Enrique Krauze: «La estatura histórica de María Corina Machado es similar a la de Bolívar»
Enrique Krauze (Ciudad de México, 1947) es una de las figuras intelectuales más relevantes de América Latina. Historiador, ensayista y editor mexicano, ha escrito una veintena de libros, centrados sobre todo en la disección del poder, entre ellos México: biografía del poder, Redentores o El poder y el delirio. En 1999 fundó Letras Libres, revista mensual de literatura y pensamiento, heredera de Vuelta, la publicación del poeta y premio Nobel Octavio Paz, de quien Krauze fue discípulo, amigo y cómplice en la batalla por la defensa de la libertad. Letras Libres se convirtió rápidamente en una referencia de la cultura y el ensayo en México. Al cabo de dos años, en 2001, Krauze tuvo la osadía de sacar una edición en España con una vocación: comunicar las dos orillas, en un diálogo constante y comprometido con la defensa de la crítica, la democracia y el pensamiento libre.
Hoy la edición española de Letras Libres, dirigida sucesivamente por Ricardo Cayuela, Julio Trujillo, Ramón González Férriz y, desde 2014, por Daniel Gascón, cumple 25 años. Su fundador ha venido a Madrid a celebrarlo y nosotros lo hemos aprovechado, porque escuchar a Enrique Krauze es un privilegio.
Maite Rico (P). ¿Qué balance puede hacer de estos 25 años de Letras Libres, en el caso español, y 27 en el caso mexicano?
Enrique Krauze (R). Cuando Letras Libres nació en México, mi hijo León, muy joven entonces, me dijo: la revista está muy bien, pero va a tener un sitio de internet. Y yo literalmente no sabía qué era eso. Fue la mejor decisión, porque nacimos en los albores de esta nueva era. Esto nos permitió llegar desde hace tiempo a todos los lugares en donde se habla el español y donde hay un interés por la libertad y por la literatura. El segundo paso fue cumplir un viejo sueño de Octavio Paz, que era publicar la revista Vuelta en Sudamérica o España. En esa época era difícil, porque estábamos en la prehistoria editorial, había que exportar por avión los negativos. Con Letras Libres nos aventuramos a poner esta pequeña pica en Flandes. Bueno, no me corresponde hacer el balance. Lo único que sé es que mes a mes hemos salido durante 25 años, hemos incorporado unas 4.000 firmas, hemos ido conquistando un lugar modesto pero real en la vida cultural de España y desde aquí hemos irradiado hacia América Latina. La edición mexicana y la española coinciden en la portada en tres o cuatro números al año; cuando la prioridad política o cultural lo pide, entonces la portada y el dosier son exclusivamente españoles o mexicanos. Pero compartimos los temas internacionales y de interés global. La sinergia ha sido virtuosa.
P. Una aventura intelectual de este calibre, y además en abierto, es difícil que resulte rentable sin patrocinios.
R. Por un lado, tenemos el apoyo de empresarios españoles y mexicanos. Pero en cantidad pequeña. Yo he peregrinado de puerta en puerta con mi portafolio (risas). Mi divisa es pedirles un poco a muchos. Y además están los suscriptores, los anunciantes y las ventas directas. ¿Pensar en cobrar o en otros modelos para el futuro? Tal vez, en los próximos 25 años. Somos una empresa muy pequeña, y una empresa pequeña tiene su lógica y no siempre tiene la vocación de crecer exponencialmente. Eso sí, siempre pagamos las colaboraciones, esto no es una beneficencia. Es una enseñanza de las muchas que recibí de Octavio Paz. Vuelta nació en un medio cultural, en México, en donde no se acostumbraba a pagar o se pagaba poquísimo, y se robaban textos de cualquier lugar del mundo y se traducían. Nosotros pagábamos las colaboraciones y la compra de derechos.
P. El respeto al trabajo…
R. …ajeno es la paz.
P. Estamos hablando de un cuarto de siglo. ¿Cómo han cambiado la sociedad y la política mexicanas en este milenio?
R. Creo que tuvimos el fin de milenio más luminoso, promisorio, esperanzador y engañoso imaginable. No solo en México, también en buena parte del mundo. Creímos que habíamos llegado finalmente al puerto de la libertad, que las guerras serían residuales, que existía un progreso moral y un progreso político. Y todo dirigido hacia la democracia y la libertad. México estaba abriendo la etapa, prácticamente inédita en su historia, de ser una república democrática federal, con elecciones libres y con plena libertad de pensamiento. Y además con una transición pacífica y ordenada a partir del PRI [Partido Revolucionario Institucional, formación en el poder durante 70 años, entre 1929 y 1999]. Era como un sueño. Y no nos dábamos cuenta de que era un sueño. Y lo mismo ha pasado en todas partes. ¿Qué ocurrió? Ocurrió el 11 de septiembre de 2001. El siglo XXI despertó con las Torres Gemelas. Y fíjate qué cosa curiosa: cinco días antes, el 6 de septiembre, habíamos entregado a la imprenta el primer número de Letras Libres de España. La portada es un cubo de Rubik con el título «Los fanatismos de la identidad», hablando justamente de que algo podía pasar. Cuando ese primer número sale a la venta, en octubre, el mundo ya es distinto.
P. La semilla de lo que vendría después.
R. Pero tú me preguntaste por México y te resumo simplemente que durante 18 años nos empeñamos en construir un país moderno, con los rasgos de un país democrático: división de poderes, libertad de expresión y órganos de regulación y de transparencia. No un país perfecto, desde luego, pero mucho mejor que el país políticamente rígido y secuestrado por el PRI. Pero ocurrió que los triunfos democráticos, sobre todo cuando no se tiene una tradición democrática profunda y larga, son frágiles. Y en México, como en muchas partes del mundo, apareció el populismo y el populismo está ligado a un líder, y el líder fue Andrés Manuel López Obrador. Con López Obrador, puedo decirlo con toda claridad, desde sus dos intentos de llegar a la presidencia y desde luego, una vez en el poder, comenzó la destrucción sistemática del orden republicano y democrático en México. Esa destrucción sistemática continúa.
P. Es interesante porque ese despertar luminoso en México lo había vivido España 20 años antes, con la Transición. Y también dábamos todo por sentado. Y resulta que ahora hemos descubierto, yo diría que desde Rodríguez Zapatero, pero sobre todo con el mandato de Pedro Sánchez, que la democracia no está garantizada. No deja de haber cierto paralelismo entre ambos países, en ese proceso de erosión de nuestras democracias.
R. Acompañaré esto que dices, tan interesante, con un apuntamiento de historiador: ni España, ni México, países hermanos y que fueron un tronco común, estaban predestinados para la democracia, como sí cabe decir que lo estuvo, por ejemplo, Estados Unidos a partir de Inglaterra. Aquí en España y en los virreinatos de América, hubo tres siglos de tradición de monarquía absoluta, de una sola religión. Y luego, como producto de las guerras de independencia en América Latina, la aparición de los caudillos, y aquí también un caudillaje. Entonces tienes el tipo ideal weberiano del caudillo, por un lado, y luego el edificio tradicional monárquico. Ninguna de las dos formas de legitimidad son propiamente democráticas. Pero, al mismo tiempo, ¿dónde se inventó el sustantivo liberal? En España. Y la tradición liberal existe por dos siglos y se encarnó en toda América desde las primeras décadas del siglo XIX. El liberalismo, naturalmente relacionado con la democracia, con el orden republicano de división de poderes, fue arraigando. No tenemos 250 años de continuidad republicana como Estados Unidos, pero siempre hemos tenido unas minorías inteligentes, activas, patrióticas, luchando por este ideal. Bueno, creímos que definitivamente había triunfado a finales del siglo, tanto en España como en México, y en otros países. No triunfó. Pero, ¿por qué sorprendernos?
P. ¿Qué factores han hecho posible ese retroceso en el caso mexicano? ¿Qué ha fallado? ¿Los partidos, las élites? ¿Los intelectuales, que dieron en buena parte un apoyo muy sólido a López Obrador? ¿O la propia sociedad mexicana, que no renuncia al caudillismo?
R. Muchos factores, pero yo diría que, en primer lugar, hay una falta de madurez democrática en los partidos, en la sociedad, en el empresariado… El 99% de los intelectuales se enamoró de la figura de López Obrador, así como se habían enamorado años antes de la figura del subcomandante Marcos, líder de la guerrilla zapatista.
P. Los intelectuales, tan aficionados al lado oscuro de la historia. Cuando piensas en el apoyo que han dado a las dictaduras comunistas, ¡hasta Pol Pot! Y esa fascinación perpetua con los mesianismos.
R. Sí, es una especie… Hegel hablaba de las almas bellas. En general, los intelectuales suelen estar enamorados de su belleza moral y no juzgan las cosas y los procesos históricos por las consecuencias de los actos, sino por la belleza de las convicciones. En eso soy muy weberiano. No se trata de juzgar la realidad por cómo me siento frente a ella, sino por cuál es la actitud responsable frente a lo que estoy viendo y qué puede pasar. Pocos, algunos, vimos en López Obrador la aparición no sólo de un caudillo, sino de un caudillo mesiánico.
P. Tengo que mencionar aquí un artículo suyo publicado en Letras Libres en 2006: «El mesías tropical». Fue en vísperas de las primeras elecciones que perdió López Obrador, porque no llegó a la presidencia hasta 2018. Por cierto que usted tiene fama de formidable polemista, y artículos suyos han dado pie a interesantísimos debates. Este en concreto hacía una descripción perfecta del personaje de López Obrador, sus aspiraciones mesiánicas, redentoristas, ese creerse el guía moral que va a salvar al pueblo. Y pese a que la etiqueta fue un hallazgo, y tuvo éxito, las advertencias no fueron escuchadas.
R. ¡Ni siquiera en 2018, cuando en la tercera oportunidad ganó! Yo no tuve la menor duda, después de verlo un par de veces, que ahí había el germen de un tipo de liderazgo completamente nuevo en México. Porque este no es cualquier tipo de caudillismo.
R. A pesar de venir del PRI, del sector más esclerótico del PRI.
P. Es que el PRI es una estructura. Una estructura institucional corruptísima, pero una estructura. Aquí estamos hablando de un tipo de liderazgo distinto, que se sale de la estructura y la dinamita para privilegiar el liderazgo de un hombre que, como puse en un libro, exclama y reclama para sí esta frase: «El pueblo soy yo». Esta unión casi mística entre un sector de la gente y el líder es uno de los rasgos específicos del populismo, y me parecía clarísimo ahí, pero además con un elemento muy peligroso: es un líder que se comparaba con Jesucristo. Y pasó lo que siempre ocurre, lo que pasó mutatis mutandis en Alemania. Es decir, no es la primera vez que una sociedad que tiene una cultura política autoritaria intenta una transición hacia una vida parlamentaria, pero no se le da suficiente tiempo, ni tiene los suficientes anclajes en la economía, en la sociedad, en la cultura misma. Y aparece el caudillo, el líder mesiánico que va a redimir. Ocurrió en el siglo XX. Los pueblos no aprenden en cabeza ajena. Y no sabemos qué nos deparará todavía la historia de los aprendizajes de España y de México y de América Latina. Estuve recientemente en Hungría y en Polonia, de donde proviene mi familia. Para mí esos países están vacunados, y lo han demostrado al remover dos gobiernos populistas. ¿Por qué están vacunados? Porque sufrieron en carne propia, durante muchas generaciones, el nazismo y el comunismo. Y son experiencias recientes. Ninguna vacuna es eterna, pero a ellos les va a durar. ¿Qué necesitamos nosotros para entender que poner todo el poder en manos de una persona es invariablemente el camino de la perdición y de la corrupción? No sé. Espero que no sean necesarias dosis masivas de vacuna, porque esta vacuna no se adquiere en las farmacias: es el resultado de decenas de años de sufrimiento.
P. En América Latina estamos viendo que no solo la izquierda, sino que también los reductos liberales y la derecha tradicional se están viendo desplazados por el populismo. ¿Cómo ve el futuro del continente?
R. No soy pesimista. Volvemos al tema de la vacuna. Muchos de estos países sufrieron dictaduras, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay, Perú, siguen teniendo alternancias democráticas, elecciones… En unos más y otros menos, hay poder judicial, y hay libertades. Lo primero que digo es que no hay que ver la región como un conjunto. Y si hacemos el recuento país por país, la alternancia nos dice que se sostiene el proceso democrático. Para alimentar nuestro frágil optimismo, ahí está el caso de María Corina Machado. La bienvenida que le han dado los venezolanos es un voto gigantesco, multitudinario, por esta mujer, cuya estatura histórica para mí es similar a la de Bolívar. Yo creo que ella va a lograr ese milagro de devolver a Venezuela a un redil democrático. Las grandes incógnitas están en México, porque el orden democrático está, voy a ser piadoso, muy lastimado.
P. Claudia Sheinbaum parece seguir los dictados de su padrino, López Obrador. No sigue la tradición mexicana de que el presidente en ejercicio se desmarcaba de su antecesor y seguía un camino propio.
R. Ha habido un distanciamiento claro en el tema importantísimo de la seguridad interna. Con ella ya no opera el famoso y terrible dicho de «abrazos, no balazos» [con los carteles del narcotráfico]. Ella ha puesto en marcha una política de seguridad que está siendo efectiva, esto es indudable. Pero por otro lado, completó la destrucción del Poder Judicial y ha seguido arrojando dinero a proyectos que no solamente son faraónicos, sino absolutamente irracionales. La hemorragia económica de México, de la mala política económica, sigue. La situación es de pronóstico reservado y los partidos políticos de oposición están muy debilitados. De nuevo: nuestra débil tradición democrática nos está cobrando la factura.
P. Volvamos a Letras libres, el aniversario se ha celebrado en Madrid como no podía ser de otra forma: con un encuentro en el que han participado historiadores, pensadores y políticos de España y México. La relación histórica entre ambos países ha vuelto a la palestra en los últimos años de una manera conflictiva, hablando de nuevo de López Obrador y de Claudia Sheinbaum, aunque sospecho que era más bien López Obrador el que impuso la exigencia de pedir perdón.
R. Sí, pero creo que los vínculos culturales entre España y México, entendiendo la cultura como esa matriz de valores éticos, estéticos, intelectuales, de toda índole, que hace una sociedad, son indestructibles. Es evidente en el idioma, en la gastronomía, en la religión, en las costumbres, en la arquitectura… Decía Hugh Thomas que quien solo conoce España, no conoce España. Quien quiera que vaya a los países latinoamericanos, a México en particular, encontrará a la otra España, o la misma España. Y creo que ese profundo lazo cultural es permanente. Lo mismo ocurre, por cierto, con los vínculos económicos. No se ha estudiado mucho, pero la relación de empresas españolas y mexicanas, aun con sus momentos difíciles, siempre ha estado allí y va a seguir. Estructuralmente, es una relación fraternal y sana. La política utiliza la historia, y utiliza todo, para sus propios fines. Por eso conviene tener una gota anarquista en la sangre.
P. En general los historiadores serios de España y de México tienen coincidencias fundamentales, alejadas de la interpretación simplista «de españoles genocidas» o «españoles salvadores».
R. Eso es lo importante. La política es como un viento que mece los árboles…
P. … y utiliza la historia como arma de guerra.
R. …Utiliza la historia y es un viento que viene y que va. Lo que queda es la cultura y la economía y la relación de pueblo a pueblo y de persona a persona. Dejemos la historia con los historiadores y, como has dicho muy bien, desde hace muchas generaciones, los historiadores mexicanos y los historiadores españoles tienen muchas más convergencias que divergencias. Yo critico fuertemente la ideologización de la historia y el uso político de la historia. En este caso en particular, hay un fanatismo indigenista, que es el que enarbola el Gobierno de México actual, que dice que aquello era una arcadia y vinieron los genocidas y nos destruyeron. ¿En qué idioma se está diciendo eso? En español. ¿Quiénes son las personas que están diciendo esto? Probablemente hijos de gente que vino a México hace dos generaciones o una.
P. Y que sospecho que ahora están buscando la nacionalidad española con la ‘ley de nietos’…
R. Seguramente. Hay una gigantesca hipocresía, además de una ignorancia oceánica. Pero el otro extremo también es malo y lo he escuchado. Es el hispanismo fanático.
P. Está creciendo, como reacción.
R. Y dicen que aquello era una región de antropófagos, que eran unos salvajes que lo único que hacían era la guerra y comerse unos a otros, sin ninguna civilización. Perdón: era una gran civilización, sin contacto alguno, una especie de isla en la historia. Desarrolló una arquitectura extraordinaria, un enorme refinamiento en las artes, en la educación; también en la guerra, sí. Es decir, era una civilización, todavía misteriosa para nosotros, pero lo era. ¿Se destruyó? Sí, en parte. ¿Fue una experiencia traumática? Por supuesto, como todas las conquistas. Pero en esa conquista, los conquistadores resultaron conquistados. No solamente por las supuestas conquistadas, por las mujeres, por el amor, sino por la cultura. Y ahí nació el mestizaje mexicano, con los dos vectores, no uno solo. No es solamente que llegaron los españoles a civilizar a estos salvajes. No fue así. Llegaron los españoles, pero encontraron una civilización y esa es la riqueza que hemos heredado, de la que hay mil ejemplos. El más sencillo es, claro, la cocina o la onomástica.
P. Los indigenistas eliminan los tres siglos del periodo novohispano, una amputación de una parte riquísima de la historia mexicana.
R. Y el fanatismo hispanista tiende a creer que no existió nada allí antes de 1521, y que llegó la figura mesiánica de Hernán Cortés. Yo tengo respeto por Cortés, y pienso en él como Julio César. Lo que quiero decir es que mienten unos y mienten otros. Te voy a decir quiénes tienen la verdad o se han ido acercando la verdad: generaciones de historiadores mexicanos y españoles, Silvio Zavala, Edmundo O’Gorman, Luis González, Ramón Iglesia, José Miranda… Nombres que me emociona pronunciar, porque son para mí sagrados. Son los historiadores españoles y mexicanos que a mediados del siglo XX construyeron la historiografía mexicana que busca la verdad histórica a partir de los hechos, de los documentos y que sigue una tradición muy antigua, que se remonta a siglos anteriores. Es a los historiadores a los que hay que atender. Los políticos que usan la historia o los historiadores politizados, que la usan también para aspirar a no sé qué gloria efímera, no merecen mis respetos.
P. La lástima es que esta ecuanimidad de los historiadores no ha llegado a los libros de texto de la educación básica.
R. ¿Así pasa en España?
P. En España lo que hay más bien es ignorancia y desinterés.
R. Yo eso es lo que creo.
P. Hemos vivido de espaldas a nuestra historia común con América. Pero en México sí ha permeado en las escuelas la visión victimista y las nuevas generaciones que crecen ya con la idea de la agresión.
R. Estoy de acuerdo que esto existe, pero siempre he pensado que el antihispanismo mexicano es muy marginal y hay que localizarlo en ciertas élites políticas de izquierda. Te lo voy a poner de este modo: México celebró que España ganara el Mundial. Los mexicanos no tienen odios atávicos. Es muy importante este punto. En el fondo, la magia de México, que por otro lado es un país con tantos problemas y tanto sufrimiento, es la capacidad de incorporar, de mezclar todo. Quien conoce México se da cuenta de que eso es un hecho. Se van a Estados Unidos y toman lo que deben tomar, pero sigue la familia y sigue la religión y sigue la comida. El mexicano incorpora. Es inclusivo. Yo siempre he considerado esto y me critican mucho. En México tenemos un problema de clasismo, indudablemente, y problemas de desigualdad, de pobreza. Todo esto es cierto. Pero no hay odios étnicos ni religiosos. ¿Cómo se apellida la presidenta de México? Sheinbaum, ¿verdad? Bueno, ella no lo reconoce, pero creo que es la segunda presidenta judía de la historia. Y la primera fue Golda Meir, de Israel. Esto habla bien del pueblo mexicano, que es naturalmente tolerante, de modo que, digan lo que digan los mediocrísimos libros de texto de México y aunque quiten el monumento a Colón y, ¡hazme el favor, el monumento a Bartolomé de las Casas, el mayor defensor de los indios!… lo quitaron y quién sabe dónde lo arrumbaron… pese a todo ello, digo, el mexicano es tolerante y abraza al español ahora, como lo ha abrazado siempre.
P. Para terminar, ¿cómo imagina la trayectoria de Letras Libres en los próximos 25 años? ¿Se plantean algo nuevo o seguirán dando las viejas batallas, en vista del panorama del que hemos estado hablando?
R. Veo para atrás y quiero creer que Octavio Paz diría: «Letras Libres no es Vuelta, Enrique, pero no está mal». Ha seguido publicando poesía, dándole su lugar. Cuentos, ensayos. Ficción. Seguimos teniendo crítica de libros y la sección Letrillas, que inventó Octavio Paz en Plural, primero, y luego en Vuelta, con un enfoque, siendo yo historiador y ensayista, más de historia y de ensayo que de ficción. Y por otro lado, la defensa de la libertad y la democracia. Cuando Octavio Paz murió, me di cuenta de que no podía seguir con la revista Vuelta, aunque la compramos con ese nombre, y le pusimos Letras Libres, que era el nombre de una pequeña asociación que habíamos formado con él. ¿Qué tiene que hacer en el futuro? Seguir. Quiero creer que la literatura y la libertad son valores eternos. Seguiremos allí, pero abiertos a este mundo y a este siglo de perplejidades. Con un espíritu combativo y polémico, pero sin oscuridad pesimista, porque mira Hungría, mira la lucha de Zelenski. Mira a María Corina. ¿De veras tenemos derecho a deprimirnos? No, no tenemos ese derecho.
Publicada en The Objective el 3 de noviembre de 2026.