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Nacionalismo sin patriotismo

En sus apuntes sobre nacionalismo, Orwell escribió: "el nacionalismo no debe confundirse con el patriotismo... Por patriotismo entiendo la devoción por un lugar o una particular forma de vida que para uno son los mejores del mundo, pero que no se pretende imponer a otras personas. El nacionalismo, en cambio, es inseparable del deseo de poder. El nacionalista piensa siempre en términos de victorias, derrotas, humillaciones".

Si, como creía Orwell, el patriotismo es una actitud histórica que corresponde a la esfera del amor, acaso su primera manifestación mexicana como un nuevo "nosotros", compartido por casi todos los grupos sociales y culturales, fue el guadalupanismo. A ese momento de creación siguió, con el paso de los siglos, un patriotismo popular que no se contrapuso al amor por la patria chica, el terruño o la "matria", como la ha llamado Luis González.

En el ámbito de la alta cultura humanística y laica, la construcción no fue menos sólida y continua: la prodigiosa obra intelectual de los jesuitas novohispanos, que desde el forzado destierro europeo reivindicaron la riqueza material, histórica y espiritual de su embrionaria nación; los libros de Alamán, Bustamante, José Fernando Ramírez, Payno; la revista El Renacimiento (1869) de Altamirano, cuya vocación fue reunir y reconciliar, en el ámbito de la literatura, a los bandos contrarios de la política nacional; la obra histórica y educativa de Justo Sierra (que propuso fundar la religión cívica de la patria), y, por supuesto, el momento solar de la obra vasconceliana, cuando México se sintió tan seguro de sí mismo que se reconoció en el espejo de todos sus pasados, no sólo los nativos (la poesía indígena, las ruinas de Teotihuacán, las capillas de los franciscanos, la artesanía popular, la vida de provincia), sino los europeos (la poesía del Siglo de Oro, la filosofía griega).

Si, como creía Orwell, el nacionalismo es una ideología que corresponde a la esfera del poder, su fortaleza original en México se explica como una reacción natural a los difíciles avatares de nuestra historia: la guerra contra Estados Unidos, las guerras de intervención, la entrada masiva del capital europeo y estadounidense desde las últimas décadas del siglo XIX. Frente a esas experiencias, la Revolución Mexicana (en particular la corriente de Carranza y, más tarde, el cardenismo) propuso una poderosa doctrina nacionalista que reivindicaba nuestros recursos naturales. En este sentido, la Expropiación Petrolera de 1938 puede verse como un momento de convergencia entre el patriotismo y el nacionalismo. Los beneficios de cohesión interna y afirmación nacional que se desprendieron de aquel acto (en un mundo que se encaminaba a una nueva guerra) eran más altos que los eventuales costos de la operación. Por eso los mexicanos de todas las clases acudieron al Palacio de Bellas Artes a entregar lo que tenían (joyas, pesetas, guajolotes) para pagar la deuda petrolera.

Pero la historia no se detiene, y ahora -por razones muy complejas y diversas que atañen a la naturaleza y desempeño del sector público en México, sobre todo en un marco de globalización- los costos económicos y sociales del nacionalismo gravitan en contra de la cohesión interna y la afirmación nacional. Un ejemplo entre muchos: a pesar de contar con vastos depósitos de gas natural para saciar su demanda interna y exportar, México importa 2,000 millones de dólares anuales de gas. La razón es clara: no hay capacidad económica -y, en parte, tampoco operativa- para explotarlos. Al hecho de hacer que se perpetúe esa absurda situación, los adalides ideológicos -que no dan ni escuchan razones- lo llaman "defensa de la soberanía nacional". Su nacionalismo es del género que condenaba Orwell: un mero instrumento de poder. Debidamente regulados mediante un moderno régimen fiscal que produciría resultados inmediatos, los inversionistas privados (mexicanos y extranjeros), que no serían dueños del suelo ni el subsuelo sino concesionarios, beneficiarían con sus inversiones, obras y tecnologías la economía del país. Pero nada se hace. En nombre del sacrosanto nacionalismo, el gas natural duerme en el subsuelo en espera de que la Divina Providencia lo explote. Mientras tanto, ¿quién paga esos 2,000 millones?

odos los países del mundo han abierto su sector energético. Todos menos México. ¿Quiere decir que México es el único país verdaderamente soberano del mundo? No. Quiere decir que nuestro nacionalismo se ha vuelto antipatriótico.

Reforma

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