El concilio de Nexos

A raíz del escándalo público alrededor del Coloquio de Invierno, un amigo me preguntó ¿qué sientes: enojo, tristeza, confusión, extrañeza? Amenazaba con seguir el catálogo de probables sentimientos, cuando lo atajé para hacer un examen de conciencia frente a él, una suerte de introspección que no tengo empacho en compartir con los más íntimos confidentes de un escritor: los lectores.

Mi sentimiento predominante y casi único ha sido la decepción. Mi empeño personal al realizar el Encuentro Vuelta en septiembre de 1990, fue traer a México a los exponentes más representativos del cambio en nuestros días, traerlos para que frente a las cámaras, los micrófonos, la radio, la televisión, los diarios y revistas expusieran su experiencia de primera mano. Quise, además, que compartieran y debatieran sus ideas y convicciones con un grupo selecto de intelectuales mexicanos. Desde un principio propuse que la izquierda tuviese la más amplia cabida en el Encuentro. No iba a ser un conciliábulo de voces unánimes o apapachos mutuos, sino un foro abierto a la discusión y la discrepancia. De allí que la revista Nexos estuviese representada por ocho intelectuales destacados, exactamente los mismos de Vuelta.

Este empeño se plasmó en 11 mesas redondas que el público pudo ver por televisión y ahora adquirir en la colección de libros La experiencia de la libertad (perdón por el comercial) en "librerías y tiendas de autoservicio''. En ambos medios, el visual y el escrito, el público puede apreciar los criterios de equilibrio y justicia que nos movieron en la integración de nuestras mesas. Nadie nos obligaba a invitar a los ocho participantes de Nexos y anexas; nadie, salvo un elemental sentido de la limpieza intelectual. Y algo más: el deseo auténtico de servir a la vida pública abriendo DE VERDAD el debate, es decir, abriéndolo a los auténticos adversarios. Estos hechos, sencillamente, no encontraron su contraparte en el Coloquio de Invierno. Bajo cualquier criterio que se emplee, el fair play en la elección de invitados no fue, en modo alguno, la norma.

Es verdad que tres escritores pertenecientes al Consejo de Colaboración de Vuelta (Alejandro Rossi, Ramón Xirau y Julieta Campos) asisten al Coloquio. Su caso es explicable porque los tres son antiguos miembros de la Universidad a la que le deben lealtad y viejos amigos del director de CONACULTA a quien también deben lealtad. (Junto con ellos asiste también un desertor de Vuelta, hombre sin lealtades y sin hombría, Ruy Sánchez). Pero frente a esas tres invitaciones, ¿cómo olvidar la ausencia de Paz y Zaid? Este último no hubiese aceptado su norma es nunca acudir a actos públicos, pero una invitación oportuna era lo menos a lo que la nobleza obligaba. Se le ninguneó invitándolo tardíamente igual que a nuestro Premio Nobel. Es triste que para enfrentar a un puñado de escritores independientes y heterodoxos, los ortodoxos tengan que acudir al valeroso expediente de organizar un acto multitudinario en el que una centena de voces unánimes se aplaude entre sí y critica a... los que han sido excluidos y no tienen voz.

Esta cobardía evidente (nacida de la inseguridad de sus posiciones ideológicas y de la quiebra de sus esquemas doctrinarios) entristece más que su carencia de grandeza, de equidad, de nobleza. Así, solos, en su guarida universitaria, fingiendo discrepancias que no tienen, aplaudiendo las más añejas posiciones tercermundistas, alardeando valor ante un público cautivo, "sienten'' que analizan los "grandes cambios'' de nuestro tiempo, cambios que los propios textos de sus ponencias niegan, atenúan, relativizan o deploran. Quien lea con cuidado los ortodoxos textos del Coloquio Nexos, podrá comprobar que en lo sustancial no postulan los cambios sino la resistencia a los cambios. En efecto, su Coloquio es lo opuesto a "la experiencia de la libertad''.

Si iba a ser financiado con dinero estatal, la opinión pública mexicana merecía un debate abierto en el que las posiciones liberales y libertarias pudiesen contender con las posiciones criptopostmarxistas y populistoides. Lo sano, lo digno, lo útil hubiese sido que se escuchasen voces divergentes que pusiesen en tela de juicio los anacrónicos desplantes nacionalistas (sobre todo en tiempos que exigen las actitudes contrarias: espíritu de apertura, disposición a la competencia, arrojo frente a lo que la propia retórica del régimen llama "los retos de la modernidad''). Ninguna voz disidente, verdaderamente heterodoxa, se ha escuchado ni se escuchará en el Coloquio. Por eso, en una entrevista incidental que concedí a La Jornada, declaré que más que Coloquio se trataba de un Concilio.

Decepción, no indignación, me provocó en suma la organización equivocada del Coloquio, equivocada intelectual y moralmente. Decepción por nuestra pobre vida pública. En lo personal, mi exclusión no me provocó el menor pesar. La atribuyo a la herejía de algunos de mis textos, sobre todo aquel horrible ensayo cruz, cruz en el que Dios me ampare y perdone me atreví iluso de mí, insensato a criticar la persona, el personaje, las ideas y la literatura del "Guerrillero Dandy'': Carlos Fuentes.

Lo peor para los pontífices y lo mejor para mí es que con el paso de los años pienso que de ese ensayo... no quito una coma. En la mejor tradición ortodoxa, los concilios son actos colegiados de poder que excluyen lo heterodoxo, lo herético. Me regocija sentirme un poco excomulgado.

El Norte

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