Cuartoscuro

Celebración y crítica

La historia de México es una hazaña que podemos celebrar con legítimo orgullo, porque no desmerece ante las más dramáticas epopeyas de la Antigüedad y porque posee una característica única: México, como sabemos, fue el lugar histórico de un encuentro entre dos mundos, el mesoamericano y el católico español, absolutamente ajenos el uno para el otro; dos culturas distintas y distantes que, no sin dificultades, convergieron y convivieron a lo largo de tres siglos hasta alcanzar una síntesis basada en la noción de que los hombres, diversos en la piel, el origen y las costumbres, son iguales ante Dios. Ese crisol cultural está en nuestra lengua, nuestra espiritualidad, nuestra cocina, nuestras artes y nuestros valores. Es el aporte moral de México al mundo. Es, en sí mismo, una celebración de lo diverso y un canto a la unidad. Y es un milagro: el milagro del mestizaje.

Al siglo XIX debemos otro milagro de convivencia: me refiero a las libertades cívicas que todavía gozamos y que debemos aquilatar como el aire, porque, como el aire, sólo se aprecian cuando se pierden. En un mundo desgarrado por sangrientas querellas religiosas, México practica la más completa libertad de creencias. En un mundo donde las razas arrogantes han masacrado por millones a las débiles, México ha sido un puerto de abrigo para los perseguidos de la Tierra. En un mundo donde hay naciones que se desintegran, México es un nosotros entrañable, un hogar generoso, una indisoluble identidad.

Del manantial de nuestra historia rescatamos también la vocación social de la Revolución Mexicana. "El pueblo tiene hambre y sed de justicia", decía Justo Sierra, y por esa hambre, y por el hambre misma, y por defender su tierra, soldados y soldaderas se subieron al caballo de la Revolución. Al cabo de ella el país salió más seguro de sí mismo: desplegó una notable creatividad cultural, fundó instituciones sólidas y se propuso empresas formidables.

Podemos celebrar esas páginas brillantes, pero sin olvidar que esas páginas no las escribimos nosotros. Como los volcanes fueron obra de Dios o la naturaleza, esas páginas fueron obra de generaciones que nos precedieron y ante cuyo legado estamos obligados a preguntarnos: ¿y nosotros, qué hemos hecho para estar a la altura de nuestros ancestros? Existen, claro está, obras personales, proyectos empresariales y apostolados sociales memorables, pero no nos engañemos: son la excepción. Desde hace algún tiempo, México vive en un estado de pasmo, atraviesa por una zona peligrosa hecha de muchas malas pasiones, pero sobre todo de una, de índole intelectual y moral: la confusión. Los mexicanos sabemos qué queremos para México (seguridad, prosperidad, equidad, justicia) pero no nos ponemos de acuerdo en cómo lograrlo. Lo peor es que ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en cómo discutir el cómo lograrlo.

México es más grande que sus problemas, pero los problemas de México son muy grandes. ¿Qué hacer? Ante todo, recuperar un mínimo de concordia, patriotismo, buena fe y sensatez: a la celebración de México debe seguir la discusión de México. Ya resulta indispensable que quienes aspiran a gobernarnos el próximo sexenio contribuyan a limpiar el ambiente envenenado de nuestra política y que, a la brevedad posible, debatan con fundamentos, con respeto, con veracidad, con claridad, con tolerancia, con honradez intelectual, sus diversos proyectos de nación, poniendo el énfasis, no en el qué sino en el cómo.

Esa discusión es el capítulo pendiente de nuestra vida pública. Porque -por supuesto- sí hay un logro que conquistamos las generaciones presentes y que podemos celebrar con orgullo. Me refiero a nuestra democracia. El ejercicio pleno, responsable y maduro de nuestra democracia podría ser nuestro aporte a las generaciones venideras, el aporte que nuestros antepasados no pudieron legarnos, porque en vez de discutir sus desacuerdos se mataron por ellos. Recordemos que nuestros experimentos democráticos terminaron siempre en dictaduras. Nosotros no podemos admitir que esta vez nuestra democracia se malogre. Por eso, además de exigir a los contendientes respeto estricto a las reglas de la competencia democrática, tenemos derecho a esperar que den contenido a esa contienda a través de un debate público que sea en sí mismo una vasta y ennoblecedora cátedra de civilidad para un pueblo desencantado de los partidos y la política.

Si en 2006 llegamos a consolidar nuestra democracia mediante la libre discusión pública y el respeto estricto a los resultados de las urnas, las generaciones futuras podrán celebrar, una vez más y por muchos años, a México.

Discurso leído en el acto "Celebremos México", convocado por Televisa en el Palacio de Bellas Artes, el 29 de agosto de 2005.

Reforma

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