El corresponsal de The Economist en México durante los ochenta Michael Elliott (que años más tarde llegó a ser editor de Newsweek y Time), me dijo alguna vez que la señal infalible del eventual acceso de México a la democracia sería nada menos que el aburrimiento.
Cuando hace un año exactamente las autoridades de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara me comentaron que el próximo país invitado sería Cuba.
No es imposible que Frida sea nominada para algún Oscar. En Hollywood se premian películas que reivindican derechos de minorías, reparan simbólicamente injusticias históricas o sociales, o exaltan el valor de una vida marcada por la adversidad.
Bernard Lewis comenzó a impartir clases sobre el Oriente Medio en 1938, cuando el Oriente Medio estaba lejos de convertirse en el polvorín teológico-político que es hoy.
Porfirio Díaz nunca ocultó sus simpatías hacia el Imperio del Sol Naciente: las expresaba en el trato especial a sus diplomáticos, y hasta en ciertas minucias de gusto artístico como el consentimiento (nunca llevado a cabo) de establecer al lado de las pirámides de Teotihuacán un jardín japonés.
Con el voto del 6 julio de 2000 los ciudadanos no concedieron un triunfo sino un empate. El mensaje pareció ser: ¿Quieren que creamos en la democracia?