Vasconcelos biógrafo
La historia recuerda a José Vasconcelos como el ministro iluminado que quiso convertir la educación en un evangelio laico y a los maestros en nuevos misioneros, al valeroso político que buscó instituir la democracia en un país de fusilamientos, al autor de la más apasionada autobiografía escrita por mexicano alguno a través de los siglos. Su obra filosófica y su producción periodística, ambas dilatadas y profusas, se han relegado, no siempre por malas razones; pero sus trabajos literarios menos conocidos -sus cuentos, poemas y reflexiones místicas- merecerían una cuidadosa reconsideración. Casi nadie, sin embargo, ha reparado en una faceta fugaz y tardía de Vasconcelos, la de biógrafo. Para ejercerla eligió a un abuelo emblemático de México, abuelo de una dinastía de hombres y mujeres de bien, don Evaristo Madero.
Conmueve pensar en el viejo Vasconcelos que a sus cansados setenta y seis años, después de vivir una odisea personal de medio siglo, revisa con paciencia y amor los manuscritos que le han proporcionado los familiares y amigos de don Evaristo. Ha pensado en él no como un patriarca sino como un patricio. Patriarca es un vocablo con resonancias religiosas: remite a los tiempos bíblicos, representa al prelado, al dignatario, al padre poderoso que ejerce sobre su grey una autoridad moral incontrastada. Patricio, en cambio, es una voz cívica: proviene de la tradición romana y quiere decir "persona ilustre que se distingue entre sus conciudadanos por su actuación pública y sus virtudes". Al perfilar la trayectoria de aquel personaje, Vasconcelos desliza una sutil moraleja: México hubiese sido distinto, y acaso todavía podría serlo, si el ejemplo de don Evaristo Madero hubiese cundido más allá del radio generoso y fértil, pero limitado al fin, de su propia familia.
Lo imagino escribiendo -acometiendo, más bien- las primeras páginas. En ellas recuerda los avatares de José Francisco Madero, el padre de don Evaristo. Tiene frente a sí la figura que precede a la del constructor, a un fundador de México en el sentido más estricto de la palabra. Ingeniero agrimensor graduado en la Escuela de Minas en 1809, aquel primer Madero dedicó sus empeños a configurar el mapa septentrional de esa confusa y amenazada novedad histórica que era el país en la tercera década del siglo. Sus viajes por las soledades del norte, acompañado de su amigo, el teniente Pedro Armendáriz, evocan en Vasconcelos otros viajes, los suyos propios durante la Revolución. De pronto, lo embarga una energía nueva. Tras la descripción de Parral, Janos o Albuquerque, resuenan ecos de otras páginas: la pintura de una modestísima parroquia remite a las famosas descripciones de iglesias europeas en El desastre; las estampas de costumbres pueblerinas -los bailes, las serenatas, las carreras- recuerdan las reflexiones artísticas de la Estética; las tensas atmósferas creadas por el acoso de los apaches son tan vívidas como las del Ulises criollo. En el trasfondo, lo que Vasconcelos narra es la saga de una familia mexicana en una zona de frontera, la pérdida personal y nacional de territorios inabarcables, el repliegue hacia el sur y hacia adentro, y la construcción de un emporio donde la riqueza no es un fin mismo -como en el mundo vecino- sino un medio para superiores fines espirituales.
Dos años mayor que Porfirio Díaz, la biografía temprana de Evaristo Madero guarda ciertos paralelos con la de su poderoso contemporáneo, hombre con quien llevó relaciones invariablemente difíciles. Ambos perdieron al padre en 1833 debido a la epidemia del cólera morbo, y ambos fueron guiados en su infancia por figuras tutelares femeninas, la madre y las hermanas. Porfirio, arraigado en Oaxaca, corazón étnico de México, despierta muy pronto a la vocación del poder y las armas. Evaristo, nacido en las márgenes del país que miran al norte, al golfo y al Atlántico, zona abierta al paso de personas y al intercambio de bienes, emprende desde muy joven las más osadas aventuras comerciales. Ambos tienen un designio similar: son constructores históricos.
Evaristo Madero procede por concatenación: primero un negocio de transporte, a propósito del cual Vasconcelos recupera anécdotas extraordinarias que demuestran la sangre fría y el tesón del personaje. Avecindado en Monterrey desde mediados de siglo, casado con doña Rafaelita Hernández que sería su primera mujer y con la que procrearía siete hijos, Madero lleva algodón a la fábrica La Estrella, de Parras, Coahuila, y naturalmente sueña con adquirirla. No tardará en lograrlo gracias, en parte, a la Guerra de secesión, que crea condiciones favorables al crecimiento vertical de sus negocios. Muy pronto, se hace de otras propiedades localizadas en la propia Parras: la Hacienda del Rosario y las bodegas de San Lorenzo, de gran fama por sus viñedos y la calidad de sus vinos y aguardientes. Parras era un oasis en el desierto, una obra de ingeniería hidráulica construida por la Providencia en la que Evaristo Madero vio su tierra prometida: "Existen aquí todos los recursos para un gran desarrollo económico: agua todavía sin aprovechar, tierra laborable de buena calidad, una industria que rinde ya provechos apreciables".
El futuro de Parras era promisorio, pero no sólo por los dones naturales de la región sino por la gravitación de su historia. En el caso de don Evaristo, la riqueza, como los vinos, era de buena cepa, tenía linaje. Tras el hombre que planta nogales en Parras, sobrevive la memoria viva de otros empresarios que lo antecedieron, como Francisco de Urdiñola, "el más grande hombre de empresa en los comienzos del siglo XVII". Esta presencia del pasado es un hilo conductor en la biografía de don Evaristo, un hilo con el que Vasconcelos teje las vinculaciones más sorprendentes. La antigua casa vitivinícola de San Lorenzo, establecida por Lorenzo García en 1626, no era sólo un antecedente remoto de la nueva firma para la cual don Evaristo importó personalmente las finas barricas y alambiques de Francia: era, por el espíritu que la animaba, la misma empresa.
Ese espíritu era de raigambre cristiana. Vasconcelos lo resume en un párrafo donde se escucha, una vez más, al profeta moral de los años treintas. En contraste con los ricos de Estados Unidos o los políticos enriquecidos de la Revolución, aduce Vasconcelos, hay otra clase de ricos:
[…] ricos que en vez de consumir la riqueza o derrocharla, se dedican a crearla y a multiplicarla en empresas reproductivas […] ricos que, sobre las arenas del desierto, improvisaron cultivos, construyeron casas y organizaron aldeas; ricos que inventaron instrumentos y arreglos que ponen a la naturaleza al servicio del hombre; ricos que, desdeñosos del fango que es el vicio y de los placeres malsanos que da la riqueza, se entregaron al amor de sus gentes, las auxiliaron en sus desventuras, las educaron en la austeridad y practicaron esa austeridad en sus propias personas; ricos que son el amparo de los menores y de los débiles, de los desvalidos y de los incompetentes: ricos de esta contextura moral, son los pilares de la sociedad civilizada. Tal es la índole de rico que había llegado a ser don Evaristo.
"Los pobres siempre estarán con nosotros", dice el Evangelio. Vasconcelos recuerda el sentido original de la frase en uno de los capítulos más profundos del libro. Su tema es la relación, necesaria desde el punto de vista judeocristiano, entre riqueza y caridad. "Todavía por los setentas [del siglo XIX] se llamaba caridad a la virtud que nos obliga a acudir al socorro de los demás, y era mucho más fecunda que los altruismos del positivismo y el servicio social de la demagogia socialista posterior". Con el antecedente de las fundaciones piadosas de don Evaristo -orfanatorio, hospital, casas de beneficencia-, la vocación redentora de su nieto Francisco Ignacio aparece más clara: no hizo más que llevar al extremo la pródiga misericordia característica de su familia.
Con ayuda de sus parientes e hijos, a los que sabia y pacientemente educó y preparó en escuelas técnicas y comerciales europeas, don Evaristo estableció una red de empresas centrada en el noreste del país pero cuyas estribaciones llegaban de Sonora a Yucatán. Vasconcelos no recobra la historia de estas empresas -no es ése su propósito- y por lo general se limita a resumir las circunstancias de su fundación, su objeto social y su desempeño. Entre las empresas que menciona están la Compañía Industrial de Parras, el Banco de Nuevo León, la Compañía Carbonífera de Sabinas, la guayulera de Coahuila, la Metalúrgica de Torreón, la vinícola de San Lorenzo. Había muchas más. Para aportar una visión moderna sobre el conglomerado, un futuro biógrafo tendrá que revisar con toda calma no sólo los manuscritos que estudió Vasconcelos y la memoria oral que atesora la familia, sino los propios libros de contabilidad. La obra pertenecerá a un género casi desconocido en México: una historia empresarial.
Otro tema que Vasconcelos aborda tangencialmente es la vida política de don Evaristo; dentro de ella, la vinculación con Santiago Vidaurri merecería un análisis concienzudo. Eran, cada uno en su estilo, los paladines del norte frente al centralismo tradicional. Después, ya muerto Vidaurri, un capítulo político de interés inmenso es su gestión como gobernador de Coahuila. Tuvo lugar en tiempos del Manco González. Si bien Vasconcelos recoge con detalle la obra material (ferrocarriles, telégrafos, fomento a la agricultura y la minería, impulso a la educación y al arte, establecimiento de una penitenciaría), se detiene menos en el magno proyecto político de don Evaristo, para quien el avance democrático de México dependía del fortalecimiento del municipio. Fue convicción suya de toda la vida que sin ayuntamientos libres, autónomos y prósperos, el centralismo devoraría deformaría el cuerpo político del país. En el fondo, éste fue el punto permanente de fricción entre Porfirio Díaz y Evaristo Madero, el que impulsó a los hermanos Carranza en su conato de rebelión de 1893 (que Porfirio atribuyó a don Evaristo) y el que, finalmente, preparó la revolución democrática de Francisco I. Madero.
Tras la amorosa biografía de su personaje, Vasconcelos deja entrever, casi involuntariamente, aspectos de su propia biografía. Hay, por ejemplo, un episodio de antología titulado "El vino". Como se sabe, Vasconcelos, epicúreo a pesar suyo, sibarita irredento, amó en su juventud a la mujer y en su vejez al vino. El episodio es más que una narración, es una sabrosa charla de sobremesa, una cátedra, un canto, una historia, una filosofía, una sociología, y casi una teología del vino. No habrá lector que no repita con Vasconcelos el viejo adagio francés: "una comida si vino es como un día sin sol".
Otro momento de confesión, quizá más íntimo, es la imaginaria evocación de Evaristo contentando a su nieto Francisco. Sin elementos que le permitieran reconstruir la escena, el biógrafo se tomó la libertad de transmitir su propia experiencia. El resultado no aporta mayor sustancia a la vida de don Evaristo, pero es un relámpago de verdad y dolor en la vida del propio Vasconcelos:
El afecto más dulce y enternecedor es el del nieto, porque ante él nos dolemos de la impotencia fundamental del hombre. Mírase al niño desamparado como todos los niños, pero en tanto que el padre cuenta con una probabilidad apreciable de años en que podrá proteger y educar a su vástago, el abuelo se sabe condenado irremisiblemente por la edad, de suerte que sabe no podrá estar al lado de aquel pequeño ser al que adora, en las circunstancias en que éste se hallará más necesitado de auxilio y compañía. Orfandad inevitable es la del nieto frente al abuelo, y mientras el niño ríe inocente, el abuelo sabe que toda vida trae consigo penalidades y riesgos que se alivian con la protección paternal, que el abuelo ya no pue de dar. Esta convicción de impotencia es la causa de la ternura inconsolable del abuelo. Y todavía don Evaristo había de ser abuelo más de tres o cuatro veces, lo que requería un fuerte corazón y una gran capacidad de amor. Todo lo que el buen viejo tenía en abundancia.
Un tercer elemento proyectivo del biógrafo en su historia consiste en recobrar aspectos de la gesta maderista en la que le tocó vivir, desde el estallido de la Revolución hasta la Decena Trágica. El libro se desvía de su cauce original, pero no pierde intensidad porque Vasconcelos no escribe un recuento más de hechos de sobra conocidos, sino que se detiene en retratar fugazmente a una serie de personajes de la familia relegados en la memoria colectiva. Es el caso de Gustavo, el brillante y valeroso hermano del presidente, de Ernesto, su tío, extraordinario administrador, y de Sara Pérez, cuya discreta biografía posterior a la muerte de su marido linda con la santidad.
Cinco años antes de la Decena Trágica, cientos de personas de todas las clases sociales, amigos, empleados, colaboradores, familiares, se habían reunido en Parras para festejar el octogésimo aniversario del patricio. Al final de su libro, Vasconcelos reprodujo el ambiente de la fiesta, los discursos, las cartas y poemas, como si al hacerlo pudiera compensar la desgracia que advendría después sobre la familia. Don Evaristo murió el 6 de abril de 1911, sin ver el triunfo de su nieto, temiendo que su vocación redentora lo conduciría al sacrificio. Ese misterio mayor, el del martirio de un justo, obsesionó toda su vida a Vasconcelos, quizá por eso, al final de su propia vida, se empeñó tanto en recobrar la parte de los Madero que no murió en aquel momento infame: una semilla de eternidad.
Esa semilla de eternidad existe. La plantó don Evaristo, junto con sus nogales, en su amada Parras. La plantó en la noble progenie de sus dos matrimonios, los Madero Hernández y los Madero Farías, que se refieren a él como "Papá Evaristo" y visitan su casa señorial como si aún viviera. La plantó en las empresas que modificadas por el tiempo siguen funcionando, o en las nuevas empresas de sus bisnietos y tataranietos, entre quienes están algunos de los mayores capitanes de industria con que cuenta México. La plantó en los ideales de autonomía y libertad que su nieto Francisco llevó al límite de un apostolado de tan alta dimensión, que el país no alcanza todavía a hacerlo propio. La plantó, en fin, como un patriciado de creatividad personal y virtud cívica que, en una hora oscura del país, alumbra todavía el destino de muchos mexicanos.
Prólogo al libro Don Evaristo Madero. Biografía de un patricio, de José Vasconcelos (ed. 1997)