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Un balance político del siglo XX

Para Julio A. Millán

"El fin del milenio". La sola frase convoca en la memoria de Occidente los más antiguos y soterrados temores. En la frontera de ciertas fechas cargadas de significación apocalíptica, los hombres esperaban el desastre universal o abandonaban sus casas, sus bienes, sus familias, mataban y morían, todo para ser testigos o agentes en el advenimiento de una nueva era. En la historia de la insensatez humana, ¿cuántos pueblos se han sacrificado en nombre de una fecha?

Pero la historia no llega nunca a tiempo a sus citas. Por eso hay que ver con cierto humor y piedad a los nuevos profetas del Apocalipsis 2000. No hace mucho algunos de ellos proclamaban el ascenso irresistible del socialismo como la doctrina que nos llevaría a la redención. Desmentidos por la realidad objetiva y desplazados por el voto de los pueblos, ahora su llorosa caravana recorre el mundo proclamando que nunca ha sido peor la miseria, la enfermedad, el hambre y la violencia entre los hombres: los cuatro ominosos jinetes cabalgan de nuevo.

A los apocalípticos de todos los tiempos es difícil refutarlos porque anegados en su pensamiento mágico no creen en la verdad objetiva. Pero a los profetas actuales de buena fe uno quisiera sentarlos cerca de algún hombre sabio que haya recorrido el siglo XX de punta a punta y con los ojos abiertos, y los convenza de que el mundo ha hecho algunos progresos -sobre todo políticos- en los pasados cien años. Yo tuve la fortuna de estar cerca de uno de esos hombres. (Era mi abuelo). Si en lugar de discurrir de manera abstracta sobre el tema se me permite tocar una nota personal, quisiera narrar brevemente cómo llegué, de la mano de este hombre, a esa misma convicción.

Aquel pequeño pueblo donde nació, intranscendente pero típico, enclavado en el corazón de la Europa Central, parecía una fortaleza cerrada en el espacio y detenida en el tiempo. Con la inminencia del fin de siglo todo comenzó a cambiar vertiginosamente. Como tantos otros miembros de su generación, aquel joven creyó en la magia de las fechas. Las continuas novedades de la técnica y la ciencia parecían presagiar un progreso similar en los ámbitos sociales y políticos.

De pronto, en medio de la "Bélle Epoque", sobrevino la Gran Guerra de 1914. Fue como un error de cálculo o un estallido absurdo de la naturaleza. Nadie la explicaría nunca de manera convincente. Nadie imaginaba que la ferocidad humana pudiese llegar a esos extremos. Algunos abrazaron un fanático militarismo. Otros se volvieron pacifistas radicales. Unos y otros llenaron el hueco de la perplejidad con las poderosas ideologías construidas por los profetas del siglo XIX.

En 1917, la Revolución Bolchevique pareció una aurora de la humanidad: representaba la igualdad entre los hombres, la disolución de las clases sociales, la promesa laica de redención. Muchos jóvenes europeos -él entre ellos- atribuyeron todos los males al egoísmo capitalista, estudiaron al marxismo como una ciencia, lo practicaron como una religión. Al poco tiempo, como una inmensa columna de humo que poco a poco cubrió el horizonte entero, apareció el Fascismo y más tarde el Nazismo. Aunque el motor histórico de aquellas ideologías era distinto (la clase obrera, la nación italiana, la raza aria) las tres compartían un mismo desdén por los valores del liberalismo clásico, otorgaban al Estado un poder sin precedentes y creían haber descubierto el guión de la historia.

Mientras tanto, la historia siguió abriendo caprichosamente su caja de sorpresas. Acosados por la discriminación racial, nacional, social, pero guardando en el corazón la promesa socialista, muchos europeos se dispusieron a emprender el Éxodo al nuevo mundo. El era judío y estaba entre ellos. México fue su tierra de salvación. En poco tiempo se desataría, como un preludio ominoso, la Guerra Civil Española y, tres años después, la Segunda Guerra Mundial. Por cartas, por rumores, por artículos periodísticos, los inmigrantes se enteraron de lo inimaginable: los campos de concentración y la maquinaria de muerte de los nazis. Quedarían marcados para siempre por esa experiencia. Al poco tiempo, otras cartas, rumores y artículos trajeron malas nuevas de la Unión Soviética, a la que habían considerado la tierra del porvenir.

Increíblemente, el universo concentracionario y el aparato de terror estatal no eran especialidad de los malos, los nazis o los fascistas, sino también de los buenos, los socialistas. El siglo XX llegaba a su primera mitad dejando atrás la mayor carnicería de la historia humana: no había progreso, había regresión.

En aquel hombre, el alivio por la derrota nazi-fascista compensaba apenas el dolor que le producía la destrucción de su ideal juvenil. Cerrada para siempre la puerta de la religión, desmentida la fe social de los primeros años, ¿quedaba algo en qué creer, alguien en quien confiar? ¿Había que hundirse en el cinismo o la desesperanza? ¿Debía el hombre concentrarse en su vida privada y olvidar el resto?

Entonces, perdidas las ilusiones, descubrió con sorpresa que el Occidente liberal existía y que era suyo. El Occidente de Churchill con la "V" de la victoria. El Occidente de Roosevelt. No el villano de la historia, ni la caricatura de los manuales marxistas, sino una entidad histórica habitable, menos inhumana que la falsa tierra prometida confiada al liderazgo de un Estado totalitario (fascista, nazi o comunista) que sacrificaba hombres concretos en el altar de las ideas abstractas. Existía el Occidente liberal y sus instituciones: la democracia, los derechos del hombre, las libertades cívicas. Creaciones insípidas para una sensibilidad de fondo religioso, pero creaciones que limitaban al poder impersonal y propiciaban a las personas.

En la vejez comenzó a echar cuentas del siglo y de su siglo, y el balance, no resultó del todo malo. La ciencia y la técnica habían dado pasos que antes llevaban milenios, y conforme avanzaba el tiempo, ambas conquistaban en años lo que antes tomaba siglos. Era claro que ese progreso acelerado era atribuible a la libertad individual en Occidente, libertad que hacía posible el florecimiento de la cultura en todas sus manifestaciones (incluidas las manifestaciones de crítica contra Occidente). Ese desarrollo cultural no ocurrió en las sociedades cerradas u ocurrió a contrapelo, en la clandestinidad. "Ahí donde se queman libros se termina por quemar a las personas", había dicho su admirado poeta, Heinrich Heine, en 1842. La profecía se cumplió al pie de la letra, un siglo después, en su natal Alemania y en cierto sentido también en la Unión Soviética. En el Occidente liberal se cometían innumerables injusticias pero no se quemaban libros ni personas.

Con todo, aquel reconocimiento no lo convirtió al capitalismo. Nunca dejó de pensar que los capitalistas se ahogaban en las heladas aguas del cálculo individual. Al mundo occidental le faltaban los valores primordiales -piedad, compasión, humildad, caridad, solidaridad- y le sobraban síntomas de vacuidad: hedonismo, banalidad, automatismo ciego. Por eso no era optimista. Habiendo vivido un siglo de guerras no podía serlo. Y sin embargo, el hecho misterioso es que murió con una sonrisa en los labios.

Quizá su contento postrero correspondía a la psicología del sobreviviente. Pero su serenidad era más profunda y amplia y se resumía en unas cuantas fórmulas muy sencillas. La historia no tiene un guión, el guión lo hacen los hombres día a día, es su riesgo y responsabilidad. La humanidad no es redimible, pero es mejorable. No desterrará nunca el dolor, el hambre, la enfermedad, la miseria pero si se lo propone puede aliviarnos. No conciliará al león y al cordero, pero puede negociar la paz entre ellos. El siglo XX había sido el más cruel en términos absolutos y relativos de la historia humana, pero era un siglo que se había liberado del poder opresor del Estado nazi, que había combatido a sus demonios internos y corregido el rumbo hacia los valores originales de la Revolución Francesa. Mala cosa es llegar a viejo sin llegar a sabio, decía el bufón del Rey Lear. Aquel hombre llegó a viejo y a sabio. Su siglo, en alguna medida, llegaría también.

En términos de madurez política, ningún prodigio igualaría a lo que sucedió en 1989 en el bloque socialista. Churchill y Roosevelt habían encabezado la liberación de Occidente con una dosis casi sobrehumana de valor e inteligencia, pero Gorbachov necesitó eso y más para liberar a las naciones ocupadas desde los acuerdos de Yalta y para liberar al imperio soviético de sí mismo. Churchill y Roosevelt eran, ante todo, los líderes de una guerra contra el enemigo externo, pero el enemigo de Gorbachov era una medusa interna de mil cabezas: la burocracia estatal, la burocracia partidaria, el ejército, todos sostenidos por una gigantesca mentira impuesta por el terror: la mentira del marxismo. Mentira como profecía, mentira como ciencia, mentira como teoría social, mentira como doctrina moral. Contra la mentira moral, Gorbachov propició la apertura o Glasnost. Contra la mentira económica echó a andar la Perestroika. Contra la mentira política, propició una escritura honesta de la historia. Ante todo, había que encarar la verdad: la Unión Soviética no era la tierra del porvenir, era -y sigue siendo- el trágico escenario de un pueblo admirable al cual una camarilla fanática y cruel le robó el siglo XX.

Este proceso de convergencia hacia los logros y valores de Occidente se desarrolla primordialmente en el norte del globo. Sin caer en un rígido determinismo geopolítico, el panorama en el sur -hogar principal del llamado Tercer Mundo- es muy distinto. ¿Cuál ha sido su balance en el siglo XX? Terrible, sin duda, si se piensa en el continente africano, desgarrado por la violencia tribal y las periódicas hambrunas. Ahora mismo, el éxodo mortal de Ruanda parece la derrota de la esperanza, pero igual que en Bosnia, Occidente parece dispuesto a asumir una responsabilidad ineludible. No lejos de ese infierno, en Sudáfrica, se han dado pasos que hace unos años parecían impensables. El secreto ha estado, de nueva cuenta, en el liderazgo liberador. Mandela es el héroe de la película pero a De Klerk y la minoría blanca les cabe el mérito de haber propiciado la transición democrática cediendo de manera digna, oportuna e imaginativa, un poder cuyo ejercicio era ilegítimo e insostenible.

El balance es negativo y preocupante, también, en el Medio Oriente. No hace mucho fue una zona de esperanza por la acción valerosa de líderes liberadores como Anuar Sadat y Yitzhak Rabin. Hoy la región parece dominada por odios teológicos que recuerdan las cruzadas de la Edad Media. Del choque entre el fundamentalismo árabe y el judío, puede brotar un desenlace aterrador para el siglo XXI. Por fortuna, en ambos mundos hay amplios sectores que buscan la paz y la tolerancia.

Si se recuerda el mapa de la pobreza en 1900 y se le compara con el actual, el dictamen comienza a matizarse. ¿Dónde estaban los tigres de Asia ya no digamos en 1900, sino en 1960? Exceptuando a Japón, en niveles penosos de desarrollo, comparables o inferiores a los latinoamericanos. Ahora son el paradigma del progreso material. Sus sistemas políticos, es verdad, están lejos de ser ejemplares. Pero así como el contacto con Occidente ha afectado, por desgracia, sus identidades culturales, así también puede contribuir a modificar para bien sus usos políticos. En el Asia Central, varios países están a la deriva: Bangladesh, Pakistán, Afganistán, Sri Lanka. La India -más un continente que un país- muestra grandes tensiones políticas y sociales en medio de notables avances económicos. La gran incógnita de la región, desde luego, es China. El tiempo chino se mide en milenios, algunos de abundancia imperial, otros de decadencia. ¿En dónde se encuentra la China actual? Crece y se moderniza de manera acelerada, pero sigue volcada sobre sí misma, ha abandonado los sangrientos rigores del maoísmo pero su sistema político es impermeable a la libertad y la crítica. ¿Cuál será la cara de China en el siglo XXI? ¿Cooperación o guerra? Los futurólogos no tienen respuestas claras. Tal vez habrá que buscar la clave en el I Ching.

Tampoco el saldo político de estos 100 años es enteramente malo si se revisa con la suficiente perspectiva la historia de América Latina. Asiento de antiguas civilizaciones indígenas; rama política, religiosa y moral del tronco ibérico; invitado ávido, impaciente y un tanto tardío al banquete de la cultura occidental; naufragio de naciones a las que su libertador -Simón Bolívar- terminó por considerar ingobernables; tierra de caciques y caudillos, de redentores y demagogos; patria colectiva del machete y el cuchillo, teatro permanente de rebeliones, revueltas y revoluciones, botín neocolonial, América Latina ha entroncado mal con la modernidad occidental. Menos mal, se dirá, que el África tribal o el mundo islámico, pero mal de cualquier forma.

Y sin embrago, también en América Latina el siglo XX terminará, previsiblemente, con saldos positivos. Los cuatro paradigmas que dominaron su historia contemporánea -el militarismo, el populismo, las variantes del mesianismo revolucionario y la economía estatistas y cerradas- no han desaparecido del escenario pero están en franca decadencia. El militarismo, como una opción al gobierno civil y democrático, se derrotó a sí mismo en varios países, notablemente Argentina, Brasil, Uruguay, Chile. El populismo sigue pregonando sus fáciles recetas de felicidad instantánea, pero los pueblos no caen en la trampa: votan con la cabeza y la memoria, no con las vísceras o el corazón. El romanticismo revolucionario de corte marxista, que enamoró y sacrificó a varias generaciones de latinoamericanos -sobre todo Nicaragua y El Salvador- ha perdido su aura en la mayoría de los países pero ha reaparecido bajo una nueva máscara en la sierra del sureste mexicano. En cuanto al ideal de una economía controlada y cerrada, no se practica integralmente ni siquiera en Cuba, esa isla paradigmática del atraso latinoamericano donde los fantasmas del pasado siguen vigentes: uniformes verde olivo, culto a la personalidad del último bolchevique, discursos interminables del caudillo que suple con desinformación y mentira la falta de pan y libertad.

En 1950 sólo cuatro de las naciones de Latinoamérica parecían a salvo de caer en una dictadura militar. Ahora casi todas gozan de un régimen democrático. Se dice fácil, pero se trata de un hecho sin precedentes en la atribulada historia de nuestros países, un avance frente al cual el libertador Simón Bolívar hubiese reconsiderado su veredicto: finalmente, habría dicho a 150 años de distancia, "no he arado en el mar". Quienes sostenían la incapacidad de la cultura ibérica para la democracia y su innata propensión a la dictadura, han tenido que revisar sus prejuicios. La cultura iberoamericana no obstruye la modernización política y contiene en cambio una matriz de valores éticos -calor y convivialidad humanas- que constituyen una vacuna espléndida contra las enfermedades morales del Occidente desarrollado.

Por lo demás, es obvio que la democracia no es la solución mágica a los inmensos problemas de la región, pero es la única plataforma legítima para comenzar a enfrentarlos. Por eso preocupa tanto el caso de México, país de gran importancia geopolítica que atraviesa por una severa crisis económica y social, sin haber resuelto todavía su transición a la democracia. El siglo XX presagiaba una mejor posición histórica para México. Por casi medio siglo, el sistema político mexicano dio estabilidad, orden social y un continuo crecimiento económico al país. México fue un santuario de paz. La ilusión de haber encontrado un sistema original y único en el planeta, a salvo de guerras y guerrillas, la compartían mexicanos y extranjeros. Se hablaba del "milagro mexicano".

El sistema funcionaba como una gran empresa cuyos accionistas provenían de la llamada "familia revolucionaria". Estos delegaban el poder en un presidente investido por seis años de una autoridad absoluta, un monarca intocable e impune con derecho a nombrar sucesor y cuyo único límite era la no reelección. Para legitimar su poder, el presidente contaba con la maquinaria electoral del PRI, la más refinada tecnología del fraude político inventada por el hombre. Es importante subrayar que, con todo su cinismo y su corrupción congénitas, el sistema sirvió de verdad al país y respetó, en lo fundamental, las libertades cívicas de los mexicanos. Todas menos una: la auténtica libertad de escoger a los gobernantes.

Pero el sistema fue víctima de su propio éxito. Fue como una incubadora, viable por un tiempo, pero no todo el tiempo. Se creyó eterno, pero no lo era. Estaba diseñado para una población mucho menor (México en 1950 tenía 25 millones de habitantes, hoy tiene cerca de 100). Era un experimento de paternalismo social, economía protegida y monopolio político, insostenible en un mundo que se abría a la competencia y la comunicación. La salida estaba en la modernización económica y la democracia. La primera se inició tarde, cuando por obra de dos desastrosos regímenes populistas, el país llegó a una situación de quiebra. Pero la segunda, contra todas las reglas de la prudencia y la razón, se ha postergado. Esa postergación, que terminó por desvirtuar la modernización económica, es el origen principal de nuestra crisis.

La democracia llegará finalmente, porque sin ella cualquier reconstrucción económica se finca sobre cimientos de arena. Llegará, porque México no es una isla en la historia. Llegará, eso es inevitable, pero la gran pregunta que nos hacemos los mexicanos de hoy es: ¿llegará a tiempo, de manera pacífica, como un acto de convergencia entre los ciudadanos y el gobierno? ¿O llegará por la fuerza, después de que el país sufra una mayor penuria? Los ciudadanos, cada vez más responsables y más críticos -cada vez más modernos- están haciendo su parte. Pero hace falta que el Estado, actuando por encima de los partidos, haga la suya y de un salto cualitativo hacia la democracia.

¿Por qué se ha temido darlo? Si el último cuarto del siglo XX encierra una lección fundamental, es la necesidad de transitar del autoritarismo a la democracia y la posibilidad de hacerlo por vías pacíficas. De España a Sudáfrica, del cono sur latinoamericano hasta los países de la antigua órbita soviética, la moraleja es clara: los líderes del siglo XX no son los dictadores militares, los demagogos populistas, los fanáticos revolucionarios, los rígidos tecnócratas. Los líderes del siglo XX son los liberadores, los que encabezan la lucha contra una dominación indebida o los que desatan las potencialidades creativas de sus pueblos. Nuestro país reclama de su gobierno, en esta hora, nada menos que un liderazgo liberador.

Algunos creen que la transición llegará como un gran advenimiento, como un acto de la Providencia, en el año 2000. Otros predicen para esa fecha un golpe de Estado militar, el desmembramiento del país o su pérdida total. Una vez más, "el fin del milenio" convoca temores y esperanzas, igualmente irracionales. ¿Por qué esperar hasta entonces para refutar a los profetas de la redención o el Apocalipsis? ¿Por qué no tomar la historia en nuestras manos? Para el Estado mexicano, es hora de imitar al siglo XX, que si bien termina su curso plagado de problemas se ha liberado de ideologías mentirosas e ilusorias, de sistemas opresivos. Es hora de alcanzar al siglo XX, de combatir sus demonios internos, de corregir el rumbo. Tenemos el tiempo contado pero todavía contamos con tiempo. Que no se diga de nosotros lo que el bufón al Rey Lear. Si hemos de llegar a viejos, procuremos llegar con un atisbo siquiera de sabiduría.

Discurso inaugural, State of the World Forum, Guanajuato, 21 de noviembre de 1996.

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