Futbol y política
Para el pumita
Desde aquel remoto domingo de los años cincuenta, cuando en un pentagonal vi al Toluca (reforzado convenientemente por el América) vencer al Vasco da Gama por 5 a 3 en Ciudad Universitaria, me ha gustado el futbol. Hace diez años escribí un artículo en el que nostálgicamente recordaba los sabrosos comentarios de Cristino Lorenzo —que casi ciego, imaginaba los partidos—, las elegantes narraciones de Escopeta —tan distintas de los insufribles merolicos actuales que confunden el radio con la televisión— y, sobre todo, esas joyas de la crítica deportiva —y de la crítica sin más—, que escribía Manuel Seyde. Eran otros tiempos.
La historia del futbol en México guarda paralelos interesantes con la historia de México. Nos llegó con el progreso porfiriano y se asentó en las zonas mineras y los clubes ingleses. La Revolución lo mexicanizó. Los años veinte le dieron una adscripción social: el Necaxa de la Compañía de Luz y el Atlante, el equipo del pueblo (y del general Núñez, cardenista de hueso colorado), el América, el equipo de la gente "decente".
Había también una adscripción étnica y cultural: fue en una cancha de futbol donde se libró la última batalla de la Independencia: el incendio del Parque Asturias por la muchedumbre enardecida con la fractura que "el negro León" del Asturias causó al ídolo de la afición mexicana: el delantero del Necaxa Horacio Casarín.
Para entonces, el futbol mexicano se configuraba ya como una constelación de equipos de provincia y la capital, una auténtica federación, más efectiva y equilibrada que la otra. En los cincuenta, el futbol era ya un interesante mosaico. Hasta las ciudades más modestas de provincia tenían su equipo en la Primera División, con buenos jugadores y personalidad propia. La geografía futbolística se concentraba en el centro del país. El norte estaba pobremente representado, o no lo estaba, porque en esa zona, igual que en el pacífico y en el golfo, seguía reinando indisputado el deporte que nos trajeron los gringos, no los ingleses: el que "el Mago Septién" llama "su majestad el Beisbol". Del Bajío y Michoacán provenían muchos equipos: los Ates del Morelia, los Freseros de Irapuato, el Celaya, el Zamora, el gran equipo León con varios argentinos notables y el mejor portero mexicano: "la Tota" Carbajal. Morelos tenía al excelente Zacatepec, el duro Cuautla y no hacía mucho que había desaparecido un campeón: el Marte de Cuernavaca. Para los equipos de la capital, ir a jugar a esos estadios cañeros era como adentrarse en una zona zapatista.
Los campeones de la época de los cincuenta eran el León, el Zacatepec, y dos grandes clubes de la ciudad de provincia que imperaba sobre nuestro futbol: el Oro y el "mexicanísimo" Guadalajara. México vivía un feliz federalismo futbolero. El péndulo comenzó a virar hacia el centralismo en los sesenta, debido a la televisión. De Telesistema Mexicano nació la idea del pleito entre los buenos (chivas) y los malos, los "millonetas" del América, provistos ya, para aquel entonces, de un buen surtido de brasileños, algunos argentinos y un peruano que fue (permítaseme el homenaje algo extemporáneo) mi ídolo: Walter Ormeño. El "monumental Estadio Azteca" fue el símbolo de la época: el nuevo centro ceremonial del futbol. Todo lo importante debía ocurrir allí. México 70 fue su cenit, pero significativamente, el desempeño de nuestros "ratoncitos" fue malo. Mucha pompa, pocos goles.
En los años sesenta, las grandes ciudades (Guadalajara, Monterrey y, desde luego, México) multiplicaron su representación. Siguiendo el buen ejemplo de la UNAM (que empezó, como el Atlas, como un semillero) otras universidades de centros urbanos importantes integra- ron sus equipos. Este desarrollo corporativo y urbano del futbol se hizo, sin embargo, a expensas de las fuentes originales, provincianas, locales, de ese deporte, que sin capacidad de competencia comenzaron a desaparecer.
Con los tiempos de Echeverría y López Portillo llegaron males desconocidos: el populismo estatista, el corporativismo y la inflación. En el extremo del progresismo populista, el Atlante sería estatizado por el IMSS. En el extremo del corporativismo, la Quina tuvo su equipo personal. Fueron los años dorados del América que cambió el clásico aunque insípido nombre de "Cremas”, por el de "Águilas".
No era lo mismo aquel equipo apoyado exclusivamente por la televisión como un producto comercial, que el viejo y tradicional de los "Cremas", en el que había jugado aquel legendario personaje, hoy olvidado, Récord. Ese futbol centralizado, corporativizado, televisado, urbanizado, oficializado, burocratizado, era también, como la economía toda, un futbol inflado. Los dólares baratos trajeron jugadores de importación inútiles, suntuarios, malos, mientras que el jugador nacional estancaba creyendo la propaganda que domingo a domingo lo inflaba al grito de "en el rey".
El globo del futbol -como el otro- se desinfló con la devaluación del 82 y no levantó demasiado con el mundial del 86, "replay" fuera de lugar del 70. Faltaba calidad, competitividad, profesionalismo. Y así seguimos.
Este año, sin embargo, hay un rayo de esperanza. No proviene del Necaxa ni de la FMF o la FIFA, sino de la vuelta espontánea de federalismo futbolero. De pronto, las ciudades de provincia tienen equipos que valen y partidarios que los siguen. Daba gusto en días pasados ver a los poblanos apoyar a sus jugadores, a la jarochada con sus Tiburones y a los Curtidores con el León. Hoy existen, además, varios equipos en el norte del país que se ha ido convirtiendo paulatinamente a este deporte (Monterrey, Ciudad Juárez, Ciudad Victoria, Torreón y uno excelente en Tamaulipas).
El repliegue de la burocracia pública y privada, el libre juego del mercado futbolístico, ha permitido también que se integren equipos realmente profesionales (el Atlante, el Cruz Azul) y que apunte una cierta calidad de exportación. Todo parece un regreso a los cincuenta, hasta por la menor presencia de la televisión privada, el renacimiento del radio y la mayor afluencia a los estadios.
No llegaremos al primer mundo, pero podemos alcanzar un lugar competitivo y respetado. ¿Qué tiene esto que ver con la política? Todo. Si en política se siguiera la pauta descentralizadora, federalista, abierta del futbol, la gente no sólo se afirmaría simbólicamente (en un juego que a fin de cuentas es inocuo), sino prácticamente, en el manejo de su destino propio: pequeño, fragmentario, limitado, pero...propio. La democracia es algo más concreto que las teorías de los filósofos de la democracia: es participación local en mítines, en periódicos, en portales, en estadios, en votaciones. Esa participación autónoma es la que habría que propiciar mediante la táctica que no falla: la democracia. La oportunidad está a la vuelta: en las próximas elecciones. Si en la política apuntase con claridad un renacimiento del orgullo local, de la iniciativa local, como parece ocurrir en el futbol, otro gallo nos cantara. Por desgracia, los ratoncitos verdes del PRI siguen amontona- dos a media cancha, jugando hacia atrás, especulando de modo personalista con el balón, perdiendo sin honor el tiempo de la nación.
Viceversa, noviembre-diciembre de 1992