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Las urnas o las balas

Hubo un tiempo turbulento en que las guerrillas azotaron todo el mundo latinoamericano con pocas excepciones, entre ellas, notoriamente, México. Hoy la violencia revolucionaria ha cedido en casi toda América Latina, menos en Colombia y México. ¿Cómo explicar esta extraña inversión de situaciones?

Los antecedentes son de sobra conocidos. El huracán revolucionario que comenzó a soplar por toda la América Latina, tras el triunfo de Fidel Castro, entró a México por las universidades urbanas y las aulas de Guerrero. Desde mediados de los sesenta, dos maestros normalistas -Genaro Vázquez y Lucio Cabañas- encabezaron un tenaz movimiento guerrillero.

Empleando más de veinte mil hombres, el Ejército doblegó a la guerrilla, cometiendo a su paso no pocos atropellos contra la población civil. Paralelamente, centenares de maestros y estudiantes de clase media resentidos por la matanza de 1968 y conversos al marxismo, fundaron varias organizaciones clandestinas y practicaron todas las formas de la guerrilla urbana, sin mayor contacto con los campesinos rebeldes en Guerrero. Hacia fines de los setenta, el Gobierno los infiltró y redujo. Se repetía, en otra dimensión, la experiencia sudamericana: una generación de poseídos, sacrificada en el altar del fanatismo ideológico.

La clave de aquella victoria sobre la guerrilla, que parecía definitiva y no lo fue, tuvo más un carácter político que militar. Aprovechando la ola eurocomunista, en 1978 el Gobierno incorporó al Partido Comunista a la vida política, borrando así su antigua condición de marginalidad y proscripción. La diplomacia con Cuba hizo el resto. "Todos nos atacaban y nosotros los atacábamos a todos. La única excepción fue México", recordaba Fidel Castro en 1992. También los sandinistas y los grupos guerrilleros de El Salvador se abstenían de exportar la revolución al país que mantenía con ellos relaciones de franca cordialidad.

Los futuros guerrilleros mexicanos, que a lo largo de los años ochenta -ahora lo sabemos- reconstruían sus redes de comunicación, campos de entrenamiento y fuentes de abastecimiento en espera de las "condiciones objetivas", visitaban con frecuencia Cuba y Centroamérica -el futuro Subcomandante Marcos estaba entre ellos-, pero sin encontrar apoyo tangible. Para colmo, las "condiciones objetivas" se alejaban objetivamente. Sobrevino la caída del Muro de Berlín, la derrota política de los sandinistas, la desaparición de la Unión Soviética. En la Ciudad de México, el gobierno de El Salvador firmaba en 1992 la paz con las guerrillas. Los vientos revolucionarios pasaban de moda y México parecía haberse librado para siempre de las doctrinas armadas. Significativamente, en esos años se publicaron dos novelas sobre la guerrilla urbana y rural de los setenta. Leerlas era como volver a la prehistoria.

La prehistoria regresó, en primer lugar, debido a la profundidad de la crisis económica, que si bien no se ha traducido en estallidos espontáneos de violencia popular, sí reúne -en la lectura ideológica de los líderes, muchos de ellos universitarios- las "condiciones objetivas" óptimas para un levantamiento. Esta lectura es un punto clave. La crisis ha tenido el efecto ideológico de sacar al marxismo de la tumba.

El éxito del zapatismo es otro factor fundamental. Demostró a las diversas organizaciones clandestinas que la guerrilla era todavía posible. Un elemento adicional del que sólo hay leves indicios, pero que resulta perturbador, es el aparente apoyo a los guerrilleros desde alguna oscura entraña del sistema. El Ejército Popular Revolucionario es una reedición de la guerrilla de los setenta en la que seguramente convergen -a diferencia de aquellos años- líderes del campo y la ciudad, maestros rurales del sur del país y antiguos universitarios radicalizados. El Gobierno habla hasta ahora de cientos de combatientes que operan en las zonas más deprimidas del mapa mexicano, sobre todo en las sierras vecinas de Guerrero y Oaxaca, pero también en Puebla e Hidalgo. Las comunidades campesinas les prestan cierto apoyo tangible o por lo menos pasivo, todavía difícil de calibrar. El reclutamiento de campesinos es más salarial que ideológico y las fuentes de financiamiento son locales: ellos mismos han reivindicado los multimillonarios secuestros de los últimos años como formas de "expropiación popular".

Su objetivo declarado -"derrocar al gobierno" e instaurar "la dictadura del proletariado"- es prácticamente inalcanzable. Carecen de un líder visible y un discurso moderno -o postmoderno, como el de su antiguo aliado y actual competidor, el Subcomandante Marcos- pero los fines declarados de la guerrilla ocultan, desde luego, su objetivo real: desmoralizar al Gobierno, inducir al Ejército a la represión y empujar al País hacia una polarización que frustre las esperanzas nacionales en la democracia y desemboque en una escalada de violencia en la que, entonces sí, todo pudiera pasar.

En la experiencia latinoamericana ha ocurrido una especie de complicidad objetiva de violencia entre las guerrillas y el Ejército, que termina por llevar a uno de esos dos grupos -o a ambos, alternativamente- al poder. Es muy difícil que esto ocurra en México, no sólo por la dimensión actual de las guerrillas, sino por el papel histórico que ha asumido el Ejército desde hace medio siglo. Si bien gobernó al país casi ininterrumpidamente desde principios del siglo XIX, en 1946 cedió por propia voluntad el poder a los gobiernos civiles. Desde entonces ha sido un ejército apolítico e institucional. Esta situación ha cambiado un tanto en los últimos años.

El Ejército maneja ya la Policía en la Ciudad de México, y tiene una presencia importante en varios estados. Con el incremento de sus responsabilidades podría venir la tentación de una vuelta al poder, pero el Ejército no parece inclinado a asumir ese grave y anacrónico papel. A sabiendas de que la reducción absoluta de la guerrilla es imposible y los riesgos de una guerra prolongada y sucia muy altos, su interés debe estar en favorecer una salida política a la crisis y concentrar sus baterías en la lucha contra los narcos (que deben estar felices con la distracción militar que representa el EPR, y quizá por eso pudieran aportarle dinero y armas, con lo cual nos aproximaríamos a la situación colombiana).

La verdadera solución está en la transición definitiva a la democracia, para la cual el país vivirá una oportunidad de oro en 1997, cuando se renueve la Cámara de Diputados y se elija, por primera vez, al Jefe de la Ciudad de México. De esas urnas puede salir nada menos que un Congreso dominado por la oposición y hasta un eventual Yeltsin mexicano. No sería el fin del PRI, sino de la era del PRI, y el comienzo de una nueva era democrática. Sería también la señal definitiva de que el País repudia el idioma de las balas.

En este proceso, el papel de la izquierda política e intelectual es crucial. La crisis ofrece las "condiciones objetivas" para la consolidación del PRD. En general, sus líderes han rechazado la vía de la violencia y se han deslindado del EPR. Si el PRD logra proponer a la sociedad un programa económico práctico, responsable y esperanzador, si abandona para siempre sus reflejos ideológicos, si vuelve a la antigua y probada tradición cardenista, si establece una alianza con los zapatistas que facilite el acceso de éstos a la vida política, el EPR quedará aislado, sin más alternativas que el terrorismo desnudo o una negociación política.

México habría logrado en breve tiempo lo que a los países centroamericanos les tomó años. En estos días se firma en México la paz entre el gobierno y la guerrilla de Guatemala. En menos de un año podría firmarse en México la paz entre el gobierno y los guerrilleros... mexicanos. La sociedad civil mexicana está en marcha, empeñada en lograr una transición inmediata y pacífica a la democracia. El Gobierno del Presidente Zedillo tiene la responsabilidad de propiciar el cambio de régimen para lo cual necesita convencer plenamente a la sociedad de su voluntad democrática.

El PRI debe hacer mucho más: convencerse a sí mismo que la democracia ha sido desde hace años, y sigue siendo, el único camino de reconciliación y reconstrucción. Sería terrible que los avances políticos de los últimos años se frustraran por el fuego cruzado entre las fuerzas oficiales y las rebeldes.

México no perdería una batalla ni una guerra. Perdería el futuro.

Reforma

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22 septiembre 1996