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Gustavo Díaz Ordaz

“Díaz Ordaz era de línea dura... usaba el poder”. Con estas palabras lo definía uno de sus más brillantes y ecuánimes colaboradores, el secretario de Hacienda Antonio Ortiz Mena. Desde el primer día quedó claro el nuevo estilo. Nada de formas ni de ceremonias, nada de preeminencias familiares ni de influencias personales: el desnudo y puro ejercicio del poder. Obligó a sus colaboradores a aprender de memoria cinco reglas: díganme la verdad; no me pidan disculpas; si violan la ley pues viólenla, pero que yo no me entere; cuidado con lo que me informen; no cambiaré el gabinete, “no se cambia caballo a la mitad del río”.

 

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Para las elecciones intermedias del sexenio, el PAN cubre por primera vez el 99 por ciento de los distritos electorales. El 27 de junio de 1967, cinco días antes de los comicios, Christlieb vuelve a dirigirse al presidente, esta vez para quejarse de la propaganda ilegal del PRI en los medios de comunicación (radio y televisión). El PAN había confiado en la “palabra dada” por el secretario de Gobernación, Luis Echeverría, en el sentido de que no habría tal propaganda; sin embargo ese hecho, junto con otros de diversa índole sucedidos anteriormente en análogas circunstancias, lo colocaba en una situación muy difícil ante quienes dudaban de la posibilidad misma de “tratar con el gobierno sobre un mínimo común de valores humanos, entre los que no está excluida la lealtad del adversario”; “Ningún avance objetivo ha habido en los procedimientos para estas elecciones, ni durante los tres años transcurridos desde las últimas federales. Ningún avance ha habido en materia de elecciones locales. Ni siquiera el padrón electoral y la credencial de elector ... resisten análisis primarios”. Las elecciones arrojaron resultados ambiguos. Por un lado, hubo “pan” para el PAN: el 11,3 por ciento de los votos, 19 diputados de partido y triunfos en 8 municipios (todos en Sonora); por primera vez en la historia se concedía un triunfo en la capital de un estado, Hermosillo y, meses después, otro, en Mérida. Pero junto al “pan”, el “palo”; el fraude en otros municipios y otras medidas. Por esos días, el secretario de Gobernación, Luis Echeverría, informaba al de Hacienda, Antonio Ortiz Mena, que por instrucciones del presidente había que enviar auditorías a “los riquitos de Mérida”, para que “piensen en sus intereses” y dejen de apoyar al PAN. Tras el proceso electoral de 1967, Christlieb pide una audiencia con Díaz Ordaz, pero el presidente, como había dicho a los médicos, debía respetar y hacer respetar su investidura y no podía atender todos los problemas del país. El presidente del mayor –y, para todos los efectos prácticos, único– partido de oposición en México, podía y debía esperar. Christlieb esperó, y no semanas: meses. A principios de 1968 invocó una parábola del Evangelio de San Lucas para hacerse escuchar. La audiencia nunca llegó. El diálogo se había roto. La leal estrategia de Christiieb había fracasado. En las elecciones municipales y legislativas de Baja California, celebradas en junio de 1968, el PAN fue objeto de fraudes escandalosos en las dos ciudades principales del estado: Mexicali y Tijuana, y en ocho distritos electorales.

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En sus memorias, el presidente dejó su versión personal de lo ocurrido el 2 de octubre de 1968. “No habiendo podido apoderarse de Palacio Nacional”, los estudiantes buscaban hacer suya la plaza de las Tres Culturas con el objeto de tomar la Secretaría de Relaciones Exteriores. El ejército avanza para impedir que los “alborotadores” cumplan ese designio. Se prende una bengala, “total”, comenta Díaz Ordaz, “un simple semáforo”. El general Hernández Toledo entra a la plaza “con un megáfono” pidiendo “cordura”. Recibe una descarga por la espalda, con trayectoria de arriba abajo. Díaz Ordaz describe los momentos cruciales: “... están disparando desde los altos de uno de los edificios cercanos, donde no hay soldados, donde no hay policías, son “ellos” los que están disparando, la balacera dura poco”. Hay “redada” de agitadores. Los “detenidos son llevados al campo militar número 1 para ser examinados”. Se practica una “requisa de metralletas”. “Por fin habían ganado sus ‘muertitos’. ¡A qué costo tan alto! Los lograron al cabo asesinando a sus propios compañeros. Se debe recordar que la mayor parte de los muertos y heridos, tanto alborotadores como soldados, presentaron trayectorias de bala claramente verticales, balas asesinas de los jóvenes ‘idealistas’ disparando sus metralletas desde las azoteas de los edificios Chihuahua y Sonora”. ¿Sabía que estaba diciendo una mentira y quiso suavizarla? La narración busca una salida y la encuentra: “Mañana amanecerá en sol [?] ... la vida de la ciudad, del país, de millones de mexicanos, seguirá su curso normal. Y sin embargo ésta ha sido una cruenta jornada. Intensamente dolorosa, seguramente, para algunos hogares de México. Lacerante y dolorosa para todos los mexicanos”. No hay remordimientos sobre lo ocurrido, sólo la convicción del deber cumplido: “Este México nos lo quieren cambiar, nos lo quieren cambiar por otro que no nos gusta. Si queremos conservarlo y nos mantenemos unidos, no nos lo cambiarán”. Antes de morir, entregó a su hijo Gustavo los manuscritos y grabaciones que contenían sus memorias. “Ahí te dejo eso, para que hagas lo que quieras”. Díaz Ordaz no las escribió para defenderse ante el pueblo ni ante la historia. Ambos le importaban “un carajo”. Único depositario de la verdad y la razón, se sentía víctima de un rechazo universal. Por eso no cabe pensar que en ellas mentía. Por eso sus lagunas de información, sus afirmaciones erróneas, sus omisiones se vuelven profundamente significativas. Sobre ese marco mental fincó sus decisiones. El sistema político mexicano y el sistema psicológico de Gustavo Díaz Ordaz habían convergido en una presidencia de poder absoluto dotada de una información pobre y torcida. El rey en México no estaba desnudo, estaba ciego.

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*Extracto del libro "La Presidencia Imperial"

Todos los derechos reservados © Enrique Krauze 2017

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