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Constructores del milenio

En el fin del milenio se practicó con exceso la dudosa ciencia de la celebridad, esa pasión por la contabilidad histórica que consiste en hacer simples listas de "los mejores y más brillantes". El Time, como se sabe, nombró a Einstein el hombre del siglo; las revistas deportivas o de espectáculos de los Estados Unidos publicaron en sus portadas a los exponentes principales en cada rama o género. Casi todos esos esfuerzos resultaron superficiales, pero tal vez el que realizó la cadena televisiva A&E no lo fue tanto. Se entrevistó a 360 periodistas, académicos y líderes políticos y se les preguntó quién había sido, a su juicio, la mujer o el hombre nacido en el segundo milenio que más hubiese contribuido a moldear el mundo actual. Los votos se registraban en el sitio de Internet de la serie "Biography". Los resultados me parecieron interesantes. 

Primera desviación, el sexismo: de los 100 eminentes del milenio, 88 por ciento resultaron hombres y 12 por ciento mujeres. Segunda desviación, el etnocentrismo: 66 por ciento fueron europeos de lengua inglesa (británicos en un 24 por ciento y norteamericanos 29 por ciento). El único latinoamericano es Simón Bolívar, en el lugar 72. En términos profesionales, en cambio, la elección resultó más equilibrada: 30 por ciento políticos, 27 por ciento científicos, 13 por ciento artistas, 9 por ciento filósofos, 4 por ciento navegantes o exploradores, 3 por ciento religiosos. En cuenta regresiva, los 10 elegidos fueron: Galileo, Copérnico, Einstein, Marx, Colón, Shakespeare, Darwin, Lutero, Newton. Y el triunfador es... Johann Gutenberg. 

La lista incluye casos absurdos (Steven Spielberg y la Princesa Diana). Se concentra sobre todo en los últimos siglos y olvida personajes (papas, emperadores, teólogos, escritores, artistas, conquistadores) centrales en la Edad Media y el Renacimiento (entre otros, Hernán Cortés). Es demasiado benévola: menciona sólo a cinco destructores (Hitler en el lugar 18, Genghis Khan 22, Lenin 35, Mao 43, Stalin 79). No estoy seguro que la huella de los destructores en el pasado milenio -sobre todo en el siglo XX- haya sido menos profunda que la de los constructores. Por definición, un destructor lleva ventajas de perdurabilidad sobre un constructor: el primero es como el fuego, arrasa lo que toca. El constructor, en cambio -salvo excepciones renacentistas- no puede serlo sino en un campo de acción limitado. Con todo, los resultados no son del todo arbitrarios: el criterio tácito de eminencia para los electores fue la construcción civilizatoria y, en ese sentido, nadie quizá como Gutenberg contribuyó, en efecto, a esparcir el conocimiento (aunque los chinos ya habían inventado la imprenta). 

Valdría la pena ensayar la encuesta en México. Si se hiciera con seriedad, aparecerían tal vez pocos científicos o pensadores pero muchos artistas de toda índole, literatos, religiosos, intelectuales, editores y no pocos hombres de empresa. ¿Y los políticos? Cosío Villegas decía que todos los gobernantes de México habían resultado inferiores a los ideales de la Revolución: estupendos destructores, no constructores. Tenía razón, sobre todo en el siglo XX. Si nos atenemos a los criterios civilizatorios de la encuesta de A&E, pocos hombres públicos del siglo recién concluido pasarían a la historia, Madero y Gómez Morín, claramente, y desde luego Calles, Cárdenas y Vasconcelos, aunque estos últimos tuvieron su faceta destructiva. En el XIX descuellan algunos más: Juárez y Díaz como constructores de la nacionalidad y del Estado-nación y, junto con ellos, las generaciones liberales que sentaron las bases de nuestra vida constitucional (Ocampo, Zarco) y nuestra educación pública (Barreda, Justo Sierra). En los siglos anteriores -sobre todo el XVI y el XVIII- la nómina de constructores públicos y privados sería aún más nutrida. Y desde el mirador de los milenios, la lista comenzaría con Quetzalcóatl. 

Un buen microhistoriador introduciría un correctivo necesario en el método: no preguntar quién marcó el siglo o el milenio de México sino, simplemente, quién es la persona más bienhechora. Así se vería seguramente que la grandeza más directa y tangible no suele ser nacional sino local. Ese sería el caso de Juana Catarina Romero (la matriarca de Tehuantepec) o del padre Federico González (el patriarca de San José de Gracia, Michoacán). Para sus pueblos, ellos fueron la mujer y el hombre del siglo y el milenio. 

Con todo, según las encuestas de fin de año, en el imaginario nacional siguen predominando los nombres míticos, los caudillos violentos y los artistas de cine. Hubo pocas menciones a Sor Juana, al obispo Palafox, al humanista Clavijero, a los historiadores Alamán y Mora, a los escritores Reyes y Paz, al científico Sandoval Vallarta, al doctor Chávez, al arquitecto Barragán, los empresarios Eugenio Garza Sada o Azcárraga Vidaurreta, el historiador Cosío Villegas, el filósofo Gaos y tantos más. Uno de esos constructores -Alberto Vásquez del Mercado, benefactor del derecho mexicano- me refirió hace casi 30 años una frase de Melchor Ocampo "¿Cuándo se apreciará más al hombre que enseña que al hombre que mata?" Ojalá la respuesta sea muy simple: este siglo que comienza.

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