Personas e Ideas portal de Enrique Krauze

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Cumplir (o no cumplir)

La lección de Ortega y Gasset

La realidad ha desmentido a las ideologías, pero no a las teorías. El marxismo, la ideología social por excelencia, con su gran pretensión científica, con su soberbia histórica y moral, se ha derrumbado frente a nuestros ojos. En cambio, otras modestas teorías sociales, ideadas por pensadores no por profetas, resisten el paso del tiempo y reafirman su validez. Una de esas teorías es la generacional; uno de esos pensadores es José Ortega y Gasset.

El método de las generaciones funciona para entender el comportamiento de los cuerpos políticos y culturales en México porque ambos han sido cerrados y centralizados. En otros países, más plurales y abiertos que el nuestro, el efecto generacional se dispersa o pulveriza. En México ocurre lo contrario: como ha visto el historiador Luis González, desde hace un siglo y medio todo se cocina, para bien y para mal, en las élites políticas, culturales, empresariales, militares, religiosas. Un conjunto de personas que se conocen al menos vagamente y se agrupan alrededor de un núcleo generacional, se suceden unas a otras con puntualidad filial. No por nada se ha hablado siempre de ""la familia revolucionaria''.

Como se sabe, Ortega y Gasset pensaba que la sinfonía de las generaciones tenía cuatro movimientos: creación, conservación, crítica y destrucción. Su método histórico prescribía, como primer paso, la identificación de una generación fundadora. Para lograrlo, había que dar con el epígono de la generación y con el gran acontecimiento que hubiese marcado al grupo. A partir de ese momento, con un ritmo de 15 años (intervalo natural entre maestros y alumnos) irían sucediéndose, en convivencia siempre difícil, las cuatro generaciones. El ciclo total, no muy distinto al de la astrología azteca, era de 60 años.

Cuatro generaciones mexicanas

Aplicada a México, esta humilde cábala conduce a resultados sorprendentes. Madero, Villa, Zapata, Obregón, Calles pertenecen todos a una generación revolucionaria, es decir, al ciclo generacional anterior que comenzó con la fundación del orden liberal y terminó con su destrucción. El epígono de la primera generación contemporánea es, sin duda, Lázaro Cárdenas. El acontecimiento clave es el fin de la lucha armada y el arranque de un nuevo orden.

Cárdenas nació en 1896. La zona de fechas que abarca su generación cubriría el período de 1890 a 1905. La misión de estos hombres, que desde los años veinte actuaron en puestos de alta responsabilidad, fue construir el edificio institucional de la revolución. Personas tan distintas como Lombardo Toledano, Gómez Morín y Fidel Velázquez pertenecen a esta camada. El siguiente grupo nació entre 1906 y 1920. Su cometido fue consolidar el legado del grupo anterior. Son los políticos institucionales por antonomasia: Miguel Alemán, Antonio Carrillo Flores, Antonio Ortiz Mena, Adolfo López Mateos. Su reinado fue pacífico, prudente y hasta cierto punto sabio, hasta que llegó la interpelación contestaria de los años sesenta. El momento reclamaba una apertura hacia la libre competencia económica internacional y hacia la libre competencia política nacional. Pero el presidente institucional en turno no podía concebir la idea del cambio. Para Díaz Ordaz, todo cambio significaba desestabilización y caos. Por eso, llevando al extremo la actitud conservadora de su generación, optó por el endurecimiento y la represión.

La actitud característica de la generación siguiente, la de los hombres nacidos entre 1921 y 1935, fue la crítica. En principio, su diagnóstico era razonable: había que corregir los errores acumulados por las administraciones pasadas. Por desgracia, el camino que eligieron fue equivocado. En vez de abrir el sistema económico y político, en vez de variar radicalmente el rumbo, optaron por rechazar la herencia de los padres e imitar mecánicamente a los abuelos. Quisieron ser más cardenistas que Cárdenas, pero sólo fueron su caricatura. López Portillo y Echeverría, críticos ambos del "desarrollo estabilizador", incorporaron en sus respectivos gabinetes a una vasta generación coetánea de economistas e intelectuales cuyo desempeño fue muy inferior para decirlo piadosamente al de los abogados de la generación anterior. Su legado no fue la corrección de los errores acumulados sino su multiplicación. Queriendo ser críticos copiaron las malas recetas revolucionarias las de dentro y las de fuera, desecharon los elementos salvables de los grupos anteriores la ortodoxia financiera antes que ninguno y retrasaron el avance histórico de México por dos décadas.

Aunque Miguel de la Madrid pertenece por edad a la cola de la tercera generación, su gestión en realidad apresuró el tránsito a la generación siguiente, la de Salinas de Gortari. Esta aceleración generacional tiene su origen, ante todo, en el confuso desempeño de Echeverría y el balance francamente desastroso de López Portillo. Al inhabilitarse ellos mismos como instancias morales el segundo más que el primero es un ex-presidente en exilio interno inhabilitaron a casi toda su propia generación. Era natural que en esas circunstancias, y ante la muerte del puente ideológico más prestigiado entre su propio grupo y el anterior Jesús Reyes Heroles, De la Madrid optara por pasar la estafeta a la generación siguiente, la llamada generación de 1968, nacida entre 1936 y 1950.

De acuerdo con la teoría de Ortega, el destino de esta cuarta y última generación es nada menos que destruir el orden heredado. La palabra destruir escandaliza a los timoratos, pero no a quienes entienden el sentido creativo que pueden adoptar los cambios históricos. Los revolucionarios mexicanos, tan beatos de la palabra revolución que quiere decir cambio total y completo se han vuelto, en la práctica, partidarios del quietismo. En México, desde hace muchos años, los únicos conservadores son los conservadores de la revolución incluidos, desde luego, los principales jerarcas de ese hermano siamés del PRI, de ese PRI fundamentalista que es el PRD: hablan horrores del orden colonial novohispano, pero no hacen sino repetirlo.

El cambio político en México empezó con el movimiento libertario del 68 que por las vías más complejas, y a veces contradictorias, sobrevivió en la prensa y los embrionarios partidos de oposición. Por desgracia, el fanatismo revolucionario y todas las variedades imaginables de la doctrina marxista torcieron por largos años el sentido democrático de los hombres del 68. En vez de leer las verdaderas claves del cambio en nuestro siglo (la libertad política, la democracia, la libertad de mercado) se aferraron y en algunos casos patéticos, se aferran todavía a un conservadurismo ideológico que raya en el fanatismo. El designio del 68 era y es destruir, cambiar, pero hacerlo creativamente. Un sector clave del grupo confundió su misión con la de la revolución socialista y aún no ha asumido, a estas alturas, su error.

Otro segmento del grupo, enteramente minoritario, ha permanecido fiel al espíritu del 68: en la libertad y en la independencia. Otro sector más se incorporó desde un principio al gobierno, tal vez no participó en el 68 y acaso ni siquiera simpatizó con aquel movimiento, pero terminó por entender el reclamo histórico: había que aceptar el cambio... de aceptar el cambio. Y encabezarlo.

Cambios en marcha

La generación de Salinas de Gortari en el gobierno ha actuado con resolución en varios campos de la vida nacional. Lo ha hecho desde el primer día y no sólo, como es obvio, impulsada por la dinámica interna de los ciclos generacionales. Las nuevas tendencias liberales y el convencimiento profundo de que México no puede sustraerse a ellas, han sido el resorte principal. El cambio ha sido consciente y deliberado. La generación del cambio ha cambiado, en efecto, el esquema económico: se han abandonado recetas inútiles, se han revertido en parte los malos resultados, se han roto una infinidad de tabúes, se han afectado intereses feudales, corporativos, gremiales que tenían en jaque a la economía mexicana, se ha reducido un tanto el tamaño del Estado y se avanza resueltamente en el proceso de privatización. 

No hay hipoteca ideológica que valga para los reformadores económicos en el régimen: el Tratado de Libre Comercio es la muestra más palpable de que México abandona su obsesión consigo mismo, su propensión defensiva, su complejo de víctima, para abrirse con seguridad a un mundo donde puede competir. El peligro en este ámbito es, sin embargo, real: se llama triunfalismo. La corrección de una tendencia, por más exitosa que sea, no es todavía la victoria. México está muy lejos aún de ser el País de economía sana, diversificada y exportadora que nos vende la imagen oficial. Hay largos y arduos esfuerzos enfrente que el vuelo prematuro de las campanas no ayudará a remontar. La misma positiva agresividad que marca la política económica se ha reflejado en la política social. Dígase misa, pero es claro que el Programa Nacional de Solidaridad ha convocado la confianza y sobre todo la esperanza de una porción amplia de mexicanos pobres. A la luz de tantos proyectos oficiales que en teoría debían haber servido para aliviar la desigualdad y en la práctica sólo lograron acentuarla, Solidaridad ha tenido buen éxito.

Queda mucho por reformar en la política social, de hecho queda casi todo; el ejido y los aspectos anacrónicos del Artículo 123 son dos ejemplos salientes. Con todo, la reforma en ese ámbito es genuina. El riesgo, en este caso, es más grave: la politización del programa. El uso partidista del Pronasol, tan evidente en las pasadas elecciones, está en contradicción con el espíritu de colaboración y corresponsabilidad que el programa predica: acentúa los aspectos de dádiva paternalista. En otras áreas del desempeño público, el espíritu de cambio es menos claro. Hay una diferencia muy apreciable entre nuestra política exterior y la de los regímenes anteriores, incluido el de De la Madrid.

Con todo, a la hora buena, los viejos esquemas tienden a imponerse. Frente al conflicto en el Golfo Pérsico, la actitud mexicana fue innecesariamente tibia. Frente a Cuba, nuestra posición ha sido mucho menos entusiasta que la del Comandante López Portillo, pero no tan clara como la de Venezuela, país que sufrió en territorio propio el acoso guerrillero de Castro. El discurso internacional de México suena a veces un tanto disonante con respecto a la apertura global del País: como si estuviese destinado, una vez más, a apaciguar a la izquierda o a restarle votos. Como si temiera todavía a una izquierda que vive in artículo mortis. Con todo, es indudable que en política internacional como en economía y, en parte, en política social, el balance es positivo.

Cambios pendientes

El mayor pasivo, hay que repetirlo, corresponde a la política. México no ha resuelto su transición a la democracia. Todo el mundo literal y metafóricamente sabe que nuestras elecciones no son serias, que nuestra división de poderes es formal, que nuestro federalismo es de membrete, que los municipios libres no son libres, que los medios masivos oficiales y privados filtran la información, que los periódicos en su mayoría son inferiores a la sociedad civil que dicen servir, que los intelectuales siguen integrados a las ubres generosas del Estado, que el PRI sigue montado en el Carro Completo que el propio Calles denunció allá por 1930.

Por parte de la sociedad, las señales de cambio son muy claras y crecientes. El Gobierno no ha hecho sino reaccionar a ellas. Aún contando los casos de Guanajuato y San Luis Potosí, el espíritu de cambio profundo no termina por prevalecer. La sociedad reclama algo muy sencillo, algo que existe hasta en países del cuarto mundo: elecciones libres y equitativas. Mientras el PRI sea el PRI un partido de clientes no de militantes el sufragio estará viciado. El designio central de esta generación es, en pocas palabras, propiciar el suave suicidio del PRI y dar pie al nacimiento de un nuevo partido independiente del poder. Los empleados del PRI, como los de la Nomenklatura comunista, deberán tener un solo destino: las páginas del ""aviso oportuno''.

La democracia es el fundamento de todos los cambios, el único que los hará perdurables, pero sin detrimento de la democracia hay otras áreas de la vida nacional que reclaman una reforma integral. Son las mismas que hace años simbolizaban el orgullo de nuestro espíritu revolucionario: el Artículo 27, el 123, el 3 y el 130. Los diputados carrancistas tuvieron desde 1917 grandes dudas sobre partes fundamentales de estos preceptos, pero fueron derrotados por los radicales Múgica, Jara cuyo espíritu anticlerical, agrarista y obrerista prevaleció. Esta derrota del liberalismo constitucional, clásico, en Querétaro, esta victoria de una forma de integrismo socialista, fue el hecho político más importante del Siglo XX en México.

La Constitución de 1917 sancionó una incierta propiedad comunal en el campo el ejido es propiedad estatal, el Estado es un gran hacendado, rentista, ausentista, explotador para quien los campesinos son ganado electoral, sancionó la ortodoxia educativa el Estado es el gran educador, centralizador, homogeneizador, dogmático, mentiroso, ineficiente sancionó la inexistencia de la Iglesia en un país cuya población en más de un 90 por ciento es católica, sancionó el corporativismo político sindical que ha restado independencia a los obreros. Y sancionó, sobre todo, la edificación de un edificio político aún más centralizado y presidencialista que el Porfiriato: una monarquía absoluta sexenal. Este es el arreglo legal y político que hay que cambiar y en gran medida destruir. Por una extraña propensión metafísica, en México se tiende a juzgar las leyes por su valor ideal y no por sus resultados prácticos.

Idealmente, el ejido es un concepto idílico, el libro de texto es la verdad patriótica revelada, el Artículo 123 garantiza el bienestar de los trabajadores y el 130 nos inmuniza contra el opio de la religión. En la práctica la realidad es distinta. Se requiere privatizar el campo como proponía Calles, descentralizar y municipalizar la enseñanza como quería Carranza, reconocer a la Iglesia como sugería también Carranza, descorporativizar al movimiento obrero como pensaban los fundadores de la Casa del Obrero Mundial y, sobre todo, garantizar el sufragio efectivo, como imaginaba Madero. Se trata, pues, de una ruptura, pero también de una vuelta a ciertos contenidos modernos que varios de nuestros caudillos propusieron en su momento. Los cambios están ya en la agenda de la sociedad. Lo que se requiere es que el gobierno los sanciones y reconozca. Con todo, hay que insistir, el cambio de cambios es la democracia. Sin ella, las reformas tendrán el habitual y cortesano aire de Despotismo Ilustrado.

Los pueblos democráticos y abiertos no miden el tiempo por generaciones, no necesitan destruir edificios. Su vida pública no es privada, no ocurre en los pasillos de palacio sino afuera, en espacios abiertos, en la plaza. Allí discute incesantemente, allí ejerce la crítica, allí decide. México merece un destino así. La sociedad civil está en la plaza pública, la joven generación sigue en palacio. Para cumplir cabalmente su misión, deberá salir de allí. No por momentos, no selectivamente: para siempre.

El Norte

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