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La tragedia de Colosio

Colosio no tuvo miedo de ser el primer presidente del PRI en reconocer el triunfo de la oposición y la crisis histórica de su propio partido. Por el contrario: algo en él, secretamente, lo celebraba. Hombre de temple liberal, directo, abierto, veía en la quiebra del monopolio del PRI la única posible salida a su arcaísmo, corrupción y petrificación. "Vengo de una cultura del esfuerzo, no del privilegio", repetía sin cesar. Por eso veía con cierta incomodidad su pertenencia a ese círculo de privilegio que, por definición, ha sido el PRI.

Con el tiempo comencé a sospechar que Colosio vivía una contradicción íntima, como si estuviese, a un tiempo, orgulloso y avergonzado de su militancia. Su postulación no resolvió este conflicto interior: tengo para mí que lo ahondó, y que en él reside uno de los enigmas de su desangelada campaña.

Colosio sabía que el PRI había dado a México largas décadas de crecimiento económico y estabilidad política, ahorrando al país el vértigo oscilante de la dictadura y la anarquía típico de tantas naciones latinoamericanas; pero sabía también que México había cambiado y reclamaba democracia y libertad. Durante su gestión en el PRI, introdujo lo que él llamaba si no recuerdo mal, la reforma geográfica o espacial del partido, cuyo objetivo era el tránsito de una organización vertical y corporativa a un arreglo horizontal en el que los ciudadanos, no los sectores obrero, campesino y popular, tuviesen la última palabra. Alcanzó un éxito a medias.

Sus propuestas políticas como candidato presidencial tenían el mismo sentido: buscaba que la letra y la práctica de la Constitución fueran una sola, quería que México fuese, en efecto, una república, representativa, democrática y federal. "Tenemos que hablar mucho sobre la independencia del Poder Judicial", me comentó hace apenas unos días.

El equilibrio de poderes lo preocupaba tanto como el propiciar un "federalismo auténtico" y, desde luego, la total claridad en los procesos electorales: "Te juro por mis hijos que no quiero un solo voto al margen de la ley". En su vehemencia privada había un tono, una sombra de desesperación. Al verlo por la televisión empleando en público la vieja retórica del PRI, Colosio me recordaba a aquel "San Manuel Bueno, Mártir", de Unamuno, predicando la fe que había perdido.

Colosio estaba convencido de la necesidad de un cambio pero quizá no veía claras las formas de llevarlo a la práctica. La rudeza, la brutalidad, la violencia de la política mexicana le horrorizaban. Lo desconcertaba, por ejemplo, la grosería verbal con que a veces lo trataba la oposición y no parecía comprender el clamor de los sectores de la opinión que le pedían una ruptura con Salinas de Gortari. El no era un hombre de rupturas, sino de lealtades, no de lealtades perrunas e incondicionales, pero sí de lealtades absolutas a la amistad y la verdad.

A Salinas de Gortari le debía buena parte de su carrera y un trato personal de excepción; admiraba además, y con razón, las reformas económicas y sociales del régimen en cuya concepción e instrumentación llegó a colaborar muy de cerca. No iba a ser Colosio quien volteara la espalda al presidente; menos él, un hombre que se cuidaba (como ya casi nadie lo hace en México) de saludar con un delicado "Buenas noches", o de enviar "atentos saludos" a la esposa o los hijos de su interlocutor. Su verdad era el "cambio con rumbo y responsabilidad", el cambio que no es un demagógico "salto al vacío" sino la lenta y fragmentaria construcción de un orden más libre y justo.

Aquella vaga desesperación trabajó su fuero interno imprimiendo en su cara y su trato una gravedad evidente, aun para quien lo acabara de conocer. Lo vi tres o cuatro veces este año, pero la tristeza de sus ojos me impresionaba cada vez más. "Es un hombre al que se le ha impuesto un destino heroico incomprensible para él, un destino que no sabe, no puede, no debe asumir", comenté con Alejandro Rossi. Colosio repetía de manera incesante que "quería ser presidente", como para convencerse a sí mismo de una mentira, o de una media verdad: lo quería pero no lo quería, o no lo quería lo suficiente, o no lo quería a ese precio.

Por contraste, la dimensión privada de su vida lo enaltecía: su amor a Diana Laura, su mujer, su hijo vivaz, tan orgulloso de la honestidad de su padre, y la pequeña Mariana, de apenas un año. Ninguna presidencia valía esas tres bendiciones. Colosio lo sabía, pero no sabía cómo detener la marcha que cotidianamente lo apartaba de ellas.

No sugiero que haya presentido su muerte. Creo, eso sí, que sobre todo a partir de Chiapas y a pesar de su valentía personal, Colosio se percibía a sí mismo como parte casi involuntaria, casi impotente, de un drama de poder y violencia que el país, con todas sus iniquidades, no merecía. Lo que merecía y merece es el tránsito definitivo a una vida política civilizada, plural, tolerante. No es imposible lograrlo.

Ningún país es inmune al magnicidio, y México no va a desfallecer tras la tragedia. Por el contrario, México sabe ahora que la paz y la libertad son como el aire: no advertimos su valor hasta que su falta nos asfixia. México sabe también que ha pagado ya con creces a la historia su cuota de sangre, y que esa sangre ha sido, a menudo, la sangre de los inocentes y los buenos. Ojalá que la tragedia destierre para siempre el macabro romanticismo de la violencia que se desató en ciertos círculos periodísticos e intelectuales a raíz de Chiapas. Del fondo del fusil no sale la democracia. Del fondo del fusil sale la muerte.

Si los partidos políticos, los candidatos y las fuerzas actuantes de la sociedad civil se vinculan ahora mismo en un pacto histórico de unidad nacional de cara a las elecciones y a la transición democrática, la tragedia de Luis Donaldo Colosio podría ser la última de este terrible género. Ese pacto es el único homenaje posible a su memoria. Sólo así, aquel rostro tristísimo podrá recobrar, en algún lugar, la transparencia y la sonrisa de ciertos días, la fe en que la historia no es sólo un reino caído de miseria y error, la confianza en que vale la pena pertenecer a "una cultura del esfuerzo". Sólo así habrá una semilla en su sacrificio.

Reforma

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