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La página del Congreso

Los caminos de la democracia son en verdad inescrutables. Cuando se creía que el acto culminante de la peregrinación zapatista sería el arribo multitudinario al Zócalo, la fuerza de la modernidad democrática los llevó más lejos y más cerca, no a la fiesta de cohetería, mucho menos al reinicio de la fiesta de las balas, sino a una tribuna republicana. El acto en San Lázaro fue un homenaje a la lucha zapatista pero también y sobre todo a la majestad del Congreso, una majestad casi ausente en la historia mexicana.

Buena parte de la historia política del siglo XIX puede verse como la confrontación de un frágil Poder Legislativo con un Ejecutivo carismático, caudillesco, dictatorial y en casos excepcionales tiránico, que invariablemente lo doblegaba. Entre 1822 y 1847 -apuntaba Emilio Rabasa en La Constitución y la dictadura, publicado en 1912- "la nación mexicana tuvo siete congresos constituyentes que produjeron como obra una Acta Constitutiva, tres Constituciones y una Acta de Reformas, y como consecuencia, dos golpes de Estado, varios cuartelazos en nombre de la soberanía popular, muchos planes revolucionarios, multitud de asonadas e infinidad de protestas, peticiones, manifiestos, declaraciones y de cuanto el ingenio descontentadizo ha podido inventar para mover al desorden y encender los ánimos". Rabasa creía que el romanticismo constitucional -la propensión a crear leyes ideales o impracticables- era la causa directa de la tumultuosa vida mexicana y pensaba que la única solución para el país -inversa de la prevista en la Constitución de 1857- era el establecimiento de un Ejecutivo fuerte y un Legislativo débil. Esa había sido la pauta durante el Porfiriato, y esa sería (a partir de las facultades concedidas al Ejecutivo en la Constitución de 1917) la norma durante todo el siglo XX. Porque, en efecto, durante 175 años México tuvo sólo dos momentos de auténtica división y equidad entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo: la República Restaurada (1867-1876) y los quince meses del maderismo. En ninguno de los dos casos el Congreso tuvo posibilidad de establecer su majestad. Ambos, como se sabe, terminaron por un golpe de Estado.

El siglo XXI se perfila distinto. El 2 de julio el electorado llevó a Vicente Fox al poder pero casi inadvertidamente hizo algo que tuvo igual trascendencia: configuró un Congreso plural. En un principio parecía un logro formal. Después de todo, se pensaba, los diputados y senadores votarán siempre en bloque, los del PAN supeditados al Presidente, los de oposición a los lineamientos doctrinales o políticos de sus respectivos partidos. De pronto, el ajedrez entre la Presidencia y el zapatismo puso el jaque al Congreso, no sólo en su conjunto sino a cada representante en particular. Ante la situación inédita tenían que actuar en libertad y a conciencia, y el resultado no pudo ser mejor: al hacerlo comenzaron a afirmar su majestad.

Cada entidad salió fortalecida. La bancada del PAN demostró que puede marcar distancias con respecto al Presidente. De nada le hubiese servido convertirse en el nuevo PRI, obediente siempre a los dictados de los Pinos. El PRI, de golpe y porrazo, despertó de su letargo para darse cuenta de que en efecto existe, cuenta, y que su convergencia temporal con el Presidente Fox no implica claudicación alguna sino al contrario, una afirmación de realismo político que acompañada de un liderazgo renovado (que aún no se ve) y otras medidas urgentes de modernización (como el repudio a sus caciques regionales) podría llevarlos de vuelta a los Pinos. Por razones de afinidad ideológica con el zapatismo, el PRD actuó más como un bloque, pero a sus senadores y diputados la experiencia debe servirles como advertencia: son ellos y no el EZLN quienes representan la alternativa democrática de la izquierda. Supeditarse al zapatismo puede ganar buenas conciencias, primeras planas y declaraciones incendiarias pero no suficientes votos. Por el contrario, ayudar a la articulación política del zapatismo puede afianzar su posición.

También en lo individual, los senadores y diputados salieron fortalecidos. ¿Conoce usted a su diputado o su senador? Hasta hace poco, once de cada diez electores (digamos) hubiese contestado que no. Los últimos acontecimientos han dotado de peso político y visibilidad a los representantes. Antes las Cámaras eran como la banca en un partido de futbol: un paréntesis mientras saltaban a la verdadera cancha, la del único poder, el Ejecutivo. Hoy ser senador y diputado tiene una nueva relevancia. No faltó quien pensara que Manuel Bartlett culminaba su larga carrera con el premio de consolación de su senaduría. Ahora puede poner su experiencia al servicio de la madurez democrática de México perfeccionando un nuevo sistema legal a prueba de caídas. Hay varios otros ejemplos en el PRI. ¿Y qué decir del PAN, donde Felipe Calderón pronunció un discurso casi juarista? ¿O de Demetrio Sodi del PRD, que anuncia el advenimiento en México de un gran movimiento de izquierda social?

La Constitución de 1857 preveía sesiones permanentes en el año para los diputados (no había Cámara de Senadores). Las circunstancias actuales hacen imprescindible una vuelta a esa disposición. El Congreso necesita tiempo para aprender a administrar el tiempo. En su naturaleza misma no está ejecutividad: no representa el movimiento sino la reflexión, la deliberación, el debate. Pero debe acostumbrarse a muchas cosas: distinguir lo nimio de lo trascendente, concentrarse en definir lineamientos generales, saber traducirlos -con rapidez y eficacia- en reglamentos particulares útiles, y trabajar en armonía creativa con el Ejecutivo y el Judicial. La agenda nacional es abultada, no sólo por la inminente ley indígena (que reclama la mayor responsabilidad si no se quiere que sea fuente de posteriores conflictos) y la urgente reforma fiscal, sino por otros muchos asuntos -seguridad, reforma laboral, sector energético- cuya amplitud e importancia son tales que configuran de hecho a esta legislatura casi como un Congreso Constituyente. Para salir airosos de esta prueba, los legisladores merecen el premio mayor: una reforma que dé pie a la reelección en ambas cámaras. Así arraigaría más rápida y profundamente el concepto de representación en la cultura política de México.

Representación es la palabra clave. Los zapatistas hablaron dotados de una representación simbólica que el Congreso hizo bien en admitir excepcionalmente como tal. Pero al llevar su palabra a ese recinto reconocían, en los hechos, la preeminencia de la otra representación, la democrática, que no se logra con movilizaciones públicas, amagos de violencia, discursos fundamentalistas que apelan a derechos históricos sino con la mayoría de votos. Hoy los legisladores tienen ante sí una tarea en verdad histórica: llenar de sentido la palabra representación, darle carta de naturalización definitiva a un poder históricamente relegado y devolverle así su imperio y su prestigio a la ley.

"La historia mexicana -escribió Cosío Villegas- tiene una sola página en que México da la impresión de un país maduro, plenamente enclavado en la democracia ... esa página es el Congreso Constituyente de 1856. A él concurrieron hombres de las más variadas tendencias; hombres, además, de convicciones muy definidas; de fuertes pasiones algunos y otros de un temperamento combativo... pero en ningún momento, ni siquiera usando inocentes triquiñuelas parlamentarias, nadie quiso imponerse por la violencia o la sorpresa, desconocer o siquiera regatear las resoluciones de la mayoría". El Congreso mexicano de nuestros días puede reabrir el libro precisamente en esa página, y continuarla.

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