Es casi la medianoche del 26 de noviembre. Frente a la plaza de Wenceslao, al pie del Museo Nacional que con iluminación parece una obra de orfebrería, una brigada de estudiantes detiene nuestro auto.
Creía en el martirio, por eso fue tan dolorosa su absurda muerte. Recuerdo su entusiasmo por el proceso de democratización en Filipinas y su mención explícita al sacrificio de Benigno Aquino.
Hace algunos años, Jean Meyer me relató una memorable conversación con Fidel Velázquez. El viejo líder había leído La Cristiada y quería sondear en Meyer a un posible biógrafo o a un cronista de la CTM.
No hace mucho tiempo, la prensa de México anunció la existencia de un programa del gobierno norteamericano para promover la democracia en el continente.
Una niña hace castillos de arena en la playa de su lugar natal, la Isla de Wright, situada al sur de la isla madre: Inglaterra. Lleva puesto un sombrero de tela floreada, inmenso y algo cómico, y sonríe feliz ante la cámara.
Mi desencuentro de lector con Carlos Fuentes ocurrió en 1971. Aunque en los años sesenta había admirado sus cuentos y novelas, luego de los asesinatos masivos de Tletelolco y el Jueves de Corpus, la fe estatista de Tiempo mexicano comenzó a desconcertarme.