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Carlos Salinas de Gortari

No faltaron críticas y críticos a su programa económico. La izquierda señalaba, con insistencia y con razón, que la privatización se había realizado en beneficio de unos cuantos empresarios privilegiados y, en varios casos, con métodos no del todo transparentes. Había indicios claros de corrupción. También la opinión liberal ponía sus peros: todo el programa económico había sido impuesto desde arriba, como en tiempos de los Borbones, sin debate ni participación social alguna; la rigurosa reforma fiscal era lesiva y depresiva para los pequeños y medianos negocios. ¿Dónde estaban las grandes inversiones productivas nacionales o extranjeras? ¿Dónde estaba la gran desregulación prometida? La exportación no crecía lo suficiente porque el gobierno se empeñaba en mantener sistemáticamente sobrevaluado el peso. Lo más grave era el hecho de que todo el edificio económico pendía de un hilo: los miles de millones de dólares invertidos a corto plazo en la bolsa de valores, no en empresas. Eran, según la atinada expresión mexicana, “capitales golondrinos”. En suma, el tan publicitado milagro económico se trataba sólo de un ajuste macroeconómico que había beneficiado primeramente al sistema, la gran empresa del poder, creada por Alemán. En referencia a esa empresa y para no confundirla con el país, el crítico Gabriel Zaid escribió a fines de 1993: “la salvación del Grupo Industrial Los Pinos ha sido un éxito espectacular del presidente Salinas. Hasta el país se benefició... Mientras la gente se lo crea, el milagro puede seguir: importar fiado, como si el ahorro externo disponible no tuviera límites. Ojalá que no termine mal”.

 

“No podemos permitir que nos pase lo que a Rusia”. Salinas insistía en mirarse en el espejo de Gorbachev, del que sacaba la conclusión de que había que reformar primero la economía, para luego (en un futuro indeterminado, cuando él y su equipo decidieran) intentar la apertura política. Fue, literalmente, un error mortal. El momento adecuado para hacerlo era a mitad del sexenio. La reforma económica tenía un gran éxito. El prestigio interno e internacional de Salinas crecía a ojos vistas. Para advertir la pertinencia de una reforma política no se necesitaba ser visionario o profeta: bastaba dar una ojeada realista al mundo y la historia. Es verdad que cualquier cambio democrático se topaba con la inercia autoritaria del pasado mexicano: aztecas, novohispanos, porfiristas, revolucionarios, cachorros de la Revolución, populistas, todos los regímenes históricos de México –salvo la fugaz república liberal (1867-1876) y los quince meses del presidente Madero–, habían tenido un carácter autoritario. Pero justamente esa concentración de poder hubiese permitido a un estadista osado y reformador, como pretendía ser Salinas, abrir el sistema. Ésa era la verdadera lección de Gorbachev, no la otra. La Glasnost constituyó su mayor servicio a la historia rusa. Ejemplos de un partido que se eterniza en el poder, para luego abrirse a la competencia, había muchos y exitosos. Ahí estaba España, que construía la democracia tras casi cuarenta años de franquismo, y en ese momento, literalmente, el mundo entero.

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Los mexicanos comenzaban a entender que los políticos no eran, ni debían ser, los dueños del poder, sólo sus depositarios temporales, sujetos a un mandato, a una vigilancia crítica y al rendimiento de cuentas. El mexicano común y corriente entrevió a partir de entonces aquello que Cosío Villegas había previsto desde hacía medio siglo y que el movimiento estudiantil de 1968 había evidenciado de manera trágica: que el problema central de México es de índole política. Salinas pudo haberlo resuelto. Le hubiese bastado invertir el inmenso prestigio que acumuló en propiciar la reforma democrática del viejo sistema. En vez de eso, quiso convertir su presidencia imperial en vitalicia. Y pagó las consecuencias. Salinas de Gortari fue juzgado y condenado por una opinión pública que se sintió, con razón, víctima de un gigantesco engaño. Nadie, en su sano juicio, podía creer que él –hombre maquiavélico donde los haya– ignoraba los sucios manejos de su hermano, manejos que muchas personas le señalaron con preocupación. Y si el juicio demuestra finalmente lo que la opinión cree –que Raúl Salinas, además de socio del narcotráfico, fue, en efecto, el autor intelectual del crimen de Ruiz Massieu y quizás hasta del de su propio cómplice en la operación, su antiguo condiscípulo y amigo Manuel Muñoz Rocha–, entonces el veredicto contra el hombre que quiso ser rey será aún más severo: nadie creerá que los manejos con el narco y el asesinato de Ruiz Massieu se cometieron sin que él –antes, durante o después– los conociera y encubriera. En ese caso, ¿comparecerá Salinas de Gortari ante la justicia mexicana? Había, en efecto, algo de tragedia shakespeariana en el destino de Salinas: el hombre que quiso ser rey alcanzó el poder mediante una votación dudosa, realizó grandes proezas para revertiría y, llegado a la cima, creyéndose más inteligente que el resto de la humanidad, fue vencido por su propia soberbia.

*Extracto del libro "La Presidencia Imperial"

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