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Temas de guerra

La guerra, no la paz, es el estado normal entre los hombres. ¿Por qué nos suena tan rara, tan dudosa, aún ahora, esa afirmación? David Rieff, notable reportero que ha cubierto las guerras de los últimos tiempos (Ruanda, Bosnia, Kosovo y Afganistán), lo explicó hace unos días en el marco del Segundo Encuentro Letras Libres en Monterrey: la inmensa mayoría de las personas que festejaron el comienzo del siglo XXI (nacidas a partir de los años cuarenta) tuvieron la feliz pero engañosa experiencia de vivir en un mundo exento de guerras generalizadas. Y como la experiencia es la fuente principal de conocimiento, extrajeron la ingenua conclusión de que la guerra era un estado de cosas acotado, pasajero y hasta superado. Habiendo desterrado al fascismo, el nazismo y el comunismo, el siglo XX parecía augurar el angelical advenimiento de aquello que Kant llamó "la paz perpetua". Ese era nuestro esquema mental en el gozne de los milenios. De pronto, la humanidad enfrenta odios teológicos provenientes del siglo XI pero armados con instrumentos de aniquilación postmodernos. No estábamos preparados para verlo. Nos está costando mucho abrir los ojos a la ominosa realidad del siglo XXI.

Mis padres (nacidos en los años veinte) conservan recuerdos nítidos de la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Las siguieron desde México, a través de la radio y la prensa, y más tarde de manera retrospectiva, en el testimonio de los amigos refugiados, los familiares sobrevivientes, las terribles imágenes de la revista Life sobre los campos de concentración y, en fin, la riquísima literatura o filmografía que partió de aquella devastación. Mis abuelos (nacidos a fines del siglo XIX) recordaron también, día tras día, la conflagración europea que costó decenas de millones de muertos. La habían esquivado apenas, gracias al exilio mexicano, pero algunos dejaron atrás padres y hermanos a los que nunca volvieron a ver. Con todo, sus pesadillas más íntimas -estoy seguro- provenían de experiencias anteriores: vivieron de cerca, incluso como reclutas, la Primera Guerra (la llamada "Gran Guerra") de 1914-1919, vieron marchar -"tan apuestos, con sus capas rojas", decía mi abuela- a los contingentes bolcheviques, triunfadores de la Revolución Rusa. Vagamente recordaban la Guerra Ruso-Japonesa (1904) y sufrieron en carne propia el saqueo de los cosacos en los atroces "pogromos" de 1905. Este retrato no tiene nada de excepcional: cualquier familia de origen europeo supo siempre que la guerra es el paisaje cotidiano de la historia. Sólo los nietos, en un recodo relativamente tranquilo del pasado inmediato, olvidamos la lección.

La Guerra Fría contribuyó también, paradójicamente, no sólo a ocultar sino a distorsionar la realidad. Fue, a un tiempo, la más ideológica, riesgosa e intolerante pero también la más contenida y "virtual" de las guerras. No me olvido de Corea y menos de Vietnam. Pero lo extraordinario, ahora lo sabemos, no fue la competencia implacable entre dos potencias bélicas, la frenética carrera que revolucionó el poderío militar convencional y multiplicó exponencialmente los arsenales nucleares. Lo extraordinario es que ambas potencias y otras asociadas o crecientes (China, ante todo) no hayan repetido el genocidio de Hiroshima y Nagasaki. Tal vez la "Crisis de los Misiles" fue el episodio de mayor riesgo. Se sabe que, de haber podido, Castro (y desde luego el Che, que andaba de viaje) hubiese apretado gustosamente el botón y dirigido los proyectiles contra Nueva York, pero el caso es que el peligro se conjuró. No faltaron, por supuesto, en cada década, guerras localizadas. Sin contar las guerras civiles, los sangrientos golpes de estado o las luchas guerrilleras (tan frecuentes en América Latina y África), destacan: la malhadada campaña rusa en Afganistán, las incursiones norteamericanas en el Caribe, las Malvinas, la Guerra del Futbol, Irán e Irak, las cuatro guerras de Medio Oriente (1948, 1956, 1967, 1973). No obstante, el paréntesis persistió: había, por fortuna, un empate bélico en el mundo bipolar. Y por fin, en 1989, con la derrota de uno de los contendientes, el espejismo pareció una realidad incontrovertible: la guerra había pasado a la historia.

En el caso particular de México, además de estos factores generacionales e ideológicos, la distorsión aumenta por la lejanía histórica de nuestras últimas guerras internas (la Revolución y la Cristiada) y por la lejanía geográfica, el relativo desapego y hasta el provecho material con que vivimos la Segunda Guerra Mundial. Con esos antecedentes (aunados a nuestro tradicional y justificado recelo del vecino del norte), apenas sorprende que al estallar la Guerra del Pérsico la mayoría de nuestra clase intelectual se haya declarado violentamente pacifista (la paradoja vale: basta releerlos). En 1990 estaban bien atentos a la paja en el ojo de Occidente (del que, curiosamente, se sentían ajenos) pero no veían la viga en el régimen de un dictador que había cometido genocidio contra su propia población. (Algo similar había ocurrido en los años treinta, cuando la izquierda reverenció a Stalin y la derecha idolatró a Hitler.) Los mismos instintos reaparecieron (ampliados en radio y televisión) durante la guerra de Bosnia y Kosovo. Había que descalificar sin piedad la intervención aliada y disimular los incómodos crímenes de Milosevic. Aún ahora, cuando todo el mundo conoce los extremos a que llegó el dictador en su política de limpieza étnica y religiosa, la cobertura de su juicio es muy pobre. Y es que, como enemigo del imperialismo, Milosevic no puede encarnar al villano total. En el mismo caso, pero llevado a extremos de santidad, está Fidel Castro, a pesar de la guerra costosísima que exportó a Angola. En suma, la inexperiencia bélica generacional, la óptica residual de guerra fría, y una esquizofrénica proclividad a apoyar la democracia dentro y la dictadura afuera, bloquean y distorsionan, entre nosotros, la apreciación objetiva de la realidad mundial.

Esta condición no ha cambiado tras el 11 de septiembre. El gobierno socialista de Chile (encabezado por un ministro de Salvador Allende, muerto en un golpe de estado inducido por los yanquis en otro 11 de septiembre) tuvo la madurez de reconocer que el acto terrorista era de una naturaleza distinta, infinitamente más peligrosa. Nosotros no. "Peace and love" frente a Bin Laden, o algo así. Y si la campaña de Afganistán (no exenta de errores, pero justificada y altamente efectiva en todos aspectos) tuvo a un sector influyente de la opinión en contra, es de esperarse que las siguientes campañas que sin duda se avecinan (Irak, crónica de una guerra anunciada) enfrentarán el repudio generalizado.

El siglo XXI augura una serie inminente de guerras terribles, acaso nucleares, no sólo porque los norteamericanos se erijan arbitrariamente en el sheriff del mundo (Gary Cooper en "High Noon"), sino por otras realidades que escapan tanto al ingenuo juicio pacifista sobre la naturaleza de la guerra como a la superficialidad maniquea proveniente de la guerra fría: la vocación militar específica de varios países islámicos que trabajan para adquirir armas nucleares y poseen ya arsenales bacteriológicos y químicos, la vocación bélica de la propia tradición islámica (reconocida por Ibn Jaldún en el siglo XIII), el renacimiento de los más antiguos odios raciales y religiosos, el fanatismo terrorista aliado con la tecnología de punta. Es difícil pensar que en esas atmósferas febriles falte la voluntad de apretar el botón. Por eso no cabe reprobar sin más, con una pueril inocencia que recuerda a Chamberlain en Munich, toda acción contra Irak. Cabe el análisis ponderado, equilibrado, informado. Y en nuestro país, "tan cerca de Estados Unidos y lejos de Dios" (como me dijo alguna vez el escritor israelí Amos Elon) necesitamos, más que nunca, enriquecer nuestras páginas internacionales.

Hay un factor de esperanza: atañe a la zona que está "cerca de Dios y lejos de los Estados Unidos", la tierra que fue el origen de toda esperanza y que ahora, ahogada en sangre, parece haberla perdido por entero. La instrumentación del plan árabe de paz puede hacer milagros allí donde hace 2000 años no ocurre uno solo. Basta imaginar: el retiro israelí de los territorios ocupados desde 1967 (reclamado por intelectuales como Gershom Scholem y Jacob Talmon tras aquella guerra), la declaración inmediata del estado palestino, el respeto de los países árabes a la existencia de Israel, la reversión paulatina de los odios teológicos, la lenta convergencia civilizatoria entre esos pueblos y Occidente, una proliferación de tratados locales de libre comercio, el advenimiento sucesivo de regímenes democráticos que separen la religión del poder. Pero "Imagine -dijo Rieff- es una bonita canción de John Lennon, nada más". Me temo, por desgracia, que tenía razón.

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17 marzo 2002