha historiado aún, cabalmente, la huella de España en el México moderno. Fue una huella y una semilla, es un árbol que hunde sus raíces en los siglos y que es visible en múltiples campos de la vida mexicana. Está en los ocios y negocios, en empresas de toda índole igual que en los toros o el futbol, está en las peñas de las ciudades donde aún discuten "hombres del casino provinciano" y en ámbitos de la cultura y las artes. En ese árbol generoso que de una y otra forma ha cobijado a todos los que nos dedicamos a quehaceres culturales, sobresale desde hace más de 60 años una rama académica que ha florecido generación tras generación. Es esa rama la que ha distinguido ahora -en un acto de reconocimiento y de recuperación- el Jurado del Premio Príncipe de Asturias: el Colegio de México. Como en casi todas las historias, la del Colegio de México tuvo un héroe: Daniel Cosío Villegas. Siendo Embajador de México en Portugal en tiempos de la Guerra Civil española, concibió la idea de proponer al Presidente Lázaro Cárdenas el que México diese asilo a los artistas e intelectuales españoles que por voluntad o necesidad tuviesen que abandonar su patria. La idea prendió y al poco tiempo comenzaron a llegar los refugiados: José Moreno Villa, José Gaos, León Felipe, Juan de la Encina, Enrique Díez-Canedo, Jesús Bal y Gay y muchos otros más: filósofos, musicólogos, poetas, pintores, editores, historiadores, sociólogos, filólogos, la savia misma -invaluable, irremplazable- de la cultura española. México no sólo les abrió los brazos: estableció para ellos un hogar y creó una institución académica, la Casa de España, que en 1940 se convirtió (bajo la dirección conjunta del propio Cosío Villegas y Alfonso Reyes) en El Colegio de México.

A partir de entonces, El Colegio de México ha sido una institución central en la vida académica de México. Su contribución en diversos campos del saber (historia, estudios internacionales, literatura y lingüística, sociología, entre otros) ha sido tan profunda como diversa, se ha reflejado en cátedras, cursos, carreras de posgrado, revistas y libros. Muchos grandes escritores mexicanos fueron alguna vez becarios de esa institución. Además, el Colegio ha sido una rama pródiga en otro sentido: a partir de 1978 (con la creación de El Colegio de Michoacán) ha prohijado instituciones afines en diversas zonas del país.

En una ocasión así, uno quisiera rendir tributo individual a cada maestro que de manera directa (con su cátedra) o vicaria (con sus libros o su ejemplo) marcó nuestra vida. Yo me debo conformar con una nostálgica estampa de 1971 en el Centro de Estudios Históricos. Proveníamos del movimiento del 68, éramos una generación agraviada e impaciente. El Colegio de México nos encauzó. En las aulas, en la biblioteca prodigiosa y el animadísimo café, fuimos descubriendo la religión de la cultura. Oficiaba aún -Sumo pontífice- "Don Daniel", con su cátedra de historia moderna. Cada uno de nuestros profesores era hijo intelectual o nieto de venerables maestros españoles como José Miranda, José Medina Echavarría (traductor de Weber), Ramón Iglesia, Rafael Altamira, Joaquín Xirau, Eugenio Imaz, Gallegos, Rocafull, etc... Yo tuve la fortuna de ser el último discípulo que asistió a la cátedra de José Gaos. Nunca olvidaré la minuciosa, talmúdica lectura del Espíritu de las Leyes de Montesquieu: una página por sesión. Entreví entonces que para muchos de nosotros El Colegio de México ofrecía más que una enseñanza: una misión, un destino. Mis compañeros y yo fuimos, en cierta forma, los bisnietos de aquellos transterrados. Después han venido nuevas generaciones, cada vez más preparadas. Todos, en diversos ámbitos, lejanos a veces, formamos una familia. Este acto de justicia de España para México -complemento perfecto de aquél, de México para España- nos acerca, pero debería hacer más, debería movernos a defender y fortalecer la autonomía de esa zona de la vida nacional que por momentos se supedita a la política y la economía pero que representa -como en aquella España- una savia invaluable, irremplazable: la cultura.

Reforma

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