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El lugar de Flora Tristán

Luego de leer de un tirón la novela más reciente de Mario Vargas Llosa -El paraíso en la otra esquina-, consulté el índice onomástico de la obra clásica sobre la historia del socialismo occidental, Hacia la estación de Finlandia, de Edmund Wilson. Quería encontrar a Flora Tristán, la legendaria heroína de la novela de Vargas Llosa, la peruana y francesa precursora del obrerismo y el feminismo, que vivió los albores y rigores de la Revolución Industrial en la aciaga primera mitad del siglo XIX, y fue abuela de Paul Gauguin (el otro personaje, paralelo y contrapunteado, del libro). Lamenté no hallar a "Florita, la andaluza" -como la llama Vargas Llosa-, personaje de una fuerza no menor a la de Rosa Luxemburgo, menos prolífica quizá como autora, ideóloga y líder social, pero infinitamente más práctica en sus ideas y propuestas. A pesar de haber sido conocida en su tiempo con el mote de "Madame-la-Colère", la Flora Tristán de Vargas Llosa, que en sus años finales peregrina por las ciudades francesas en busca de apoyo a su proyecto de "Unión Obrera", es sobre todo una mujer solitaria y solidaria movida por la piedad, un ser entrañable que lucha por reivindicaciones concretas, no redenciones abstractas. Al recobrar esa vida, Vargas Llosa ha hecho un acto de justicia histórica, ha reivindicado la gesta de esa paisana suya (paisana hasta por la ciudad de Arequipa, de donde Vargas Llosa y el padre de Flora provienen), colocándola en el árbol universal de las utopías.

Me pregunto si pertenece a ese árbol o a otro, olvidado, relegado: el árbol de la tradición anarquista. Y me lo pregunto porque sospecho que, en esa traslación, puede quizá ubicarse la desgracia de su desubicación. La palabra utopía, de viejísima estirpe intelectual y literaria, quiere decir "no hay tal lugar", y en ese sentido estricto corresponde como un espejo a la vida de Flora Tristán. Su signo fue el desarraigo. No había lugar para ella en Francia, su país de origen y el de su madre. Tampoco en el Perú, país de su padre, ni en el orden espiritual regido por la Iglesia, que la rechazaba por su ilegitimidad de cuna. Menos aún lo había en el despiadado orden social que enmarcó su vida, luego de que la muerte prematura del padre la arrojara a la marginalidad y la pobreza, condenándola a un matrimonio que finalmente, de manera indirecta, la mató. Aquel vínculo atroz con una "bestia maligna" que cometió estupro con su propia hija, podría ser un capítulo en la "historia universal de la infamia" de Borges, y explica por sí mismo la única pasión propiamente revolucionaria que advierto en Flora: el feminismo. Paria, como ella misma se designó, su vida es una perpetua búsqueda de arraigo, pero el Perú de su malogrado padre (reino que en tiempos de la Conquista fue el sitio por excelencia del paraíso perdido, de la áurea utopía) le niega ese sosiego. Con todo, es en las haciendas cañeras del Perú donde descubre los extremos de la crueldad y la esclavitud, donde presencia la guerra y la anarquía como segunda naturaleza de nuestros países (los capítulos peruanos de la novela son particularmente deliciosos), y es en el Perú donde descubre también, para su sorpresa, lo que la mujer emancipada y libre puede hacer, lo que puede ser. Lo descubre en la valerosa figura política de "la Mariscala" (prefiguración de Doña Bárbara, poder justiciero tras el trono de su marido), en la pícara curiosidad sexual de unas monjas en un convento de Arequipa, y en la coquetería de formas, atuendos y costumbres de las mujeres limeñas. Había ido al Perú para reivindicar su linaje, su patrimonio, su tradición y hasta su lengua. El Perú le negó todo eso, pero la recompensó con un sentido de misión que marcaría, a partir de entonces, su destino: el de una mujer sin lugar histórico, que lucha por dar un lugar histórico a la mujer.

Perú era la "topía" en la que quiso pero no pudo arraigar. Esa experiencia la convirtió menos en una utopista que en una luchadora social. ¿Qué hacer con la absoluta injusticia sufrida en carne propia, cuando uno la sobrevive? ¿Dejarla atrás? Flora resolvió el acertijo de su vida dedicándola a confrontar la injusticia social, a "despertar" a los "parias" como ella, y a dejar una sustancial contribución a la creación de un estatuto de derechos obreros y de protección a los menores de edad, las mujeres, los ancianos, los enfermos y los inválidos. Pidió la abolición de la pena de muerte, y -privada de educación- escribió varios libros: Peregrinaciones de una paria, Paseos en Londres (que anticipan y prefiguran a George Orwell, deambulando un siglo después por los bajos fondos de París y Londres) y todavía La unión obrera, que alcanzó varias ediciones.

¿A qué árbol intelectual y moral pertenece, entonces, su biografía? Aunque Vargas Llosa enmarca su vida en las fantasías comunitarias de la época (en particular la de los sansimonianos, que se sentían "ingenieros sociales", y los fourieristas, que diseñaban "falangsterios" donde imperaba una supuesta equidad creativa en el trabajo y una extraña arquitectura del gozo y la libertad sexual), Flora Tristán -mujer terrenal, al fin- desconfiaba de esas unidades separadas de la sociedad, típicas de aquellos soñadores. Sabía de los exitosos y productivos experimentos de Owen en Escocia y sus colonias en Estados Unidos (América, incluido México, fue el "topos" natural de muchas utopías). Pero sus proyectos de vinculación social y protección mutua, entre los dos universos oprimidos de la época (las mujeres y los obreros), eran distintos, más modestos y prácticos. El propio Vargas Llosa lo afirma en un pasaje de la novela: "Estas ideas de Fourier la escandalizaron tanto que, secretamente, le dio la razón al reformador Proudhon, un puritano que no hacía mucho, en 1842, en su Advertencia a los propietarios, acusó a los falangsterios de ¿inmoralidad y pederastia?". En esa secreta aquiescencia está quizá la clave de la reubicación: Flora Tristán era utópica por su condición íntima y existencial de desarraigo, era utopista por el alcance de su sueño, por la dimensión de su epopeya, pero tal vez sus ideas y su obra no pertenezcan tanto al árbol de la utopía como al de la reforma social.

Florita, la bella andaluza que poco o nada supo hacer con su belleza, la que rechazó los salones elegantes y apenas conoció el amor, era una batalladora que confrontó el mundo tal como era, insistió en conocer (hasta disfrazada de hombre) sus aspectos más descarnados -barrios, cantinas, burdeles, tugurios-, constató directamente las necesidades más apremiantes de la clase trabajadora, se esforzó en elaborar proyectos, denuncias, manifiestos. Flora, la expulsada del paraíso, no parece haber pensado a menudo en el Paraíso. Su gran mérito fue negarse a cualquier evasión (salvo la del amor, claro está) en su vida personal: ver a la gente como era y pensar que con ella, a partir de ella, el mundo podía ser mejorado: tuvo razón. En su época, las reformas sociales que deseó con tanta vehemencia no existían, pero eran factibles y, de hecho, existieron después, gracias al empeño de pioneros como ella.

Todo esto la ubica más bien al lado de Proudhon, creador de muchas ideas que tuvieron una traducción práctica en Occidente: el mutualismo, las cooperativas, el seguro obrero, las cajas de ahorro, instituciones que años más tarde recogió la vertiente constructiva y práctica del anarquismo, no la que provenía del furibundo Bakunin y arrojaba bombas a las carrozas del zar, de los magnates o presidentes de Estados Unidos; tampoco la del individualista radical Max Stirner, sino la noble rama del Príncipe Kropotkin, de Tolstói y de Gandhi, la feminista Emma Goldman y Frank Tannenbaum, el gringo que soñó para América Latina -y para México en particular- un futuro que no diera la espalda a la pequeña y solidaria comunidad rural, en la que veía lo mejor de nuestra tradición.

La clave de la desavenencia entre los reformadores sociales como Flora Tristán y Proudhon, y los profetas historicistas como Marx y Engels, está en la palabra Historia. Creyendo despojar de idealismo la Historia mediante el materialismo dialéctico, Marx -siguiendo a Hegel- no sólo idealizó la Historia sino que, como apunta Antonio Machado en las lecciones de Mairena, le imprimió un toque de misticismo, transfiriendo, acaso inconscientemente, el irredentismo del pueblo judío al proletariado. Por eso Marx, que en sus principios admiró a Proudhon, lo describió despectivamente como "un pequeñoburgués, un socialista conservador parecido a todos los economistas, filántropos, humanistas, mejoradores de la condición de la clase obrera, organizadores de la caridad, miembros de la sociedad para la prevención de la crueldad con los animales, fanáticos de la temperancia, reformadores de toda laya" Proudhon, a su vez, le había escrito: "Colaboremos desde luego en descubrir las leyes de la sociedad, pero, por amor de Dios, luego de haber demolido todos los dogmatismos, no vayamos a imponer una nueva doctrina sobre el pueblo... no nos erijamos en líderes de una nueva intolerancia". Igualmente revelador es el episodio entre Flora y Marx en una imprenta, que relata Vargas Llosa en su novela: Marx tronaba contra el editor, que retrasaba la salida de su revista por privilegiar "los alardes literarios de esta dama". Madame-la-Colère le llamó "gallo capón", y quizá también "puerco espín" (por la barba), y le dijo que esos alardes literarios (su libro La Unión Obrera) podrían "cambiar la historia de la humanidad".

Ambos tuvieron razón, pero ¿quién cambió para bien a la humanidad? Lo que ocurrió en el siguiente siglo y medio fue lo que Proudhon temía: la expropiación política de muchas de las ideas sociales por el marxismo, y su adulteración final en la nueva e intolerante doctrina de Estado que siguió a la Revolución Bolchevique y a sus pavorosas réplicas en el siglo 20. Pero ahora que el marxismo de Estado ha muerto, podemos apreciar la herencia fructífera de la otra tradición, la que, a una escala humana, procuraba hilvanar justicia y libertad. A ese árbol de la reforma social pertenece, por derecho propio, la heroína de Vargas Llosa que ahora, gracias a él, lo es de todos nosotros, y que ha encontrado por fin un lugar en el mundo: Flora Tristán.

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