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Colar o no colar

Para AE y JA

Se dice que hacia 1923, cuando los principales jerarcas sonorenses (Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta) dilucidaban entre sí la inminente sucesión presidencial, De la Huerta comentó con resignación: "Yo no cuelo." Al margen de sus cualidades (era un hombre caballeroso, relativamente instruido, contador de profesión y buen tenor), sabía que no pasaba el examen de la opinión pública ni el crucial favor de las camarillas políticas y prefería hacerse a un lado para que el país, todavía muy bronco, siguiera gobernado por la mano dura de los militares. A final de cuentas, arrastrado por sus alebrestados simpatizantes, don Adolfo desató la malograda rebelión que llevaría su nombre y que lo llevaría al fracaso y al exilio. Pero la lección era clara: para llegar no basta querer; para llegar es importante "colar".

"No colar", en nuestro tiempo, significa carecer de credibilidad. Por las razones que sean (buenas o malas), a pesar de su relativa juventud, su envidiable condición física, su buen linaje reformista, su habilidad política y su determinación, el hecho es que Roberto Madrazo no acaba por "colar". En la opinión de un sector mayoritario de la ciudadanía, Madrazo encarna los rasgos negativos del viejo PRI. Curiosamente, esta imagen no lo habría inhabilitado para seguir al frente del PRI, pero lo ha dañado en su ambición presidencial. El problema, me temo, no está en su discurso (que presenta ideas sensatas aunque vagas), ni en su tono (de optimismo algo forzado), su estilo (que combina la vieja retórica con la jerga tecnocrática), los agudos de su voz o su apariencia (pulcra pero rígida, raramente inexpresiva). El problema está en la lectura negativa que el votante ajeno a la maquinaria "dura" del PRI ha hecho de su trayectoria.

Hace apenas unos meses el PRI parecía rozagante. Bajo el liderazgo de Madrazo, superó con cierta dignidad el trauma de su derrota en el 2000. Algunos de sus triunfos estatales y municipales fueron cuestionables (polvos de aquellos lodos), pero muchos otros se alcanzaron en buena lid. Ante el despliegue de ineficiencia y desorden que exhibía el gobierno federal, varios de sus gobernadores cumplieron sus gestiones con éxito. En el Congreso sus representantes desempeñaron (en exceso) su papel de opositor, bloqueando en general las reformas que envió el Ejecutivo. Milagrosamente, en suma, el PRI estaba logrando conservar su raigambre popular, lavando hasta cierto punto su memoria autoritaria para crear la imagen de una organización a un tiempo renovada y experimentada. De pronto, al acercarse la fecha de la elección interna, entró en una grave crisis de regresión y autofagia, que se habría evitado con una dosis de concordia interna, democracia y autocrítica. Vuelto a sus instintos octogenarios, se rehusó a tomarla, y ahora sus signos vitales van de picada. ¿Quién lo diría? El PRI, la institución que ganaba "de todas todas", la que inventó el "Carro completo", va en camino de ocupar el tercer lugar en la elección del 2006. ¿Habría algún remedio?

"El PRI debería inventar un candidato", le escuché decir a Cosío Villegas en 1976. La palabra me extrañó, pero al cabo del tiempo he terminado por entenderla. Entonces y ahora, el PRI tenía la obligación de designar al mejor candidato en las circunstancias, no al mejor candidato para cubrirle las espaldas al presidente. Así lo había hecho en las sucesiones de 1934 a 1964, pero desde 1970, y con la sola excepción del 2000, la sucesión ha sido -por obra del presidente saliente y/o el entrante- una zona de turbulencia, inestabilidad, desastre financiero y violencia (latente en 1988, activa en 1994). Ahora, ante la ausencia de un Gran Elector, un sector de la ciudadanía considera que Madrazo se ha autoelegido (quitando rudamente de en medio a todos sus rivales) y que esa maniobra, por definición, es reprobable. Con ese veredicto, ¿sería impensable que los priistas consideraran al menos la posibilidad de inventar un candidato? Un mejor candidato (o candidata) en el PRI no sólo sería bueno para el PRI, sería bueno para México: propiciaría una competencia menos polarizada (entre los "ricos" del PAN y los "pobres" del PRD); garantizaría un Congreso dividido (que impediría una recaída en el absolutismo presidencial y obligaría a la integración de legítimas alianzas para la gobernabilidad) y, dato no irrelevante, nos libraría de una lucha desigual pero feroz entre dos tabasqueños que se malquieren de veras.

Lo cierto es que el cambio de caballo a la mitad del río, si no impensable, es casi imposible, entre otras razones porque implicaría riesgos de tensión interna y confusión externa. Siendo así las cosas, los priistas, su candidato y sus publicistas deberán hacer un esfuerzo supremo de imaginación para inventar la fórmula de colado que don Adolfo de la Huerta no encontró.

Reforma

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