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Notas sobre el Edén

Edén, vida imaginada, obra de Alejandro Rossi que esta semana fue galardonada con el Premio Villaurrutia, es y no es una autobiografía. A Rossi le habría horrorizado escribir unas memorias ortodoxas. A lo largo de su obra se encuentran varias referencias a la distinción esencial entre ficción y realidad: “la literatura es invención, hay que ocultar la biografía”, “la sinceridad es la más emponzoñada de las fuentes literarias”, “la realidad, al pasar por la literatura, se organiza y cambia”, y la más contundente: “todas los escritores vomitan su infancia. Es cosa del tiempo.”

A partir de esos axiomas, era imposible que Edén, vida imaginada comenzara, a la manera canónica, con una frase como “Nací en Florencia el 22 de septiembre de 1932”. El libro trata, por supuesto, de la infancia y la temprana adolescencia del autor, pero tiene un narrador que habla de “Alejandro”, “Alessandro”, “Alex” o “el Negro” Rossi, en tercera persona. Una autobiografía clásica no puede recrear ni inventar diálogos que no hayan sido verazmente registrados. Lleno de conversaciones imaginadas, el libro despliega una libertad de la que carece el género memorístico, incluso la libertad de dejar fuera largos tramos de su vida, episodios raros y a menudo extraordinarios que Rossi ha recreado en otras partes. Por lo demás, concluye en 1943, justo cuando ingresó al colegio de jesuitas, cuyos maestros –obsesivos e insidiosos en lo moral, incitadores y precisos en lo intelectual– ha evocado varias veces, en relatos memorables. No hay, en suma, fidelidad a las fuentes, ni cronologías amplias y precisas, ni exhaustividad en el tema. Menos aún búsqueda de conexiones causales o introspecciones explícitas: “la psicología –apunta Rossi– destruye a la ficción”.

Y sin embargo, Edén, vida imaginada es una autobiografía o, más bien, una novela autobiográfica, en la que Rossi narra la saga de su familia, compuesta de cuatro caracteres nítidamente perfilados: los padres, el florentino “Remo” y la caraqueña “Cheché”, y los dos hijos, Félix y Alejandro. Remo, hijo de una familia empresarial, era un bon vivant de oído perfecto y fino trato, que había sido corredor de coches junto con Enzo Ferrari. Cheché provenía de una estirpe de prosapia: por vía paterna, era nieta de Félix Guerrero, acaudalado dueño de varias compañías (cervecera, telefónica, eléctrica, tabacalera); por vía materna, descendía directamente del General José Antonio Páez, caudillo de la independencia, primer presidente de Venezuela. Los ambientes de Remo –refiere el narrador– eran “las carreras, los monoplanos, las mujeres bonitas y la nobleza”. A la hermosa Cheché, que alguna vez desechó una oferta de la Metro Goldwin Meyer, la describe de “rasgos clásicos y delicados y al mismo tiempo de un erotismo aventurero”. Se habían conocido en Suiza (donde ella estudiaba) y casado a fines de los veinte en Florencia. Con sus dos hijos, Félix (el práctico, que amaba las estadísticas) y Alex (el inquisitivo y soñador), la pareja vivía aristocráticamente entre Roma y Florencia, no en casas o apartamentos, sino en hoteles suntuosos, nada menos que el Imperiale de Roma y el Excelsior de Florencia. La historia transcurre en los exaltados tiempos de Mussolini. Remo, se sugiere, era suficientemente cercano al Ducce como para que éste apodara “il bimbo della Lupa” (el niño de la Loba) al pequeño Alex, y aun le regalara un “pony” al que llamaron “Carletto”.

​La guerra mundial perturbó la atmósfera lampedusiana de la familia Rossi, pero la decisión de dejar Italia y refugiarse en América ocurrió hasta 1942, con tiempo para que los chicos quedaran impregnados de su arte y anclados a su lengua, sobre todo en su variante florentina, dotada de una particular “gracia verbal”. Aunque en casa Cheché les hablaba en español, lengua con la que se “sentía en una suerte de comunidad mística”, el idioma público era el italiano. La mudanza definitiva supuso un cambio radical:

“Lentamente, de manera lateral –ha explicado Rossi en otro sitio– me fui colando al español. Siguió... un tránsito por Sevilla y, después, el viaje definitivo a Hispanoamérica, el que trae el asentamiento del idioma y el inicio de una extranjería permanente.”

La extranjería lingüística es un tema literario vasto y enigmático. ¿Cuándo enciende la creatividad y cuándo no? Nabokov y Conrad desistieron, en buena hora, de escribir en ruso y polaco para escribir en inglés. Perdido en las costas del inglés, hijo del yiddish (un dulce idioma asesinado por la barbarie nazi), Bashevis Singer tardó muchos años en encontrar lectores en otra lengua, hasta que Saul Bellow e Irving Howe tradujeron un cuento suyo que le abrió las puertas de la gloria, no de la felicidad. Pero frente a esos casos de éxito abundan los otros, cuando la extranjería deriva en un mar de confusión, ambigüedad o silencio. ¿Quién salva al náufrago? La literatura, esa “conversación de todos –dice Rossi- la que pulveriza, la que disuelve la extranjería”. Sin renunciar a uno u otro idioma, traductor inmanente de sí mismo, desde los tiempos más remotos Alejandro Rossi vivió –y vive aún, en sus giros, en su tono, en sus énfasis– en el punto de cruce entre las dos lenguas, acaso pensando, soñando y leyendo en ambas, pero escribiendo en español. En Edén, vida imaginada uno asiste a esa lenta trasmutación de las lenguas, al grado de que Rossi optó por incluir en el cuerpo del libro frases enteras en italiano, con su traducción en un apéndice final. Pero en su obra, el vaivén del italiano al español no es ya una tensión irresuelta sino una amalgama feliz, un modo natural de fertilizar un idioma con otro. No es casual que Rossi (y ¿quién no, a estas alturas?) sea devoto de Borges, pero creo que lo es también por una razón particular: Borges fecundó al idioma español desde el conocimiento pleno del alemán y el inglés, los idiomas que manejó gracias a la biblioteca del padre y a la errancia de la familia.

Del futuro escritor prefigurado en aquel niño sólo hay, en el libro, indicios leves, pero no es casual que quienes los adviertan sean los interlocutores que encuentra en su propia vida errante. Estos personajes dialogantes, conversadores de sobremesa, llenaron las horas de esos chicos más que sus compañeros de edad. Parientes variopintos, amigos de los padres, conocidos viejos o incidentales, exiliados, italianos, argentinos, uruguayos, caraqueños, comunistas, fascistas, frívolos, serios. Casi todos tienen un rasgo común: son preceptores. Algunos lo son de teología, política, literatura, música, poesía; otros, de habilidades deportivas, desde el montañismo y la equitación hasta el ping pong y la natación. Los preceptores caraqueños –como el tío José Antonio, izquierdista millonario que, no sin dificultad, les abre los ojos sobre la realidad del fascismo– son fijos, como faros familiares. Los otros cambian de modo incesante, son huéspedes de barcos trasatlánticos –esos hoteles sobre el agua–, comensales de impecables modales e historias inverosímiles. ¿Eran tan articulados como los evoca el autor? Quizá no, pero lo que importa aquí es la sutil educación filosófica y literaria que el narrador va hilvanando. Ésa es, mas allá de las peripecias, la verdadera autobiografía que construye Rossi. En cada puerto que recorren hasta llegar al “Edén” (hotel en la sierra de Córdova, Argentina, que da título al libro), los niños escuchan a esos preceptores y los interpelan en una esgrima intelectual cada vez más exigente, en la que Alex se perfila ya como un “interrogador persistente”, alerta a las personas ajenas, buen imitador, mejor memorista, “seductor y bromista, la espada de dos filos –dice el narrador, con un desparpajo de sinceridad narcisista, que se agradece– que lo acompañó toda su vida”.

Edén, vida imaginada es, si no me engaño, la arqueología literaria de Alejandro Rossi. Esos preceptores aparecerían treinta años después en muchos de sus relatos. Esas educadas conversaciones se reproducen después, filtradas por la imaginación. Esas mujeres incitantes son también el elenco anticipatorio del “eterno femenino” en la obra de Rossi. Apenas sugeridas, las escenas edípicas son perturbadoras; sigue una mítica institutriz yugoslava, luego la belleza venezolana de la que Alex se enamora al alimón con su padre, más tarde la esposa de un docto profesor (que uno imagina rubensiana) y que lo inicia sexualmente; finalmente Mitzi, la misteriosa protagonista de un romance que el niño atestigua, y que conduce a su propio descubrimiento del amor como vía de redención.

Un tema hispanoamericano que recorre secretamente el libro es el racismo. Cheché no puede atribuir el tono levemente moreno de la piel de su “negro” a su propio bisabuelo, el legendario dominicano que construyó la fortuna familiar. Prefiere calificarlo de “mediterráneo”. El estruendo de la guerra resuena de lejos en la novela, acompañado de un lento despertar en la conciencia política en dos chicos que, entusiasmados patrióticamente con la Italia fascista de su padre, tardan en advertir sus horrores. Es una conjetura, pero tal vez el escepticismo de Rossi frente a los sistemas ideológicos deba algo a su desencanto del hombre fuerte que veía cabalgar en algunas mañanas de Roma. No faltan en el libro pasajes de humor hilarante, el habitual racimo de adjetivos perfectos y las imágenes inusitadas: “El whiskey es una medicina disfrazada de bebida alcohólica”, “el del bandoneón se quedaba con la cabeza colgada como un perro estrangulado”, el pitcher Moncada era un “zurdo de seriedad hipnótica que levantaba la mano como si fuera un cáliz”.

He celebrado mucho el reconocimiento que se le ha otorgado a Alejandro Rossi por el valor de su libro y el de su obra toda. También por una razón, digamos, de moral pública: el premio representa una señal de alerta para que el lector de México contraste de una buena vez lo que Rossi llama “literatura de aeropuerto” (esa grafomanía cursi y vacua, tan de moda) con la verdadera literatura, la que nos han legado, por ejemplo, los autores de la generación de Rossi, nacidos en el pródigo quinquenio de 1929 a 1934: Eduardo Lizalde, Jorge Ibargüengoitia, Juan Vicente Melo, Inés Arredondo, Marco Antonio Montes de Oca, Sergio Pitol, Salvador Elizondo, Julieta Campos, Ulalume González de León, Juan García Ponce, Gabriel Zaid, José de la Colina, entre otros. En la medida en que han practicado una literatura exigente, original y crítica, todos ellos habitan el Edén de la literatura mexicana.

Reforma

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25 febrero 2007